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Mariano Sigman: “Un 'like' en Facebook activa el mismo circuito cerebral que el chocolate, el sexo y la cocaína”

El neurocientífico trata de desentrañar, y explicarnos, cómo son los procesos mentales que nos llevan a engancharnos a cosas que no nos aportan demasiado

  • Mariano Sigman asegura que “no es cierto que el cerebro adulto no pueda cambiar”
    Mariano Sigman asegura que “no es cierto que el cerebro adulto no pueda cambiar” /

    C. Pastrano

Tiempo de lectura más de 10 min.

25 de enero de 2019. 13:18h

Comentada
Macarena Gutiérrez 24/1/2019

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Mariano Sigman (Buenos Aires, 1972) echa mano de una cita de Saramago para explicar que no somos tan dueños de nuestro destino como nos gustaría creer: “Nosotros no tomamos decisiones, nos toman ellas a nosotros”. Formado en Argentina y EE UU, este neurocientífico trata de desentrañar, y explicarnos, cómo son los procesos mentales que nos llevan a engancharnos a cosas que no nos aportan demasiado. Según Sigman, la genética tiene mucho que ver en que seamos como somos y la clave, una vez más, estriba en no pedir peras al olmo. Ni al olmo, ni al marido, ni al jefe, ni a nosotros mismos. Aspirar, en definitiva, a lo posible.

- ¿Cómo cree que nos están afectando las nuevas tecnologías?

- Las consecuencias son difíciles de medir. Todo lo que nos resulta agradable pone en marcha en nuestro cerebro el sistema dopaminérgico, un circuito muy promiscuo que se activa por cosas distintas como el chocolate, el sexo, un abrazo, un “like” en Facebook o la cocaína. Activan el mismo resorte y con dinámicas parecidas. Cuando este sistema arranca, el circuito cambia, así que para generar el mismo grado de activación necesita más de lo mismo. Es un resorte adaptativo aunque disfuncional que forma parte de nuestra biología y no podemos cambiar. Lo que sí podemos es transformar cómo nos relacionamos con eso. Además de las drogas, hay otras cosas muy adictivas dentro de nuestros usos comunes, y en este saco metemos algunas aplicaciones que tenemos en nuestros teléfonos. La cultura ha ido evolucionando hacia construcciones tremendamente afinadas para entrenar nuestro sistema de recompensa y eso es lo que está pasando con las nuevas tecnologías. Ha ocurrido en el dominio de las drogas, la gastronomía, los juegos de azar, la comunicación... Cualquier producto que lleve sal, azúcar o grasa saturada entrena enormemente el sistema de recompensa. Son esas cosas que no puedes dejar de comer aunque no sabes siquiera si te gustan. Son productos exitosos porque han logrado hackearnos, meterse dentro de este círculo vicioso que es inherente a nuestra biología.

- ¿Somos unos yonquis de la dopamina?

- Exacto. El hecho de que la gente se levante por la mañana, vaya a trabajar, aprenda idiomas, a tocar la guitarra, suba montañas, busque pareja o se relacione se debe, en parte, a esa búsqueda de dopamina. No es exclusivo de la condición humana, sino de la condición mamífera. Por ese mismo motivo, un perro se pelea por defender a su cría. En el caso de los humanos, por ejemplo, los abrazos son algo que motivan enormemente nuestro comportamiento.

- ¿Los “me gusta” son los nuevos abrazos?

- Ahora tenemos una máquina que ha cogido esta misma idea y la ha hecho enormemente rápida, circular y viciosa. Son los “likes” en FB, Twitter, las menciones, los reenvíos, etc. En este sentido, somos el mismo niño que a los seis meses buscaba el aplauso de los padres. Aunque no sea de una manera directa, todo desemboca en el mismo sitio, donde el “yonqui” de dopamina se siente satisfecho. Todo eso requiere un esfuerzo, claro, así que al final ese “yonqui” acaba buscando formas de conseguir más dopamina con menos esfuerzo. Y eso es tanto una despensa llena de patatas fritas como la cocaína.

- ¿Cómo va a afectar a los niños?

- En este momento, vemos cómo muchos niños se enganchan a “youtubers” que juegan a cosas a las que antes jugaban ellos. O ven vídeos de otros niños abriendo regalos. Es como cuando un adulto ve en una película a otros teniendo sexo. Por un sistema de resonancia empática que tiene que ver con las neuronas espejo, puedes embeberte en esa situación y tener la experiencia sin haberte movido de casa. Un niño viendo cómo otro niño abre un paquete es lo mismo.

- ¿Incluye en este capítulo también las series que tanto nos enganchan?

- Sin duda son muy efectivas en la dinámica que plantean de tensiones y asuntos sin resolver. Esa variabilidad de emociones es algo totalmente adictivo y dopaminérgico. Por eso nos enganchamos con ciertas relaciones de pareja cargadas de incertidumbre. Ciertas dinámicas de incertezas, no todas, son un enorme combustible de dopamina y muchas series reproducen precisamente eso.

- ¿Es una leyenda urbana eso de que usamos solo el 10% de nuestra capacidad cerebral?

- No es verdad. Es una mala metáfora. La verdad es que el cerebro está activo todo el tiempo. Da igual que estés trabajando duro o tirado en la cama. El cerebro siempre tiene un enorme gasto energético. Hagas lo que hagas. Es un órgano complejo que procesa una gran cantidad de información, es la red neuronal por excelencia. Pero si enciendes todas las unidades de cálculo a la vez lo que tienes es un ataque de epilepsia. Un drama, vamos. El cerebro es como una orquesta, no usa todo el sonido de que dispone porque entonces no sonaría música. Hay muchas partes que están silenciadas para que puedan procesar información. Además, que el cerebro esté más activo, como en el sueño, no significa que estemos pensando más ni mejor.

- O sea, que somos menos de lo que pensamos.

- Otra cosa distinta es que cada uno tenemos un potencial mayor del que empleamos. La curva del aprendizaje en la vida es bastante reveladora. Resuelves una cantidad enorme de cosas en los primeros años; andar, caminar, leer, funcionar en sociedad, ser autónomo... Luego, normalmente, te estancas y dejas fuera un 90% de cosas maravillosas sin aprender. Incluso si pones el listón bajo en lo que entendemos por aprender ves que el promedio semanal del adulto no supera las dos horas. Pasamos de cien a cero en nada.

- ¿No sabemos tomar decisiones?

- Nadie nos enseña, y casi todo lo que es importante en la vida tiene que ver con la toma de decisiones: con quién te casas, a qué te dedicas, dónde vives... Yo trato de traer ese procedimiento a la superficie porque, aunque el sistema funciona bastante bien dado que seguimos aquí, hay un montón de cosas que podemos mejorar.

- ¿La intuición es buena consejera?

- La mayoría de decisiones son inconscientes, ni siquiera tenemos registro de haberlas tomado. Todo el tiempo estamos eligiendo de forma automática, pero existe un proceso de deliberación silencioso que sucede en el inconsciente. No nos damos cuenta de las proezas que hacemos cada día. Por ejemplo, si vas caminando y hay una piedra en el suelo, tú ni la ves, pero si grabo tus pies veremos cómo haces una pequeña corrección en el rumbo para no tropezar. Si yo te digo que hagas todo eso conscientemente, no te saldría.

- Pero usted dice que en las grandes decisiones conviene dejarse llevar.

- A medida que agregas complejidad a un problema, la intuición funciona bastante bien. La solución que te ofrece se forja en un cuerpo de conocimiento previo, como un agricultor que mira el cielo y te dice cómo va a ser el tiempo. Hay veces que es mejor delegar la solución a un proceso de deliberación inconsciente en el cual el cerebro hará su trabajo y te comunicará su respuesta. El resultado de esto es lo que llamamos corazonadas, cuando, en realidad, son decisiones igualmente racionales que suceden en el inconsciente.

- ¿En qué vicios caemos en la toma de decisiones?

- Hay muchos. Prácticamente no hay ningún tipo de decisión que esté tomada en plena libertad. Muchos de estos sesgos tienen que ver con aspectos evolutivos muy antiguos; por ejemplo, que saquemos conclusiones sobre el otro basadas en rasgos faciales. En una fracción de segundo, una persona ya tiene una opinión totalmente formada sobre lo que el otro es o no es.

- ¿Tan rápido?

- Sí, y además son conclusiones muy consistentes. Si haces la prueba con un montón de personas, casi todos responderán igual sobre el mismo individuo. Hay rostros que, supuestamente, revelan competencia o incompetencia, por ejemplo. Por eso hay actores que siempre interpretan el mismo personaje.

- ¿Por qué coincidimos? ¿Se trata de algo evolutivo?

- Hay rasgos físicos que nos sugieren agresividad, como una mandíbula prominente. O cerrar los ojos de una manera reflexiva denota inteligencia. Obviamente, la correlación entre tener cara de algo y serlo es bajísima.

- Estamos llenos de prejuicios, entonces.

- Sobre todo llenos de prejuicios que no reconocemos como tales. En una entrevista de trabajo, el de Recursos Humanos decide en los dos primeros segundos si va a contratar al candidato o no y emplea el resto de la entrevista en reafirmarse en su decisión.

- ¿Nos cuesta mucho cambiar de opinión?

- Sí, sobre todo porque nos cuesta enormemente darnos cuenta de que esa opinión está basada en un montón de ilusiones. El mayor sesgo es no reconocer los sesgos.

- ¿Se trata de algo adaptativo para garantizar nuestra supervivencia como especie?

- En parte, sí, porque hay situaciones en las que no conviene dudar. También ocurre que muchas cosas que eran adaptativas hace tiempo han dejado de serlo hoy. Mecanismos muy configurados en nuestra constitución biológica que ya no resultan necesarios.

- Si el cerebro tiene una gran plasticidad y no deja de transformarse en la edad adulta, ¿cómo es posible que nos resulte tan difícil cambiar?

- Eso de la plasticidad es otra mala metáfora porque el cerebro cuando cambia no lo hace como plastilina, no muta de forma, cambian conexiones y sinapsis. Pero en este momento tu cerebro sí está cambiando con nuestra conversación. Cada experiencia en la vida produce una transformación, un recuerdo nuevo.

- Entiendo que eso no significa que podamos cambiar rasgos de nuestro temperamento.

- Exacto. Hay algunas cosas que reconocemos como difíciles de modificar. Por ejemplo, en este momento yo estoy tratando de aprender un instrumento, algo que me cuesta un montón y en lo que progreso muy poco. Tengo la sensación de que si fuera un niño lo habría aprendido mucho más rápido, igual que a hablar otro idioma. Sin embargo, esta afirmación es falaz en parte. Aprender un idioma es muy difícil también para los niños, igual que aprender música. Si escuchas a un niño que lleva un año entero en violín te tapas los oídos. Lo que sí cambia enormemente al convertirnos en adultos es el grado de tolerancia que tenemos a la frustración y la cantidad de esfuerzo o motivación que tenemos para persistir. La mayor diferencia es que los niños tienen todo eso. Y tú, como adulto, careces de ello y le echas la culpa a tu cerebro. Tu cerebro está bien, está joven y cambia, pero tienes que darle el tiempo necesario en cualquier aprendizaje.

- Pero, ¿qué pasa con las formas de ser?

- En el último medio siglo hemos descubierto que en el temperamento hay mucha más predisposición genética de la que pensábamos y, sobre todo, de la que nos gustaría. Cuando dices esto la gente se enfada porque nos gusta creer que podemos ser lo que queramos. Sin embargo, hay predisposiciones muy fuertes para algunas habilidades y cosas que son fáciles de cambiar y otras que no. Esto lo sabe cualquier padre. A los tres días ya puedes ver si un niño es extrovertido o taciturno, inquieto o tranquilo. Pese a que el paso del tiempo nos va cambiando, lo cierto es que hay muchos aspectos que permanecen porque forman parte de la columna vertebral de nuestra identidad.

- Parece que nos cuesta mucho aceptar nuestras limitaciones.

- Ningún padre se puede enfadar con un bebé de dos meses porque no ande, sería ridículo. En cambio, en el plano cognitivo uno pide a veces lo imposible, tanto a uno mismo como a los demás. El conocimiento sirve, precisamente, para pedirnos lo posible. Conviene tener medida de cuán difícil es cambiar cada aspecto para no proponerte cosas que son inviables.

- ¿Cree, por tanto, que los niños no son hojas en blanco?

- Una buena metáfora para explicar esto sería que cuando compras un ordenador le puedes instalar los programas que quieras, pero ya viene con un sistema operativo. El bebé viene también con un software que hace que el niño interprete el mundo de una forma determinada y se comunique de acuerdo a ciertas premisas configuradas. No nacen con el lenguaje, pero sí con un montón de recursos previos que les permiten estar a punto de caramelo para empezar a hablar. Es muy interesante observar cómo, aunque no hablen, se expresan y actúan a través de la mirada. Si les vas poniendo delante fichas con tres objetos distintos y, de pronto, subes a cuatro, el bebé reacciona. Los recién nacidos tienen nociones tan sofisticadas como el número.

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