Feria de San Fermín

Hermoso de Mendoza marca la diferencia

Los rejoneadores Pablo Hermoso de Mendoza (c), Leonardo Hernández (i) y Pedro Armendáriz (d), salen a hombros de la Plaza de Toros de Pamplona. Efe
Los rejoneadores Pablo Hermoso de Mendoza (c), Leonardo Hernández (i) y Pedro Armendáriz (d), salen a hombros de la Plaza de Toros de Pamplona. Efelarazon

Ficha:

Seis toros, despuntados para rejones, de El Capea (el 4º, con el hierro de Carmen Lorenzo), muy desiguales de presencia y cuajo, tres de ellos, de basto volumen, por encima de los 600 kilos. De juego variado, desde los sosos y sin celo junto hasta los bravos y con clase en su galope, como el segundo, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre.

Hermoso de Mendoza, con casaca grana y plata: rejonazo trasero contrario (oreja); rejonazo trasero (dos orejas).

Leonardo Hernández, chaquetilla burdeos: pinchazo y rejonazo contrario (dos orejas); tres pinchazos y rejonazo contrario (silencio).

Roberto Armendáriz, chaquetilla negra y plata: dos pinchazos, rejonazo trasero y cuatro descabellos pie a tierra (silencio); rejonazo contrario perpendicular (dos orejas).

Los tres rejoneadores salieron a hombros por la puerta del encierro.

Segundo festejo de abono de la feria de San Fermín, con lleno en los tendidos (unos 20.000 espectadores).

Los tres jinetes que actuaron en la corrida de rejones de los Sanfermines salieron a hombros al finalizar el festejo tras repartirse hasta siete orejas de muy diferente valor, aunque, como casi siempre, fue Pablo Hermoso de Mendoza, que paseó tres, quien marcó las diferencias.

Desde que se incluyó en la feria hace ya cinco lustros, este tipo de festejo ecuestre se ha convertido en el prólogo amable de las duras corridas sanfermineras, llena la plaza de un público familiar que, igual que sucede en otras muchas, acude a los tendidos con un talante generoso y receptivo.

De ahí que, en cuanto los toros ponen algo de su parte y los rejoneadores matan a la primera, casi todos los años se corten muchas orejas que, en una indiscriminada tabla rasa, impiden distinguir los verdaderos méritos y matices de cada faena.

En ese sentido, el maestro navarro Hermoso de Mendoza, el auténtico y único culpable de que los rejones se consolidaran en la tierra del encierro, es casi siempre quien marca esas diferencias, por mucho que, como hoy, al final tenga que compartir salida a hombros con compañeros que se muestran a un nivel inferior.

Al menos en la corrida la estadística le hizo justicia con esa tercera oreja más que paseó el estellés, al que, abriendo plaza y luego en el toro de la merienda, le costó especialmente remontar el ambiente y hacer que sus paisanos entraran en sus faenas.

La que le hizo Hermoso al primero, un toro de galope tan noble como apagado, fue pura delicadeza, con mucho temple y sutileza en los embroques para sostener la escasa energía del astado. El mérito fue más o menos visible, pero la emoción fue tan escasa que el trofeo se le pidió sin mucha fuerza.

En cambio, el éxito rotundo le llegó con el cuarto, un toro grandón y de bastas hechuras que apenas tuvo celo para seguir a sus caballos. Hermoso tuvo que hacer un gran esfuerzo para estimular sus embestidas y, además, centrar en la faena a unos tendidos donde en ese momento estaban más pendiente de los sabrosos bocatas de chistorra que de lo que pasaba en el ruedo.

Pero la maestría del navarro acabó por lograr ambos objetivos, a base de dejar la grupa de sus caballos ante los mismos pitones del toro, sin abandonar nunca la corta distancia, hasta que, finalmente, puso a la plaza en pie con un par a dos manos y aseguró el segundo trofeo con un rejonazo fulminante.

Otras dos orejas le había cortado antes Leonardo Hernández al segundo de la tarde, el toro más bravo y de más clase de la corrida, de El Capea, que no dejó de perseguir sus monturas con total entrega a pesar de sus 600 kilos de peso.

La faena del madrileño se apoyó principalmente en una actitud fibrosa y enrazada y en la espectacularidad de las suertes y sus alrededores, atacando de frente y clavando con ajuste en muchos momentos pero también abundando en alardes de doma que calentaron tanto o más el ambiente.

También fue encastado el quinto, solo que con este no se vio a Hernández tan seguro a la hora de ejecutar las suertes, por lo que recurrió a adornos accesorios que fueron igualmente aplaudidos, antes de pinchar con el rejón de muerte y no poder incrementar el "marcador".

A Roberto Armendáriz, otro jinete navarro que triunfó en la pasada edición con más redondez, se le vio inseguro y desajustado con el primero de su lote, que resultó más que manejable. Así que, para no quedarse en tierra, tuvo que echar el resto con el sexto, con el que cambió radicalmente de actitud.

Más entregado, apostando por clavar con mayor cercanía y riesgo, aunque con resultados desiguales, Armendáriz hizo lo suficiente para que sus paisanos le pidieran, con mucha generosidad, esas dos orejas que le situaban también en la foto a hombros por la puerta por donde mañana entrara el primer encierro de estos Sanfermines.

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