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Terrorismo vegano: "Comer carne es fascista"

Grupos organizados emprenden una campaña para acabar con las explotaciones animales. «Esto es solo el principio», avisan después de las primeras agresiones a granjas españolas.

  • Joan Vilaró con uno de los conejos de la granja que fue atacada por animalistas y que abrió hace veinte años.Foto: Shooting
    Joan Vilaró con uno de los conejos de la granja que fue atacada por animalistas y que abrió hace veinte años.Foto: Shooting

Tiempo de lectura 8 min.

16 de septiembre de 2019. 10:02h

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Mariam Benito.  15/9/2019

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Los animalistas defienden «el derecho inalienable de los animales de vivir y ser respetados». Bajo esta premisa asaltaron el primer domingo de septiembre la granja de conejos Vilaró de Tarrés, en la localidad de Gurb (Barcelona). Como consecuencia, cien crías, cuyas madres habían sido liberadas durante el asalto, han muerto. El estrés ha provocado, además, abortos, muerte de conejas a punto de parir y la ruptura de la columna de numerosos animales, según un informe del equipo veterinario que atiende la granja. La paradoja no puede ser más disparatada: los autores del atropello se sienten con la responsabilidad moral de ir a salvar a los animales y proclaman que todo «animal no humano» debe ser respetado ante cualquier circunstancia.

El propietario del negocio, Joan Vilaró, jamás pensó que, después de 35 años de granjero, algún día viviría un episodio como el ocurrido ese día en la granja que él mismo fundó hace 20 años en este pequeño municipio de Barcelona. «Serían las 19,00 h. cuando empecé a escuchar un gran alboroto. Al salir de la nave, me encontré con 50 o 60 personas corriendo y asestando golpes a todo cuanto encontraban a su paso. Los conejos agitadísimos corrían de un lado a otro», cuenta. «Solo y sin móvil, sentí pánico, impotencia y rabia». Lo único que pudo hacer fue suplicarles una y otra vez que saliesen de allí.

Así transcurrieron 15 minutos que a este hombre le parecieron una eternidad. Cuando llegó la policía, salieron en estampida dejando un panorama dantesco. No puede precisar el número exacto de conejos robados. Sabe que ocho de las hembras sustraídas estaban amamantando a sus crías y dos deberían haber parido cuatro después. También echa en falta cuatro o cinco conejos pequeños. Varias lactantes han perdido la leche por la situación de miedo que vivieron y un centenar de crías murieron.

«Es solo el principio»

Vilaró no sabe qué han hecho con los animales que se llevaron, pero tiene la certeza de que, si los dejaron en libertad, no tardaron mucho en morir. Insistimos: quienes actúan así lo hacen en nombre del bienestar animal y de una filosofía que «excluye todas las formas de explotación y crueldad hacia el reino animal e incluye una reverencia por la vida», según declara Donald Watson, miembro fundador de la Vegan Society (Sociedad Vegana). Cataluña se ha convertido en punto de encuentro para los animalistas. Su punto de mira son las granjas, las explotaciones lecheras y los mataderos. «Es solo el principio», anuncian desde sus redes sociales, al tiempo que amenazan con nuevos escraches con más de 500 voluntarios. El mayor temor es que cumplan sus advertencias, según Vilaró. Si algo les caracteriza es su destreza en el manejo de las redes que usan para amenazar y llamar continuamente a la desobediencia civil. En el caso de Gurb, el ambiente se venía caldeando desde hace meses y los avisos eran premonitorios. Lo único que no se especificaba era el escenario en el que se llevaría a cabo el ataque. Los Mossos d’Esquadra enseguida identificaron a varios de los responsables, algunos menores de edad y reincidentes. Había de diferentes nacionalidades, pero eran mayoritariamente belgas, franceses y turcos. De momento, los ganaderos de la zona han creado un grupo de WhatsApp para defender sus propiedades de futuras acciones. Atacan perfectamente organizados y abren jaulas, liberan aves, capturan terneros, les dan agua. Uno de los grupos más activos es Action For Liberation, autor de un escrache en Sant Antoni de Villamajor (Barcelona). Gerard Bassa, un joven ganadero de esta localidad, tuvo que soportar impotente que unos 160 activistas, la mayoría extranjeros, asaltaran su explotación lechera. Tomaron en brazos a los terneros, los sacaron y les dieron agua. Algunos eran recién nacidos. El joven contraatacó arrojándoles estiércol con la pala desde su tractor. El pasado mes de abril, otro grupo ocupó de madrugada el matadero de la empresa Friselva, en Riudellots de la Selva (Selva), para reclamar la detención de los sacrificios de animales. Liberaron siete cerdos y se encadenaron en la zona de producción. Después de más de diez horas, los agentes lograron el desalojo.

«Pandilla de tarados»

Las acciones animalistas a veces rayan en el esperpento despertando una cascada de burlas y respuestas en las redes sociales, tal y como sucedió hace unas semanas con el vídeo en el que dos catalanas denunciaban la violación de las gallinas por parte de los gallos, comparando las explotaciones ganaderas con campos de concentración. «Los gallos violan a las gallinas, ellas no quieren ser montadas», decían. O «comer huevos genera la explotación de las gallinas». Las redes ardieron cuando después mostraron a un macho cabrío arrebatado de alguna granja al que previamente habían amputado los testículos en su santuario animal Almas Veganas. «Aquí será respetado como persona que es», espetaba una de las muchachas. Irrumpen también con violencia en eventos ecuestres y cinegéticos. El cantante José Manuel Soto no pudo quedarse impasible cuando, en Málaga, otro grupo de animalistas increpaba recientemente al conductor de un coche de caballos que circulaba por el centro de la ciudad al grito de «tira tú del carro». «Pandilla de tarados», escribió el cantante en su cuenta de Twitter. Su falta de ponderación y sus maneras, casi siempre violentas, parodian y banalizan un discurso que podría ser escuchado. Y así lo expresa Josep Casassas, alcalde de Gurb, para LA RAZÓN: «Su modo de proceder desacredita totalmente cualquiera de los principios que les mueven. Vulneran la propiedad privada y arriesgan la bioseguridad de la explotación, así como la seguridad de los animales y de las personas. No se están respetando las reglas democráticas». Sin rebatir los motivos que mueven a estos jóvenes, lamenta la sensación de intranquilidad y el temor que estos incidentes están provocando en los vecinos. El Ayuntamiento de la localidad se presentará como acusación popular de este caso y el de otra granja próxima que ya había sido objeto a principios de verano del robo de un ternero. Los autores dejaron una nota que decía que el animal ya no sería plato de comida para nadie. Josep Collado, secretario general de la Federación Empresarial de Carnes e Industrias Cárnicas, opina que ha habido mucha permisividad y demasiado folclore. «Hay que ser contundente –advierte– porque, además de perturbar el bienestar animal, se está poniendo en riesgo la bioseguridad y las consecuencias son gravísimas. España exporta al año dos millones de toneladas de carne porcina y un solo brote infeccioso podría suponer la ruina del sector. La presencia de personas no autorizadas y sin control en estas instalaciones ganaderas representa un peligro grave para la salud del animal porque no cumplen los requisitos de bioseguridad personal exigido». Aunque falta mucho por investigar, su sospecha es que se trata de una trama muy bien orquestada y con intereses definidos para hundir la industria de la carne.

A pedradas

Los actos vandálicos se extienden a cualquier sector que no cumpla con los criterios veganos. Este verano, varias pescaderías y carnicerías de Granada amanecían con las fachadas cubiertas de pintura e injurias y consignas veganas. En Francia, los carniceros han pedido amparo al Gobierno después de una oleada de ataques por parte de extremistas veganos que, además de pintar, arremetieron contra sus negocios a pedradas rompiendo cristales y causando graves destrozos. La presidenta de la Confederación Francesa de Carnicerías, Charcuterías y Restauración, una asociación que agrupa a 18.000 pequeños empresarios de todo el país, no tiembla al asegurar que tanto el «veganismo como el animalismo constituyen una forma de terrorismo que tiene como fin hacer desaparecer un sector entero de la cultura francesa». En Barcelona, el Departamento de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación ha lanzado una serie de recomendaciones en el caso de que se produzcan nuevos asaltos, como llamar al 112 y denunciar a los Mossos d’Esquadra, no facilitar información a los asaltantes o evitar cualquier tipo de enfrentamiento. La Generalidad de Cataluña tiene previsto aprobar un protocolo con sanciones de hasta 100.000 euros para quienes accedan ilegalmente a las explotaciones ganaderas violando la Ley de Bienestar Animal. También se sancionarán por vía penal los delitos de hurto, allanamiento y la puesta en riesgo de la bioseguridad del recinto. Desde sus cuentas, Action for Liberation ya ha declarado que no se va a amedrentar. Massin Akandouch, su cofundador, avisa: ni a él ni a sus seguidores les asustan las sanciones. A finales de agosto, este frente reivindicó la liberación de unas 40 gallinas en el barrio okupa de Errekaleor, en Vitoria-Gasteiz. Los asaltantes, encapuchados, accedieron al gallinero y dejaron un mensaje para justificar su acción en un colectivo tan afín a ellos: «Apoyamos las asambleas entre iguales, pero no puede existir votación, asamblea, contrato ni consenso que legitime la situación de encarcelamiento que están sufriendo estas gallinas». El escritor Francesc Canosa se pregunta con sarcasmo si deberíamos crear también un frente de liberación de la rata raquítica, otro del búho que no sale del zulo y otro para la codorniz que tiene pánico a volar. En su cuenta de Twitter, Albert Boadella habla de «talibanismo animal».

La mala conciencia del chuletón

¿Es posible comerse un chuletón sin tener mala conciencia? Con consignas y anécdotas como las que siguen, los veganos lo quieren poner difícil. «Comer carne es fascismo», dice el grupo Les veganes inclusives. «¿Consumes lácteos? Entonces tienes sangre en tus manos», asegura una joven del movimiento DownWithDairy que se presenta en Twitter con máscara de vaca y su piel teñida de rojo. «Comer jamón es de fachas», escuchamos el día en que un colectivo se manifestó ante el Museo de Jamón de Madrid.

A la cantante Rosa López la brearon en las redes después de la emisión del programa «Ven a cenar conmigo» por tomar unos sorbos de caldo elaborado con jamón y pollo, además de probar otras delicias marinas, después de haberse declarado vegana. Y David Muñoz y Cristina Pedroche son atacados continuamente por los animalistas y veganos cuando publican en su cuenta de Instagram platos con ingredientes animales. «¿Amas comer cadáveres de animales matados por ti?», le pregunta a David uno de ellos ante la imagen de un pichón asado y ahumado con té y flores secas. «Solo puedo llorar de felicidad», escribe el cocinero.

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