El infierno del 439 del coro de Ratisbona

«Un paso adelante». Cuando escuchaba esa frase Alexander Probst se echaba a temblar. Es una de 547 víctimas que sufrieron insultos, golpes y acoso entre 1953 y 1992.

Alexander Probst entró a formar parte del coro de la catedral cuando tenía ocho años
Alexander Probst entró a formar parte del coro de la catedral cuando tenía ocho años

«Un paso adelante». Cuando escuchaba esa frase Alexander Probst se echaba a temblar. Es una de 547 víctimas que sufrieron insultos, golpes y acoso entre 1953 y 1992.

También aquella noche la luz del dormitorio se apagó a las ocho, pero a diferencia de otras, el prefecto ya estaba sentado en su cama cuando se hizo la oscuridad. ¿Cómo va todo con los otros chicos?, le preguntó. Pero antes de que pudiera decir una sola palabra sintió que una mano se deslizaba por debajo de la manta hasta alcanzar su pijama. Hoy, Alexander Probst tiene 57 años, está casado y tiene dos hijos. Su imagen dista mucho de la de aquel niño rubio que ataviado con una túnica roja escondía tras una pusilánime sonrisa un auténtico infierno. El mismo que se esconde tras la mirada del hombre que tras cinco décadas no logra borrar sus años de infancia. «Recuerdo como si fuera ayer aquel terrible momento. Viví sumido en el miedo y en el abandono», recuerda Probst en declaraciones exclusivas a LA RAZÓN.

Una infancia truncada a la edad de ocho años cuando entró a formar parte del Coro de niños de la catedral alemana de Ratisbona. A él le correspondió el 439. Un número que se bordó en cada una de sus prendas, en sus toallas pero también en su memoria y en los innumerables golpes que llegaron tras la orden: «¡439, un paso adelante!». Probst dejó de ser Alexander y durante dos años fue insultado, golpeado y acosado.

Más tarde, cuando ingresó en la escuela secundaria administrada por el coro, un profesor formó un grupo secreto de alumnos a los que les daba cerveza y mostraba pornografía antes de abusar de ellos sexualmente. Tras la pesadilla guardó silencio durante años, pero todo cambió con la llegada de su primer hijo. «En ese momento toda mi infancia regresó de nuevo a mis pensamientos –recuerda–, y me dí cuenta de que es algo por lo que no tiene que pasar ningún niño». Decidido, en 2010 se convirtió en una de las primeras víctimas en destapar el escándalo y lo hizo a través de un libro que, a pesar de ciertas presiones, sacó a la luz su martirio y el de muchos de sus compañeros. Para Probst fue asimismo una terapia que ahora, da un paso más, con la difusión esta semana del informe encargado por el obispado para aclarar lo sucedido y que arroja unos datos estremecedores. Al menos 547 niños del coro fueron golpeados y maltratados por maestros o sacerdotes entre 1953 y 1992 y 67 de ellos sufrieron abusos sexuales. El abogado Ulrich Weber, autor de la investigación, presentó las conclusiones de su trabajo, en el que se constata que los responsables de la escuela debieron tener al menos «conocimientos superficiales» de lo que estaba ocurriendo, entre ellos también Georg Ratzinger, hermano del Papa emérito Benedicto XVI.

Ratzinger fue director musical del coro entre 1964 y 1994 y cuando salieron a la luz pública los primeros indicios del escándalo, en 2010, calificó esas informaciones de «locura». Si bien en una entrevista publicaba ese mismo año aseguraba: «Si hubiera sabido de la violencia exagerada con la que se actuaba hubiera dicho algo. Pido perdón a las víctimas».

Weber considera que el hermano del Papa emérito tuvo conocimiento al menos de los castigos físicos que se infligían en la institución, aunque probablemente no de los casos de abusos sexuales.

Probst no solo suscribe lo dicho por el abogado sino que él mismo fue víctima de su furia. «Una vez me dio un paliza –continúa–. Se ensañó tanto conmigo y me tiró tan fuerte del pelo que me arrancó un mechón».

Con todo, y a pesar de que el tiempo no ha podido paliar con esos recuerdos, Probst se siente muy satisfecho con el informe. «Me quedé muy sorprendido por el número de casos», puntualiza. Ahora se sabe que se podía obligar a los niños a comer, cuando no querían, o se les negaba todo alimento, a modo de castigo.

Weber ha identificado a 49 personas que «con alta probabilidad» incurrieron en esas prácticas, de las cuales nueve perpetraron las agresiones sexuales. En el centro se respiraba un ambiente «infernal», relata el autor del informe, según el cual algunas de esas víctimas describían su situación en el lugar como similar a un «campo de concentración».

Como responsable de esa situación, señala Weber, por razones de jerarquía, al entonces obispo de Ratisbona, Gerhard Ludwig, quien no abordó con la responsabilidad debida la tarea de esclarecer lo que ocurría ahí.

Las etapas más álgidas fueron las décadas de los 60 y 70, mientras que a partir de 1992 empezaron a abordarse las primeras denuncias de víctimas. El obispado reaccionó ante ello con el pago de los que denominó «reconocimiento de servicios», por los que cada afectado percibió entre 5.000 y 20.000 euros. Sin embargo, el representante del colectivo de víctimas, Peter Schmitt, advirtió que sigue habiendo una «cifra oscura» de víctimas anónimas que no se han atrevido aún a relatar la experiencia vivida. Una oscuridad que sigue inerme en el interior de Probst. «A estas alturas, ya no me interesa una disculpa personal», concluye.