Eduardo Gallo: «Sin disfrutar de uno mismo es imposible que aparezca el sentimiento»

El diestro salmantino busca este sábado en Valdemorillo un triunfo que le haga resurgir de nuevo en el circuito de ferias

Eduardo Gallo lee LA RAZÓN junto a la plaza de toros de Las Ventas

Decía el poeta romano Ovidio que «la gota horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia», un axioma que Eduardo Gallo, cual ave fénix, se ha grabado a fuego para la presente temporada. El valeroso torero salmantino, anunciado este sábado en la feria de Valdemorillo, quiere comenzar 2015 con un triunfo que le abra las puertas del circuito de ferias para, con esa regularidad otras veces esquiva, quedarse perenne en los carteles donde años atrás ya emergió con guadianesca fortuna.

¿Cómo ha transcurrido el invierno?

–Encerrado en el campo desde que volví a España en octubre. Siempre se dice que después de Navidad hay que pensar ya sólo en el toro para evitar que luego te coja y, en mi caso, sabiendo que me anuncio en Valdemorillo, tan pronto, más aún. He tratado de renovar más el concepto, siempre lo he querido amoldar a cada etapa de mi carrera y este invierno le he dado una vuelta de tuerca más, sobre todo, con el capote.

¿Se llevaba mal con la capa?

–Creo que es mi talón de Aquiles. Siempre he considerado más complicado torear con las dos manos que con una. De hecho, a lo largo de mi carrera, no he tenido la suerte de cuajar demasiados toros con el percal y, sin embargo, este invierno en los tentaderos sí he podido hacerlo unas cuantas veces.

¿Será el único cambio para el espectador?

–No, sin salirme de ese sello personal del valor, he pulido más ese clasicismo y esa pureza del toreo que concibo. Cuando hace dos temporadas volví a entrar en las ferias, tuve que tirar mucho de cojones y arrimarme muchísimo a los pitones. Ahora, quiero aportar cosas nuevas a mi repertorio, al torero enrazado ya le conocen, quiero que este año vean un torero más completo, con más teclas.

Para usted, Valdemorillo es una moneda al aire a las primeras de cambio, sin estrenar aún la temporada.

–Hablando con Tomás Entero y Tomás Luna mostré mi disposición total a venir a esta feria, por suerte he podido entrar. 2015 es clave para mi carrera, necesito dar un aldabonazo fuerte ya desde el minuto uno. Qué mejor que Valdemorillo y que se hable de mí cuanto antes.

Cada vez tiene más repercusión esta feria.

–Están haciendo las cosas muy bien con carteles abiertos y dando oportunidades a toreros jóvenes o que quieren resurgir. No hay nada hecho todavía de las grandes ferias y no hay otro escenario al que mirar, todos los focos alumbran allí, a las puertas de Madrid encima, con muchos de sus aficionados... Los triunfos en Valdemorillo sirven, cada vez más, para entrar en el resto de la temporada.

Pronto y en la mano...

–Sí, necesito un triunfo importante que me ponga en órbita para toda la temporada. Si llega, estoy seguro de que se traducirá en un buen número de contratos, mis apoderados sabrán amarrarlos. El sábado debe servirme para llamar a la puerta de Madrid y regresar a Las Ventas. Allí, hay muchas puertas a las que tocar. Honestamente, atravieso un momento mejor que en ese resurgir que ya tuve hace dos temporadas.

Se hizo, entonces, con un hueco en las ferias, pero no se consolidó. ¿Le faltó regularidad?

–Es posible. Algo más de constancia, de permanencia en el triunfo. Desde la tarde de preferia en Madrid, en 2012 la tuve, pero el año siguiente hubo más altibajos. Sólo me dieron una tarde en San Isidro, cuando me había merecido dos con creces. No me justifico, pero cuando te juegas tu futuro a una carta, el miedo atenaza. La presión bloquea y creo que eso me sucedió en San Isidro en 2013 con aquel toro de Pedraza de Yeltes.

«Dulce», de nombre.

–Me cobró muchísima factura la faena a ese toro, muy encastado. Fue una tarde complicada, acusé demasiado esa presión de cortar las orejas para sobrevivir no para crecer y disfrutar. Ves que la tarde se te escurre entre los dedos sin que pase nada y eso te quema en la cabeza, no estás fresco para resolver en la cara del toro, sólo piensas en los trofeos no en el sentimiento.

¿Tan mal lo pasó?

–Realmente crudo. Estuve dos meses sin salir de casa para nada. Acusé hasta ese miedo escénico de veinte mil personas, más el toro obviamente, y no me hubiera sentido preparado para torear de nuevo en Las Ventas. Aquella tarde pienso que habría sido capaz de hasta cortarme la coleta y mandarlo todo al carajo. Me hubiera arrepentido a la mañana siguiente, pero se me pasaron tantas cosas por la cabeza...

Entonces, imposible sentir sin disfrutar.

–Imposible en ningún ámbito de la vida. Ese equilibrio lo he encontrado en México, refrendado con triunfos. El año pasado sólo hice dos paseíllos en España y en América he aprendido a no torear para nadie sino para uno mismo. Así enseñas tu verdadera dimensión y surge la magia para que el aficionado disfrute contigo.

Como disfrutó cuando era todavía novillero. ¿Qué recuerdos tiene una década después de aquella Puerta Grande?

–Magníficos. No tenía ni una tarde hecha ese año y de repente me salieron 25 novilladas y hasta la alternativa. Cogí mucho cartel y fui entrando en un montón de ferias, casi todas las del norte, a base de triunfos: Santander, San Sebastián, Bilbao, Valladolid, Salamanca, Granada... Madrid da y quita, siempre, por eso, la bala de Valdemorillo no se me debe escapar.

El Viti, Julio Robles, Niño de la Capea... Demasiado tiempo sin que Salamanca tenga a una figura máxima del toreo.

–Esta tierra necesita una gran figura. Hay nombres de jóvenes como Juan del Álamo o yo mismo que estamos trabajando para ello, pero fíjate que tres nombres me has dicho... Tres monstruos de la Tauromaquia. Los antecesores colocaron el listón altísimo y, nosotros, con humildad, tratamos de fijarnos en ellos porque son referentes, ídolos, espejos en los que fijarse.