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Reducción del daño en tabaquismo: del mal, el menor posible

  • Reducción del daño en tabaquismo: del mal, el menor posible

Tiempo de lectura 4 min.

31 de mayo de 2019. 08:42h

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Dr. Pedro J. Tárraga López, médico de Familia .  31/5/2019

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La mejor manera de evitar los daños que genera el tabaco es a través de la cesación de este hábito. Aun así, existen fumadores que, a pesar de padecer alguna dolencia, no están dispuestos a intentar dejar de fumar, o no se ven capaces. En estos casos, hay técnicas alternativas que pueden ser de ayuda, como reducir el número de cigarrillos diarios o la utilización de otros productos alternativos, que pueden llegar a reducir, en alguna medida, el daño que provoca el tabaco.

En este sentido, en el marco del Día Mundial sin Tabaco, resulta importante destacar que en nuestro país existe una prevalencia de fumadores diarios de un 34%, porcentaje que aumenta si miramos en detalle a comunidades autónomas como Asturias (42%) o la Comunidad Valenciana (38%). Aunque sí que es cierto que cada vez son más los fumadores que hacen un esfuerzo por dejar de fumar. De hecho, desde que se reformó la Ley 42/2010, de medidas sanitarias frente al tabaquismo, el porcentaje de personas que ha intentado cesar este hábito en algún momento, ha ascendido al 36%. Una proporción que ha ido en ascenso en los últimos años, pues las encuestas realizadas en 2009 y 2010 mostraban unos porcentajes de 25% y 31%, respectivamente.

Aunque los datos son alentadores, hay estudios que reflejan que el 25% de las personas que lo intentan, únicamente aguantan un día sin fumar; el 40% llega a una semana y solamente el 12% consigue dejarlo durante más de tres meses. Sin embargo, una gran parte de estas personas persiste en el intento, y finalmente consigue dejar de fumar. Por otro lado, existe el dato negativo de que el 2% de los fumadores ni siquiera intenta dejar de fumar. Hay análisis de trabajos que contemplan que menos del 30% de los intentos de dejar de fumar fracasan después de 52 semanas.

Analizando esta situación, queda claro que es necesaria la introducción de alternativas para acabar con el problema de salud que genera el tabaco. En algunos de los países más estrictos en el control del tabaquismo, como es el caso de Reino Unido, se contemplan estrategias adicionales para reducir el daño que provoca el tabaco, más allá de intentar reducir el número de fumadores. En este sentido, las autoridades sanitarias británicas valoran el uso de otras opciones distintas al cigarrillo convencional, en los casos en los que la deshabituación tabáquica no sea posible, como el cigarrillo electrónico o el tabaco calentado.

Si se contemplan estas nuevas tendencias internacionales, se puede observar claramente un cambio emergente en lo que es el hábito tabáquico, manteniéndose el objetivo prioritario de la cesación tabáquica y para aquellos que no pueden conseguirlo, plantear otras alternativas menos dañinas.

Hay dos componentes fundamentales en el tabaco que deben distinguirse. El primero es la nicotina, que provoca la adicción al producto, pero que está menos relacionado a los problemas de salud que conlleva el tabaquismo, como enfermedades cardiovasculares, respiratorias u oncológicas. El segundo componente, lo forman las sustancias tóxicas que nacen del humo provocado por la combustión, que es donde realmente reside la nocividad del tabaquismo y las sustancias tóxicas como las nitrosaminas o los compuestos volátiles orgánicos. Estas pueden llegar a provocar, con el tiempo, importantes daños en el organismo del fumador, dando lugar así a enfermedades graves que causan un daño preocupante en la población fumadora.

La reducción del daño producido por el tabaquismo se entiende como la “disminución de la morbilidad y la mortalidad total, sin eliminar por completo el consumo de tabaco y de nicotina”. Calentando el tabaco no se forma humo, sino que se genera un vapor o aerosol, al igual que en el caso del cigarrillo electrónico. De esta manera, si el tabaco se calienta en lugar de quemarse, se reduce (en su vapor generado) el nivel de sustancias perjudiciales de forma considerable, llegando a una reducción del 95% con respecto al humo del cigarrillo convencional. Esta reducción resulta similar en el caso del cigarrillo electrónico.

Estudios clínicos realizados con el tabaco sin combustión revelan que esta menor concentración de componentes nocivos se traduce en una menor exposición a agentes perjudiciales en el fumador, que es similar a esa exposición que tienen las personas que dejaron de fumar en el estudio. También algunas variables subrogadas de riesgo, asociadas a la cesación tabáquica, cambiaron con el consumo de tabaco calentado, de forma parecida a como cambiaron en los fumadores que dejaron de fumar.

Aunque aún son necesarios más estudios adecuados que demuestren estas evidencias a largo plazo, los que disponemos hasta la fecha muestran resultados muy

alentadores. Estos métodos innovadores introducen una forma de disminuir el riesgo de enfermedad en fumadores. Por lo tanto, puede merecer la pena introducir estas alternativas menos dañinas (en comparación con el cigarro normal) en aquellos casos en los que no hay resultados positivos en cuanto a la cesación, porque no se ha podido, o no se ha deseado dejar de fumar.

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