La obesidad migra del pueblo a la ciudad

En la última década, esta enfermedad se ha disparado en un 3,8 por ciento entre los españoles. Las prisas y el estrés están, en muchos casos, detrás de los excesivos kilos de más, y es en las grandes urbes donde las básculas ganan más peso

Gordos de ciudad; los otros gordos de Navidad
Gordos de ciudad; los otros gordos de Navidad

Hoy se hablará, y mucho, del Gordo de Navidad. Lo primero que seguramente harán los afortunados será brindar con alcohol. Y es precisamente la ingesta de bebidas alcohólicas lo que antes eliminan los nutricionistas de la dieta cuando uno quiere adelgazar. En estas fechas, de media engordaremos entre dos y cuatro kilos por la ingesta desproporcionada de calorías. Unos kilos de más que se suman a los que ya tenemos, porque la obesidad es en la actualidad un problema si cabe mayor que en 2001. Se ha incrementado su frecuencia en la población adulta en un 3,8 por ciento en la última década; sobre todo entre los hombres, donde la prevalencia de obesidad se ha disparado un 5,7 por ciento, frente al dos por ciento en mujeres, tal y como refleja el informe «Tendencia de los principales factores de riesgo de enfermedades crónicas», elaborado por el Ministerio de Sanidad. En el único sector donde la obesidad se ha reducido es en mujeres de entre 45 y 64 años, en las que este mal disminuyó un 2,6 por ciento.

Pero si esa frecuencia de obesidad solía darse en los núcleos rurales de menor tamaño, la situación en la última década se ha invertido, según recoge el estudio.

En concreto, «si en el año 2001 la prevalencia a la obesidad era mayor cuanto menor era el tamaño del municipio, en 2011/12 ocurrió justamente lo contrario».

Aunque el estudio no explica el porqué de ese incremento de obesidad en las ciudades de más de 400.000 habitantes que en los de menos de 10.000, los expertos estiman que ese giro se debe a que hemos dejado a un lado la ingesta de comida sana y saludable especialmente en los núcleos urbanos en los que las prisas restan tiempo a la cocina. En cambio, en el pueblo y los pequeños municipios la comida rápida no gana terreno a los platos de cuchara y a la fruta y la verdura del huerto.

Aunque en el conjunto de la población adulta, el 28,6 por ciento de los participantes declaró un consumo insuficiente de frutas y verduras. Los que peor comen son los hombres y las personas más jóvenes. En concreto, casi el doble de individuos de 16 a 24 años reconoció tener un consumo insuficiente de frutas y verduras que los adultos de 65 o más años.

«La obesidad es mayor en las ciudades, porque comemos peor en la ciudad que en el pueblo por el tipo de alimento que ingerimos, el estrés y porque, a pesar de que las distancias son mayores, nos movemos menos a pie para desplazarnos. Además, hoy comemos alimentos más ricos en grasas, alimentos que son rápidos de cocinar», explica Emilio Martínez, catedrático de Fisiología de la Universidad de Granada, investigador del Instituto Nutrición y Tecnología de los alimentos de la citada Universidad y miembro del Comité Científico de la Agencia de Seguridad Alimentaria. El problema es que «en España –prosigue el experto– no sabemos comer de forma saludable; aunque tenemos mucha información, no se lleva a la práctica. Además, nos hemos acostumbrado a comer muy rápido, por lo que al poco tiempo tenemos hambre. Por eso después nos pasamos todo el rato comiendo entre comidas, sobre todo mucho snack».

A esta explicación se suma la preferencia por los alimentos con alto contenido calórico en momentos de estrés. «Tres de cada 10 personas tienen problemas relacionados con el estrés y cuatro de cada 10 incrementan la ingesta en temporadas de estrés, con preferencia por los alimentos con alto contenido calórico, en grasas y dulces», según los datos facilitados por la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo) y la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN).

Más nivel de estudios, menos kilos

El nivel de estudios también denota una mayor frecuencia de obesidad. Así, mientras que el 26,7 por ciento de la población adulta con educación primaria o inferior sufría obesidad, ese porcentaje disminuye al 19 y 13,3 por ciento en los sujetos con educación secundaria de primer y segundo ciclo, respectivamente, y al 9,8 por ciento en las población con estudios universitarios, según el estudio del Ministerio de Sanidad.

A este desolador panorama en lo que a salud se refiere, hay que sumar el sedentarismo. En 2011/12, más del 40 por ciento de la población adulta se declaró inactiva en su tiempo libre. La frecuencia de «sillón-ball» fue mayor en las mujeres que en los hombres, un 49,9 por ciento frente a un 39 por ciento. Y, aunque en 2011 el porcentaje de personas inactivas disminuyó ligeramente al pasar del 46,8 por ciento en 2001 al 44,6 por ciento, todavía queda un largo camino por recorrer para que los españoles hagamos al menos 150 minutos de actividad física.

Algo clave, ya que el sedentarismo está considerado por detrás del tabaquismo, la hipertensión arterial y exceso de azúcar en sangre, como el cuatro factor de riesgo de mortalidad más importante del mundo,ya que causa el 6 por ciento de las defunciones. Y es que, según los expertos, la inactividad física incrementa el riesgo de diversos problemas de salud, como la diabetes, la hipertensión arterial o la cardiopatía coronaria. De modo que para que uno esté bien por dentro y por fuera, además de velar por una dieta equilibrada, es más que recomendable la práctica regular de al menos 150 minutos a la semana de actividad física aeróbica de intensidad moderada.