Peligro en las aulas

Los episodios de acoso escolar que acaban de forma trágica conmocionan a la sociedad y la ponen frente a una estremecedora realidad. Pero no deberíamos permitir que, tras el latigazo anímico, el drama se difumine envuelto en la bruma del olvido

Los episodios de acoso escolar que acaban de forma trágica conmocionan a la sociedad y la ponen frente a una estremecedora realidad. Pero no deberíamos permitir que, tras el latigazo anímico, el drama se difumine envuelto en la bruma del olvido.

La primera condición para que un problema pueda entrar en vías de solución es que sea reconocido como tal sin matices ni medias tintas. Nos permitirá afrontrarlo en todo su alcance y conforme a su mayor o menor crudeza. ¿Existe el acoso escolar en nuestros centros de enseñanza? Sin duda. Las estadísticas están ahí y nos demuestran que es una anomalía creciente entre los adolescentes que condena a cientos de ellos a un padecimiento intolerable.

Es cierto también que la prevalencia de estos episodios perturbadores y para algunos incapacitantes se encuentra entre las menores de una relación de 37 países de Europa, Estados Unidos y Canadá que formaron parte del último informe sobre maltrato de la Unesco. En concreto, somos el tercer Estado con menor índice de violencia en las escuelas entre estudiantes de 13 a 15 años.

Pero nuestros más de mil casos de «bullying» en 2017, que supusieron un aumento del 11% respecto al año anterior, son mil historias de sufrimiento y crueldad en etapas y ámbitos en los que deberían considerarse a salvo y disfrutando de las actividades habituales de un joven estudiante. Lo peor que podría suceder y contra lo que la propia sociedad y sus administraciones deben pugnar es que las víctimas que soportan el estigma y el dolor del acoso sean invisibles y sus circunstancias sean una suerte de pena que ellos entenderán a perpetuidad. Hay dudas razonables, que asaltan a la opinión pública cada vez que se publicita algún episodio de maltrato moral o físico, sobre la eficacia y funcionamiento de los procedimientos de alerta en los colegios e institutos y también si resulta inevitable que estas situaciones no sean extirpadas o reconducidas de raíz, es decir, en sus inicios. Es cierto que en línea con el aumento de estos episodios el fenómeno se ha hecho presenta y la concienciación ha mejorado para rebatir la querencia a infravalorar o desenfocar las relaciones o vínculos potencialmente peligrosos.

Y también lo es que las investigaciones tras los últimos casos trágicos en nuestro país concluyeron que los responsables escolares no habían detectado comportamientos anormales. Como decíamos en las primeras líneas, España tiene un problema compartido globalmente que debe combatir con información, prevención, mentalización y coerción en su caso. Hay vidas que se pierden o se arruinan y debemos atender el drama en función de la gravedad de sus consecuencias.