El calor dispara las alarmas

El aumento de la emisión de gases de efecto invernadero incrementará la frecuencia e intensidad de las olas de calor. La de 2003 en Europa Occidental pudo haber ocasionado 6.500 muertes en España.

El aumento de la emisión de gases de efecto invernadero incrementará la frecuencia e intensidad de las olas de calor. La de 2003 en Europa Occidental pudo haber ocasionado 6.500 muertes en España.

Podrían freírse huevos en las plazas y asarse patatas en las calles antes de la indigestión de esta ola que arrasa y abrasa. Si en la película «El Día de Mañana» el planeta se adentra en una nueva era glacial, en el día de ayer las temperaturas ascendieron hasta niveles próximos a los del infierno.

El calor ha disparado todas las alarmas. Los termómetros han superado los 40 grados centígrados durante la primera ola de este año, que arrastra a nuestro país y a otros europeos una masa de aire de origen africano capaz de sofocar y hacer tiritar -de miedo- a cientos de miles de ciudadanos. A ello hay que añadirle la estabilidad atmosférica vinculada a la dorsal anticiclónica, que paraliza el aire e impide que el calor se distribuya, contribuyendo a la cocción de buena parte de España.

La presente constituye la décima ola de calor que comienza en el mes de junio de las 58 contabilizadas desde 1975 en la Península y Baleares. Pero en este mundo que se calienta, y en ocasiones se derrite, cada vez serán más frecuentes y duraderas en estas tempraneras fechas, ya que los veranos se están adueñando de parte de finales de la primavera y del inicio del otoño, dentro del marco del calentamiento antropogénico global de la Tierra. «La mitad de esas diez olas de calor, cuyo comienzo data del primer mes del verano climatológico, habrán tenido lugar en la presente década», asegura Fernando García, coordinador del área de información meteorológica y climatológica de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET).

Si de los 10 veranos más cálidos ocho corresponden al presente siglo, siendo el de 2003 el más caluroso de la serie, éste que acaba de arrancar promete ser más acalorado de lo normal, dado que la previsión es que las temperaturas estén 0,5 grados por encima de la media de referencia, aunque habrá zonas en las que los termómetros registren hasta un grado más.

VIDAS EN PELIGRO

Domingo Fernando Rasilla, presidente de la Asociación Española de Climatología, explica que el aumento de la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, derivado de las actividades humanas, elevará las temperaturas a escala global y provocará un incremento de la frecuencia e intensidad de estos episodios. En este escenario, «olas de calor como la que afectó a gran parte de Europa en 2003 pasarán a convertirse en fenómenos habituales a lo largo del siglo XXI», advierte.

Los impactos causados por estos fenómenos son muy diversos. El principal es el aumento de la morbilidad y de la mortalidad humana. En este sentido, la ola de calor que tuvo lugar en 2003 en Europa Occidental pudo haber ocasionado 70.000 fallecimientos durante aquel verano, 6.500 en España. Y es que existe un umbral térmico a partir del cual la mortalidad comienza a dispararse, y que varía según las regiones, superando los 40ºC en el valle del Guadalquivir sin llegar a los 30ºC en el litoral cantábrico.

El calor, de forma aislada, no suele causar muertes directas, salvo las derivadas de una exposición prolongada a las altas temperaturas bajo condiciones de esfuerzo. Asimismo, la mayor parte de esta sobremortalidad afecta a personas de edad avanzada, en las que problemas de salud cardíacos o respiratorios, entre otros, podrían explicar su fallecimiento durante estos episodios.

El presidente de la Asociación Española de Climatología alerta de que las olas de calor son particularmente letales en las áreas urbanas, debido a que el campo libera lentamente las temperaturas extremas registradas por el día, por lo que las mínimas en las ciudades suelen ser más altas que en los pueblos y zonas rurales.

Sea como fuere, las olas de calor amenazan la salud de los ciudadanos, en especial la de los grupos de riesgo y la de los más vulnerables. Por ello, el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social ha publicado un decálogo con recomendaciones para prevenir los daños colaterales de estos episodios. Las sugerencias son beber agua o líquidos con frecuencia; no abusar de las bebidas con cafeína, alcohol o grandes cantidades de azúcar; usar ropa ligera, holgada y que deje transpirar; permanecer el mayor tiempo posible en lugares frescos; reducir la actividad física y evitar practicar deportes al aire libre en las horas centrales del día; no dejar a ninguna persona dentro de un vehículo estacionado y cerrado; realizar comidas ligeras; mantener las medicinas a buena temperatura; y consultar a un médico ante cualquier síntoma que se prolongue más de una hora.

RIESGO DE INCENDIOS

Las olas de calor echan gasolina al fuego. Rasilla, quien también es profesor titular de Geografía Física de la Universidad de Cantabria, sostiene que otra de sus consecuencias más evidentes es el agravamiento de los incendios forestales.

Estos episodios se producen durante periodos de sequía -como el que atraviesa actualmente España, según la propia AEMET- que predisponen la vegetación a los efectos de las elevadas temperaturas. Pero tanto las tormentas secas como la ausencia de humedad ambiental también desencadenan incendios forestales o, en caso de ser obra de los pirómanos -en torno al 95%-, a su propagación. Para más inri, el calor extremo origina corrientes en el interior de los incendios que intensifican ese proceso, dando lugar a nubes de incendios o «pirocúmulos».

Otro efecto, particularmente significativo en las áreas mediterráneas, es la degradación de la calidad del aire o, lo que es lo mismo, la contaminación atmosférica; como consecuencia del aumento de gases como el ozono, cuyos valores –sin embargo- no se registrarán en las ciudades, sino en las zonas rurales circundantes, hacia donde es arrastrado por el viento.

Finalmente, durante las olas de calor resulta bastante común la presencia de cielos lechosos, la conocida calima, que a veces viene acompañada de lluvias de barro. El presidente de la Asociación Española de Climatología detalla que en caso de que la masa de aire cálido provenga del Norte de África, ésta se carga de polvo del desierto del Sahara en suspensión. Y agrega que, además, durante un episodio de este tipo la temperatura en la superficie es tan elevada que propulsa movimientos ascendentes del aire capaces de generar tolvaneras que extraen las partículas del suelo y las transportan por el aire hacia otros lugares. «Esta ola de calor podría venir acompañada de un aumento de los niveles de polvo en suspensión sobre la Península Ibérica y gran parte de Europa Occidental», matiza.

Pero estos fenómenos, cuya previsión meteorológica no entraña ninguna especial complicación, también tienen otras repercusiones asociadas, por ejemplo, a la alteración de los patrones de demanda eléctrica, a los problemas de gestión hídrica que pudieran aflorar a largo plazo o a las complicaciones en el transporte aéreo relacionadas con que los aviones necesitan un mayor impulso para el despegue durante jornadas tan cálidas como las actuales.

Dice el refranero que lo sano es que haga frío en invierno y calor en verano. Pero todo el mundo sabe que los refranes no siempre son verdades.