Ureña renuncia al dolor para comerse el mundo

Madrid se rinde al torero murciano en una tarde imponente en la que consigue cortar una oreja

Paco Ureña resultó volteado por el quinto de la tarde, al que le cortó una oreja
Paco Ureña resultó volteado por el quinto de la tarde, al que le cortó una oreja

Madrid se rinde al torero murciano en una tarde imponente en la que consigue cortar una oreja

- Las Ventas (Madrid). Decimosexta de San Isidro. Se lidiaron toros de Las Ramblas, desiguales de presentación. El 1º, mansito, irregular aunque responde en alguna tanda sometido; el 2º, noble y de buen juego; el 3º, sobrero de Julio Puerta, noble, de calidad y punto soso; el 4º, encastado y de media arrancada; el 5º y 6º, sin entrega y complicados.

- El Cid, de nazareno y oro, estocada baja (silencio); estocada, aviso (silencio).

- Paco Ureña, de rosa y oro, estocada caída y tendida tres descabellos, aviso (saludos); pinchazo, estocada (oreja).

- Fortes, de cereza y oro, estocada trasera (saludos); media, descabello (silencio).

Venía con una cornada interna que un toro le infirió en la plaza francesa de Vic. Sólo un loco muy loco es capaz de aguantarla con el único fin de jugarse los muslos de nuevo en la plaza de Madrid. Los muslos y la femoral misma puso Ureña a disposición del toro y el toreo sin pensárselo dos veces. Siempre en honor al toreo no en un canto a la arbitrariedad. No perdió segundos, ni tan siquiera décimas, con su primero. Al natural se encajó enseguida, porque eso tiene el toreo de Paco Ureña, una manera de encajarse tan brutal y tan independiente de lo que hace el toro que transmite de manera directa con el público, conecta, habla más allá de lo que luego pase. Es cuestión de verdad. Con toda esa pureza a cuestas se puso, preciosos los naturales, más que toreados, mecidos, despacio iba el toro, acompasado el torero con la noble arrancada del de Las Ramblas. Inspirados los pases de pecho, personalidad, instinto, belleza...

Un atracón de emociones se condensaban en poco tiempo y espacio. Por un lado y por el otro y esa pasión también a la hora de entrar a matar en un encontronazo que pudo ser fatal. Faltó la rapidez con la espada para que viniera el premio. Pero gloria lo que había dejado en Madrid. La cogida en la suerte suprema le obligó a pasar por la enfermería. Y no quedó ahí la cosa. Desmadejado se fue después. Cuando mató al quinto, del que sí paseó un trofeo. Una oreja recopilatoria de todas las emociones vividas y sufridas, con cogida incluida que le dejó anestesiado, incluso a merced de un destino incierto. El toro no tuvo entrega y sí complicaciones. A pesar de las estrecheces de ese camino para el triunfo le sopló cuatro naturales de absoluta plenitud. De ahora o nunca. Y fue ahora para pagarlo después con una cogida tremebunda, sumado a lo que lleva en sus carnes. Renunció a todo menos a la verdad. Y tras la espada paseó ese trofeo que valía por el reconocimiento unánime de la plaza de Madrid. Torerazo. Desde las entrañas.

Muy desagradable fue el sexto con el que Fortes no volvió la cara. Tuvo un tercero de calidad, nobleza y el fuste justo. De más a menos fue la labor. De mala baba la acritud de algún sector del público increpándole. Increpando a un tipo que está de vuelta después de que el toro le devane el cuello por dos veces. La memoria diferencia al aficionado del que pasa por aquí de casualidad. O debe.

El Cid apostó lo justo con un primero irregular pero agradecido al toreo por abajo. El viento incomodó. Se justificó con un cuarto, encastado y al que había que tragar. Luego Ureña pasó por encima y se comió el mundo. El suyo y el de los demás.