Una huella con forma de herradura

Imagen de archivo del rejoneador Ángel Peralta

En letras de oro. Así quedará grabado para siempre el nombre de Ángel Peralta en la historia de la tauromaquia. Un hombre en mayúsculas, al que su longevidad le permitió que generaciones y generaciones de toreros disfrutásemos de él, de sus enseñanzas y de su ejemplo. Le conocí en el año 58, cuando yo aún era novillero y él ya abría carteles como rejoneador, ese día se forjó una amistad muy cercana. Su huella, con forma de herradura, lo trasciende todo y a todos. Él no solo significó rejoneo sino tauromaquia, tampoco recordaremos solo su carrera sino su vida, ni su nombre sino su legado.

El amor que sentía por todas las personas que le rodeaban lo extendía así al animal, al que dedicó su vida y esfuerzos. Que con más de noventa años siguiese subiéndose al caballo cada día, solo se puede explicar con una afición desmedida como la suya, fuera de lo normal, única. Estandarte de una tauromaquia que no distingue entre a pie o a caballo, sino solo toreros, toros y sentimientos.

Bueno, bueno, bueno. Así era él. Y es que no hay una sola palabra que pueda concentrar el espíritu del «Centauro de las Marismas» y ni siquiera sumando tres. Alguien que no se contentó con lograr los mayores hitos en su profesión, sino que hasta sus últimos días se preocupó en cuerpo y alma por el futuro de nuestra fiesta, por dejar algo al mundo de mañana. Así, quiso compartir todos sus conocimientos con los que nos dedicamos a su profesión, además de dejar un excelente patrimonio como ganadero. Junto con su hermano Rafael forjó una escuela, de la que ha nacido el rejoneo moderno que hoy nos emociona. Pero ante todo, lo que su apellido siempre representará será una escuela de valores.

Abanderado de Sevilla, recibía enorme respeto en cada rincón que pisaba, algo que él siempre profesó a los demás. Muchos son los aspectos que nos unían, el primero nuestra mutua admiración. Pero más cuantiosas aún fueron las conversaciones que me regaló, las cuales guardaré toda mi vida. Conocerle fue un privilegio.

La virtud que más se suele destacar de él es su gran sentido de la competitividad, pero lo que le hizo romper una y otra vez su propio techo fue su autoexigencia. Otra enseñanza más. Vuela Ángel.