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La vida de un guardia suizo al servicio del Papa

Raphael llegó a Roma hace nueve años después de hacer el servicio militar en Suiza. Lleva un lustro protegiendo al Pontífice y asegura que «sabe más de mí que mucha gente».Las nuevas normas le han permitido casarse.

  • La vida de un guardia suizo al servicio del Papa
Roma.

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16 de abril de 2019. 02:21h

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Ismael Monzón.  Roma. 16/4/2019

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na veintena de personas curiosean en la armería del ejército más pequeño del mundo. Listas para su uso, se alinean en perfecta armonía bayonetas, alabardas y corazas. Para llegar hasta aquí hay que atravesar los muros vaticanos y entrar en los cuarteles de la Guardia Suiza. No es algo al alcance del turista, sino que la visita requiere invitación de uno de sus miembros. A los huéspedes les sorprende el perfecto estado de un arsenal tan antiguo. Algo de lo que presume Raphael Eckert, caporal del cuerpo y responsable del armamento y el uniforme. «Esto que vemos aquí es nuestra historia», sostiene orgulloso.

No hay soldado para el que no despierte admiración una hazaña que comenzó en 1506, cuando el Papa Julio II le encomendó su protección a un grupo de mercenarios suizos, cuyo valor se remontaba a la época del historiador Tácito. Eran tiempos convulsos a nivel político y religioso, como refleja el llamado «Saqueo de Roma», la invasión de la ciudad por parte del emperador español Carlos I, al frente del Sacro Imperio Romano Germánico. El 6 de mayo de 1527, las tropas suizas al servicio del Papa cayeron como moscas, de sus 189 militares sólo sobrevivieron 42. Pese al maltrecho resultado de la contienda, lograron poner a salvo al entonces Pontífice, Clemente VII, llevándolo al Castillo de Sant’Angelo por un pasadizo que todavía hoy se ve en el muro que va desde San Pedro a este monumento.

Desde aquel día, en señal de gratitud, los Papas decidieron que serían protegidos por los guardias suizos. Y cada 6 de mayo se celebra el juramento de los nuevos reclutas. «No quiero decir que somos una élite, pero todavía hoy tenemos un nivel alto», sentencia el caporal Eckert. Al margen de las armas de museo, también cuentan con pistolas y fusiles, aunque nadie en el cuartel recuerda que se hayan usado. Para Raphael, lo más importante es «la disciplina militar, vivir el Evangelio y la fe, porque no se puede defender a una persona como el Papa que habla de la paz en el mundo sin tener fe», sostiene.

En eso no ha cambiado nada. Porque, al igual que sus antecesores, quienes ahora entran a formar parte del cuerpo «juran defender a Su Santidad con su propia vida». Desde los dos soldados que custodian cada noche la habitación del Pontífice en Santa Marta a la decena de guardias suizos que lo acompañan en sus viajes. Eso son los momentos de mayor responsabilidad, pero después hay que acudir a todo acto público, asistir a las visitas de mandatarios extranjeros o a las audiencias semanales. «La relación con el Papa Francisco es muy cordial. Él siempre sabe a quién tiene delante. Nos saluda, se preocupa por nosotros... Sabe más de nosotros que mucha gente», cuenta Raphael.

Él llegó a Roma hace nueve años como un soldado raso, después de hacer el servicio militar en Suiza, donde todavía es obligatorio. Conoció a una chica mexicana en unas vacaciones y gracias a las últimas leyes se pudo casar con ella al tener más de 25 años y haber prestado servicio durante al menos un lustro. Hoy la Guardia Suiza cuenta con unos 110 miembros, pero los cuarteles se les han quedado pequeños. La mayoría viven dentro de los muros vaticanos, pero otros, como Raphael y su esposa, lo hacen en apartamentos en territorio romano.

El barrio del Borgo Pío, en el que se encuentran estas viviendas, es uno de los lugares privilegiados de la ciudad cuando cierran las tiendas de souvenirs. Aunque la tropa prefiere la comodidad del interior del Vaticano, ya que la jornada para los jóvenes centinelas comienza muy pronto: a las 6 de la mañana para el primer turno. Tras ocho horas de trabajo, en el cuartel cuentan con comedor, gimnasio o biblioteca. Los hay que se alistan también a la banda de música o a un equipo de fútbol, que juega contra otros dependientes de la Santa Sede. La disciplina vaticana tampoco les impide que en sus días libres hagan la vida que llevaría cualquier extranjero deseoso de conocer Italia.

«Para nosotros es un gran honor poder hacer este servicio para la seguridad de Su Santidad», repite Eckert. Las condiciones, ya se sabe, son estrictas. Es necesario ser católico practicante, tener nacionalidad suiza, ingresar como soltero, tener entre 19 y 30 años, haber prestado el servicio militar en su país y medir más de 174 centímetros. Ningún problema para este chico que supera el 1,90. Además, haber formado parte de la Guardia Suiza eleva el nivel del currículum. El problema es que muchos soldados cumplen con los 26 meses obligatorios y se vuelven a Suiza para seguir allí una carrera militar o desarrollar la profesión que habían dejado en suspenso. El oficial y responsable de comunicación, Didier Grandjean, reconoce que con el paso de los años es complicado cubrir todas las vacantes que dejan quienes se marchan.

Dentro de un mes una veintena de nuevos soldados jurarán aquello de servir al Pontífice «sacrificando la vida si es necesario». Levantarán tres dedos en alto, como símbolo de la Santísima Trinidad y dejarán un buen número de coloridas fotos. «Es en lo que se fija la gente, en el uniforme, que es casi como una tarjeta de identidad para el Papa y para todos nosotros», asegura el responsable de la vestimenta. Este año, además, han estrenado cascos de plástico estampados con una impresora 3D. Todo para que al final el turista pase por delante y se haga una foto con ellos. «Es también parte de trabajo», sonríe Raphael, que nunca abdica de su servicio.

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