Empleo

La rotación laboral interminable

Pese a la caída de la tasa de temporalidad, las altas a la Seguridad Social son 1,5 veces superiores a la afiliación total. Los trabajadores entran y salen continuamente del mercado de trabajo, que se mantiene igual de inestable que antes de la reforma laboral

La inestabilidad caracteriza al mercado de trabajo español
La inestabilidad caracteriza al mercado de trabajo españolArchivo

En 1984, el entonces ministro de Trabajo y Seguridad Social, Joaquín Almunia, creó el Contrato Temporal de Fomento del Empleo, iniciando así la dualidad que caracteriza al mercado laboral español: fijos vs temporales o, lo que es lo mismo, seguridad frente a precariedad.

La duración de este contrato era de 6 meses a 3 años, con una indemnización de 12 días por año trabajado. Un nuevo pacto entre empresario y trabajador que trataba de incentivar la creación de empleo en un mercado muy necesitado, ya que, en aquella época, la tasa de paro era superior al 21% y, en el caso de los menores de 25 años, se disparaba hasta el 56%. Este nuevo contrato introducía flexibilidad, sin duda, en las rígidas relaciones laborales españolas –el Estatuto de los Trabajadores había blindado el contrato indefinido cuatro años antes–, pero también aportó volatilidad. Desde entonces, España no ha dejado de aparecer en los primeros puestos de todos los ranking de temporalidad de la OCDE, siendo uno de los países que más trabajadores manda al paro cada trimestre. Las posteriores reformas, de 1994, 1997, 2001, 2006, 2010 y 2012, no consiguieron revertir esta tendencia, convertida ya en crónica.

De hecho, en 2020, España era el «campeón» de la Unión Europea en tasa de temporalidad, superando el 24%. Por este motivo, la reforma laboral auspiciada por Yolanda Díaz se marcó como principal objetivo reducir esta elevada proporción de trabajadores con contrato de duración determina. ¿Lo ha conseguido? Según los datos estadísticos, sí. Desde que entró en vigor la reforma, la temporalidad ha disminuido en 10 puntos porcentuales, hasta el 14%. Sin embargo, en la práctica y, atendiendo a su objetivo principal, que era el de lograr un mercado de trabajo con mayor seguridad, la situación es exactamente la misma que antes de su entrada en vigor, en marzo 2022. Una nueva regulación que ha dado un giro de 360 grados a la inestabilidad laboral en España, es decir, ha vuelto al mismo punto en el que estaba hace casi dos años.

Y es que España es un país abonado a la rotación laboral. La secuencia de firma y extinción de contratos se repite una y otra vez año tras año. Un fenómeno que tiene lugar porque tampoco se han producido en los últimos 40 años grandes cambios en el modelo productivo, lo que fomenta la estacionalidad, y entrada y salida masiva de trabajadores en fechas concretas.

Y como muestra de este trepidante ritmo de creación y destrucción de empleo, un botón. El año pasado, las altas a la Seguridad Social fueron cerca de 1,5 veces superiores al número total de ocupados. Así, por ejemplo, se registraron flujos en altas en el Régimen General de 22,4 millones y, al mismo tiempo, se produjeron bajas de casi 22 millones, para acabar el ejercicio en 16 millones de afiliados. Un fotografía fija que se mantiene mes tras mes y y que no se mueve con los años. Prueba de ello es que si se echa la vista atrás y se observan periodos anteriores a las dos últimas reformas laborales, las de 2012 y 2021, esta altísima rotación apenas ha experimentado variaciones. Así, la proporción de altas y bajas en relación al total de asalariados no ofrece importante cambios con respecto, por ejemplo, a 2018 o 2010.

En que la «vida sigue igual», como decía la célebre canción de Julio Iglesias, han incidido recientemente los expertos. «El nuevo marco laboral permite una composición diferente de los contratos para crear una réplica exacta de la situación anterior en términos de estabilidad laboral», advertían recientemente los autores José Ignacio Conde-Ruiz, Manuel García, Luis A. Puch y Jesús Ruiz en su trabajo «Los efectos de la reforma laboral: temporalidad ‘‘contractual’’ vs ‘‘empírica’’», publicado por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA).

Nuevos contratos

La nueva regulación introdujo cuatro grandes tipos de contrato: el contrato indefinido; el de trabajo de duración determinada (antiguo contrato temporal), con distintos subtipos, como el adscrito a obra o por circunstancias en la producción; el fijo discontinuo y el formativo. Una nueva tipología que, no obstante y, a tenor de los datos de rotación laboral, sólo ha servido para transferir la inestabilidad. Mismo perro con distinto collar, ya que ha pasado del contrato temporal tradicional a las nuevas modalidades, pero, sobre todo, a la contratación indefinida. Es más, FEDEA alerta de que la supervivencia de los contratos ha empeorado significativamente tras la reforma en el caso de los «fijos», tanto en stock como en creación.

A pesar de la enorme reasignación desde contratos de duración determinada a indefinidos, los conocidos como «efectos del calendario», uno de los principales termómetros de la rotación laboral, tampoco han cambiado significativamente, ya que los grandes picos de contratación y de extinción se mantienen. Y es que el patrón es el mismo: se contrata el primer día de mes para despedir el último. Es decir, las altas a la Seguridad Social se siguen acumulando al inicio de mes y las bajas, al final. Lo mismo ocurre con los lunes y los viernes. Y si ya el final de mes coincide con un viernes (en 2023, por ejemplo, fue el 30 de junio), los despidos se pueden incluso a multiplicar por tres.

Utilizando un modelo de series temporales en el que se comparan los patrones de creación y destrucción de empleo antes y después de la reforma de Yolanda Díaz, los autores de FEDEA no encuentran grandes diferencias estadísticas. Antes de la reforma, un día típico de principios de mes tenía en promedio un 145% más de altas a la Seguridad Social que un día normal. Después de la reforma ha llegado a ser del 157%. Los «efectos del calendario» en la destrucción de empleo pasan en el final de mes de un incremento en relación a cualquier otra jornada del 185% al 155% , una reducción que atribuyen a la desaparición del contrato de un mes, pero que no varía la secuencia «montaña rusa» –de picos– en lo sustancial.

Fijos discontinuos

Tampoco parece que los contratos fijos discontinuos aporten estabilidad. Se trata de una modalidad cuya principal característica es que la prestación del trabajo se realiza en un determinado periodo del año. Con el mismo, el trabajador continúa formando parte de la plantilla durante la temporada en la que no tiene actividad. Sin embargo, estos contratos, a pesar de ser etiquetados como indefinidos, no ofrecen, ni mucho menos, el mismo nivel de seguridad laboral a los trabajadores que los ordinarios tradicionales. Es más, desde FEDEA, auguran un importante incremento en la rescisión voluntaria de los mismos, ya que, a pesar de que la indemnización en caso de despido improcedente es mayor que la de los de duración determinada y, por lo tanto, en teoría cuentan con más seguridad para el trabajador, su naturaleza intermitente los convierte también en inestables, por lo que fomenta que estos trabajadores pongan con cierta facilidad fin a su relación con la empresa de «motu proprio», lo que no conlleva ningún tipo de resarcimiento ni de compensación. «La estrategia seguida por la reforma española ha consistido en restringir drásticamente el recurso a los contratos de duración determinada (o temporales) sin variación alguna de la flexibilidad de los contratos indefinidos ordinarios. Sin embargo, para evitar una disminución de la flexibilidad global del sistema, la reforma ha fomentado el uso de otras variantes de contratos indefinidos que ofrecen menos estabilidad, como el fijo discontinuo», indica el análisis.

Después de la reforma en los contrato indefinidos ordinarios apenas se han producido cambios. El 90% de los trabajadores «fijos» tradicionales se mantienen de la misma forma. Donde sí ha habido variación es en la conversión de temporales a fijos, que ha pasado del 18% antes del cambio normativo a más del 33%. Lo que ocurre y, ahí está la «trampa» según los expertos, es que el número de contrato temporales que han pasado a ser fijos discontinuos sube del 1,5% al 9,16%, ofreciendo una radiografía estadística de un mercado laboral más estable cuando, en realidad, es el nivel de seguridad es prácticamente el mismo.

«Si bien la reforma ha rebajado las tasas de empleo temporal, no ha tenido éxito en mitigar la inestabilidad laboral, o en reducir el empleo temporal «empírico». Para que sea real, se debería acompañar la prohibición de los contratos de duración determinada con un aumento de la flexibilidad de los ordinarios. Solo con contratos indefinidos más atractivos para las empresas se cambiaría el modelo productivo hacia uno menos estacional y con mayor valor añadido», consideran los investigadores de FEDEA, que también añaden que la tasa de temporalidad ya no es un parámetro fidedigno para medir la salud de la estabilidad del mercado laboral.

Jóvenes, la gran bolsa de precariedad

La reforma laboral tampoco ha puesto fin a uno de los problemas más «enquistados» en el mercado laboral español: el desempleo y la precariedad laboral entre los jóvenes. La reciente monografía de la Fundación BBVA y el IVIE «Presente y futuro de la juventud española» constata las dificultades que este colectivo tienen para acceder al mercado de trabajo, ya que su peso en la población parada es el doble que en la ocupada. En general, señala el estudio, las personas jóvenes están más expuestas a los vaivenes del ciclo económico y la calidad media de sus ocupaciones es peor. El 25,4% de jóvenes trabaja con contratos a tiempo parcial, 12 puntos por encima de la media del conjunto de la población, y la tasa de temporalidad de la juventud ocupada también duplica el promedio. Además, los salarios de los jóvenes de entre 16 y 29 años son un 35% inferiores a la media y el progreso de sus ingresos a lo largo de la vida laboral está siendo más lento, pues mientras las cohortes anteriores alcanzaban una base de cotización similar a la media antes de los 27 años, actualmente, los adultos jóvenes a los 34 años todavía no la han alcanzado. Y todo esto se produce a pesar de que la juventud actual disfruta de más oportunidades educativas,

En conclusión, después de 40 años y ocho reformas, España continúa siendo el país de la rotación laboral interminable.