Actualidad

El 20 por ciento del suelo en España ya es semidesértico

Todo apunta a que las cosechas de secano de este año serán malas debido a la escasez de lluvias de este año. El cambio en la pluviometría, exacerbado por el cambio climático, y las prácticas agrícolas y ganaderas que sobreexplotan la tierra ponen en peligro el 75% del suelo fértil de la Península

Todo apunta a que las cosechas de secano de este año van a ser malas; las producciones serán medio bajas. Ha sido un año irregular en cuanto a lluvias: los meses de septiembre, octubre y noviembre fueron abundantes en agua, pero de diciembre a marzo prácticamente no ha llovido nada. En Semana Santa las precipitaciones fueron hasta demasiado intensas y ahora volvemos a estar por debajo de la media. Sobre todo para Castilla-La Mancha y Castilla León no va a ser un buen año.», explica Javier Alejandre, responsable del proyecto infoAdapta Agri II de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA). Con esta iniciativa, la organización ha identificado ocho medidas de actuación para adaptarse al cambio climático y las ha presentado en un documento esta semana.

Publicidad

Que el año hidrológico no está siendo bueno, lo confirma la Agencia Estatal de Meteorología que afirma que de momento y «en el conjunto del país, ha llovido un 15% menos de lo normal desde el 1 de octubre hasta el 4 de junio. «Es una realidad que los agricultores y ganaderos en el mundo, en Europa y muy especialmente en España van a tener que seguir produciendo alimentos en un panorama de intenso cambio del clima», dice desde UPA. Intensos cambios que tienen que ver con variaciones en las precipitaciones, que se distancian en el tiempo para ser intensas cuando se producen.

«Con el cambio climático, las sequías serán más profundas y esto tiene una conexión directa con la desertificación. Este proceso se da en zonas áridas en las que, además, no hay que olvidar las actividades humanas que sobreexplotan el recurso con los cultivos o el ganado. La consecuencia es la degradación de las tierras: el terreno queda agotado y estropeado y ya no tiene capacidad de regulación», explica Gabriel del Barrio, investigador de la Estación Experimental de Zonas Áridas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

El investigador alerta de que la desertificación no produce desiertos sino degradación del suelo. «Si se originara desierto sería menos problemático porque es un tipo de sistema estable, un ecosistema maduro. Si se quiere ver un desierto hay que irse a Sonora (EE UU)», dice del Barrio. La ONU celebra el lunes el Día Mundial para Combatir la Desertificación y la Sequía, recordando precisamente esto, la gravedad de la pérdida de suelo fértil ( los problemas para la futura producción de alimentos. Este año pone el foco de atención en la gestión sostenible del mismo. «La restauración de ecosistemas degradados puede conducir a la absorción y almacenaje de hasta 3.000 millones de toneladas de carbono cada año. Las previsiones dicen que en 2025, 1.800 millones de personas vivirán una escasez absoluta de agua y dos tercios de la población no dispondrán de suficiente recurso». También señala que el uso de suelos representan casi el 25% de las emisiones globales de CO2.

El kiribati de Europa

Publicidad

España es el país de Europa más expuesto a la desertificación. «Somos el equivalente a Kiribati en Europa. El país insular del Pacífico es el primero que va a desaparecer por la crecida del nivel del mar y, en nuestro caso, estamos expuestos al aumento de temperatura y la disminución de lluvias», explica Julio Barea, responsable de Agua y Gestión de Recursos Hídricos de Greenpeace. En su informe «Así nos afecta el cambio climático», editado a finales de 2018, la organización alerta de que la desertificación es consecuencia directa de la intervención del hombre: «El 75% del suelo de la Península es susceptible de sufrirla. Además, un 20% del terreno ya se puede considerar desértico. La sobreexplotación de los recursos hídricos, las malas prácticas agrarias en zonas de pendiente, el sobrepastoreo, la agricultura intensiva y la urbanización irracional resultan también responsables de esta situación».

El reto para nuestro país es enorme, porque hay que buscar el equilibrio entre asegurar la producción de alimentos y no aumentar más la presión sobre el agua. Para el agricultor también es un dilema cada vez más acuciante depender sólo del agua de lluvia en cultivos de secano.

Publicidad

Zonas castigadas

«Hay un 1% de territorio que sufre degradación activa. No hay que despreciarlo, porque parezca poco. Estas zonas activas son las de regadío de Bajo Aragón, las dehesas extremeñas, los regadíos bajo plástico de Almería y las zonas donde se subsidió olivos y almendros casi en intensivo, como en Jaén o este de Granada», explica del Barrio. Los síntomas de desertificación en la Península son variados. «Un 33% de territorio es desertificación heredada. Un ejemplo está en Almería donde la cubierta forestal del siglo XIX fue explotada por la industria minera y ha dejado el terreno degradado. La zona está estabilizado y tardará en restaurarse. En regiones como Castilla-La Mancha se concentró la producción en dos o tres cultivos y ha aparecido el síndrome de la agricultura de regadío; se ha acabado con el agua y así encontramos situaciones como la de las Tablas de Daimiel. Sin embargo, también se desertifican las dehesas extremeñas y son un ejemplo de explotaciones en extensivo con gran cubierta forestal. Las ovejas estaban subsidiadas y eso ha motivado que los ganaderos tuvieran más de las que debían. Estos animales comen mucha hierba y han conseguido pelar la cubierta herbácea a lo largo de los años, lo que ha provocado procesos de escorrentía y degradación del terreno», matiza del Barrio.También la zona de los Monegros en Aragón tuvo un momento de expansión de cultivos en regadío, alimentados con agua del Pirineo. Sin embargo, al tratarse de terrenos salinos, la producción terminó decreciendo y degradando el suelo.

No todo es malo. Frente a esto, recuerda el investigador, un 30% del territorio español está reverdeciendo. La causa: el despoblamiento rural. Pero cuidado porque «una consecuencia de eso es la profusión de incendios forestales, porque el monte tiene mucho material y los bosques necesitan ser gestionados».

En general, la opinión de los expertos es que no se está haciendo gran cosa para frenar la desertificación ni en España ni en Europa. «Es muy difícil parar un sistema que se encuentra en pleno crecimiento y que, además crece de forma tumoral y desordenada. Conocemos el mecanismo de actuación, pero las decisiones políticas muchas veces no se toman a largo plazo. Sobre esto, hay que señalar que hay un nuevo paradigma de actuación que consiste en aceptar que producimos degradación como cualquier otra especie, pero gestionarla. Es decir, la producción no puede ser toda en invernadero ni toda en ecológico y extensiva. Lo mejor y en lo que se está trabajando más es en encontrar un equilibrio; que haya unos pocos sistemas intensivos, con sus problemas pero acotados, que sean capaces de alimentar a la población y luego manchas verdes, como las producidas por el reverdecimiento, que sirvan de tampón. Las zonas degradadas se pueden recuperar haciendo reforestación, pero con planificación forestal, incluso plantando especies como las encinas y no tanto como se ha hecho hasta ahora con pino.

Barea desde Greenpeace cree que hay que pasar de una gestión del desastre a una gestión de riego: «Seguimos viviendo en un país en el que la gestión de los recursos hídricos parece como si fuerámos ricos en agua. Se moderniza el regadío pero lo que se ahorra se invierte en seguir aumentando el mismo. Los trasvases o las embalses (somos el segundo país del mundo en agua embalsada) no son la solución. Hay que hacer eficiente el uso e agua y eso pasa por reducir los regadíos o dejar proyectos como el que se acaba de aprobar en Alovera (Guadalajara) para construir el mayor playa artificial de Europa.

El refranero obsoleto

Publicidad

Como parte del proyecto de UPA se han llevado a cabo varias pruebas piloto para adaptar las explotaciones agrícolas y ganaderas y hacerlas más resilientes al cambio climático. Uno de ellos se ha llevado a cabo con la Universidad Complutense de Madrid. El estudio ha comprobado que si se siembra un cereal 15 días antes de lo normal madura mejor. «El refranero está cambiando», dice su portavoz.Otro piloto se ha llevado a cabo en varias parcelas de cultivo en regadío de maíz, alfalfa, girasol y remolacha en León. Se han testado tecnologías como las fotos por satélite o el índice de verde, el PH del suelo, etc. Con toda esta información se consigue hacer propuestas de riego para optimizar el agua e incluso reducir la necesidad de semilla. También han llevado a cabo un piloto sobre gestión de suelos en colaboración con la Asociación Albaceteña de Agricultura y Conservación. En estas tierras se realiza siembra directa, se reduce el laboreo de la tierra y se dejan las cubiertas vegetales de los cultivos anteriores. La cubierta vegetal consigue mantener el suelo 15-20 grados por debajo de la tierra desnuda, que llega a los 60 grados en verano. Por otro lado, minimiza el impacto de lluvia torrencial y consigue efectos positivos en la biodiversidad.Otro piloto se ha he hecho con la intención de monitorizar las plagas. En las pruebas han conseguido usar menos productos fitosanitarios al emplear parásitos naturales para el control biológico de las plagas.