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Pueblos aislados y seis muertos: el balance de una catástrofe histórica

La Dana deja seis muertos, 3.500 evacuados y numerosos daños materiales. Municipios como Orihuela, Almoradí, El Raal y Dolores se han convertido en una ratonera: los accesos están inundados, las casas anegadas y el suministro eléctrico cortado.

  • Imagen aérea de la ciudad de Dolores (Alicante) inundada a causa del desbordamiento del río Segura
    Imagen aérea de la ciudad de Dolores (Alicante) inundada a causa del desbordamiento del río Segura

Tiempo de lectura 4 min.

15 de septiembre de 2019. 11:13h

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Elena Genillo Madrid. 15/9/2019

La tormenta ha pasado pero la calma no llega a Orihuela, una de las zonas más castigadas por este temporal. En este municipio de la Vega Baja alicantina el cielo se abrió el jueves y una tromba de agua descargó 425 litros por metro cuadrado en menos de 48 horas. A eso se sumó el desbordamiento del río Segura el viernes, lo que provocó que el pueblo quedase totalmente inundado. No había cómo entrar ni salir. Orihuela permaneció incomunicada y quedaron muchos vecinos aislados esperando en la parte alta de sus casas, algunos en los tejados, a que los rescatasen.

Mari Carmen Zaplana lo recuerda como el peor día de su vida. Sin comida, ni luz, ni teléfono móvil, se pertrechó junto a su marido y sus tres hijos en la terraza de su chalet, tras ver como «en menos de cinco minutos el agua subió hasta los tres metros de altura». «Fue igual que un tsunami», rememora para LA RAZÓN. Ella vive en el Camino de Callosa, una pedanía de Orihuela, y es vecina de sus cuatro hermanos y su padre. Comparten la huerta, las cuadras y una zona de animales, así que cuando empezaron a ver cómo subía el nivel de la corriente trataron de contenerla con sacos de tierra y granito, y con las boscas (mini excavadoras) que utilizan para trabajar en el campo. La familia de Mari Camen vivió momentos de pánico cuando, a causa del temporal, «se abrió una brecha en el asfalto y mi padre, de 76 años, se hundió en ella con el tractor», pero pudo ser rescatado. Fueron minutos de caos. «Mi hermano corrió a la huerta a por los perros. Al llegar vio que los conejos y los pavos reales ya estaban muertos, ahogados, y a los caballos y los burros los tuvo que soltar», describe.

Señales de socorro

No sirvieron de nada las tareas para achicar agua. Todas las casas quedaron anegadas y cada familia tuvo que resguardarse en las partes más altas de sus viviendas. «Veíamos los helicópteros pasar, les hacíamos señas», narra Mari Carmen, si bien admite que le asustaba la idea de que sus dos hijas pequeñas, de tres años, fueran rescatadas por aire. A eso de las diez de la noche, su marido, en un acopio de valor, bajó a la calle «y con el agua por la cintura, caminó para buscar ayuda». Al poco, vio pasar un camión de bomberos, pero él y sus cuñados decidieron quedarse en las casas para tratar de salvarla ante otra crecida si el embalse de Santomera llegaba a romperse. Afortunadamente, las malas previsiones no llegaron a cumplirse.

Tras dejar a las niñas a buen recaudo con un familiar, Mari Carmen volvió ayer a su casa y se continuaba inundado, con agua que alcanzaba los dos metros, así que tan solo podía llorar de desesperación. Los bomberos les conminaron a esperar a que bajara el nivel del canal para rescatar lo que quedara de sus enseres. Pero pesaban más los recuerdos: «Solo podía pensar en lo que dejaba atrás: las fotos, los vídeos de mis seres queridos ya fallecidos, los muebles antiguos que tenía de mis abuelas...». Así que con la ayuda de familiares y amigos fueron sacando lo que veían flotar. «Se han puesto directamente el bañador y, con el agua hasta el cuello, están nadando por mi casa para salvar lo que se pueda», cuenta. Sabe que le quedan días y días de trabajo. Su seguro le ha comunicado que es la Administración quien debe hacerse cargo de los daños, pero «hay cosas que el dinero no puede pagar». «Es la ruina, un desastre, no se puede hacer nada. He trabajado toda mi vida para tener lo que tengo, y ahora solo es barro». Pese a todo, se siente afortunada porque «hay gente que ha perdido la vida».

Esta ha sido la gota fría más catastrófica en 140 años en la Comunidad Valenciana. Se ha cobrado seis muertos, el último hallado ayer en Orihuela, en la pedanía de La Matanza, que se suma al varón de Redován, al joven de Granada, al de Almería y a los dos hermanos de Caudete (Albacete). Ha provocado innumerables daños materiales en Alicante, Murcia, Almería y Castilla-La Mancha y el desalojo de más de 3.500 vecinos. Ha sido un desastre sin precedentes que ha requerido la intervención de 1.171 militares y 325 medios (camiones, helicópteros, drones, máquinas...) para ayudar a la población y tratar de restablacer la comunicación en los municipios. Aunque ayer la gota fría empezó a bajar de intensidad en el sureste, muchas zonas permanecían aisladas. Los efectivos de la UME se afanaban en restaurar las vías públicas y los accesos, si bien la prioridad era el rescate de personas aisladas (hubo 27 por helicóptero y más de 450 por otros medios), las evacuaciones preventivas, el suministro de alimentos y medicinas, así como el achique del agua en lugares críticos. Los militares también apoyaron el traslado al hospital de 56 pacientes de diálisis que no podían llegar por sus propios medios y han colaborado en el restablecimiento del suministro eléctrico.

Ayer se vivió con especial preocupación en Almoradí (Vega Baja alicantina). La rotura de una mota del río Segura inundó por completo el pueblo y cientos de vecinos quedaron aislados en sus viviendas. El río evacuó hasta 50 metros cúbicos por segundo, dejando completamente anegado el municipio. La UME se desplegó allí con un puesto de mando y ante la gravedad de la situación pidió maquinaria pesada al gobierno valenciano. El Raal se convirtió en otra ratonera. El río Segura se desbordó a su paso por esta pedanía murciana el viernes y ayer todavía más de 400 vecinos permanecían recluidos en sus casas. Los alimentos empezaban a escasear, así que se solicitó ayuda humanitaria a las autoridades, ya que eran voluntarios los que repartían como podían alimentos a las casas aisladas por el agua. Una situación similar se vivió en Dolores (Alicante). Al cierre de esta edición sus vecinos seguían sin agua corriente y la Policía Local de la localidad, de 7.300 habitantes, hacía llegar alimentos y medicamentos mientras trasladaba a los que estaban aislados al albergue habilitado.

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