La historia en directo

Manu Leguineche nos ha dejado muy solos a los reporteros que le teníamos como maestro, pero nos ha legado la mejor narración en directo de cuatro décadas de historia del mundo que él ha vivido y contado. Llevaba muchos años sufriendo en su retiro de Brihuega, sin perder su buen humor, una enfermedad que cuantos le tratábamos, y por supuesto él mismo, sabíamos que lo inevitable podría sucederle en cualquier instante: ese momento doloroso de enfrentarse al temido folio en blanco para contarlo. Compartí con él muchas peripecias difíciles, y no siempre carentes de peligro, pero nunca le noté sentir el miedo que a mí me hacía temblar las piernas. Casi me atrevería a decir que en más de una ocasión nos jugamos la vida juntos aunque a su lado el peligro se convertía en una anécdota o en una lección. Sabía buscar la noticia como nadie, sin regatear esfuerzos ni dejarse vencer. Fue, en síntesis, el mejor de una generación de reporteros excelentes. Era el mejor como periodista, pero además, también era admirable como persona. Rebosaba humanidad y la transmitía convertida en ejemplo permanente de vida interior intensa. En los conflictos, más de una vez le vi derramar lágrimas espontáneas. Manu Leguineche era una figura del periodismo, querida y respetada por sus seguidores y por sus compañeros en la competencia in situ por obtener una noticia o por divulgarla el primero. Sólo tenía amigos y pocos, si hay alguno, no tendrán algo que agradecerle. Ayudaba a todo el mundo, estimulaba a quienes sin manifestarlo queríamos lo imposible, que era superarle, y se convertía en el paño de lágrimas cuando la emoción o la incertidumbre embargaban el ánimo de quienes compartíamos angustias y fatigas.