«Narcos»: La guerra que no acaba

Netflix emite la cuarta temporada de «Narcos» –¿o se trata de la primera de un «spin-off»?– que probablemente es la mejor entrega

De izq. a dcha, Tenoch Huerta, Diego Luna y Joaquín Cosío
De izq. a dcha, Tenoch Huerta, Diego Luna y Joaquín Cosío

Netflix emite la cuarta temporada de «Narcos» –¿o se trata de la primera de un «spin-off»?– que probablemente es la mejor entrega.

El patrón dramático seguido por «Narcos» en sus tres primeras temporadas no cambia sustancialmente en «Narcos: México», que puede entenderse igualmente como la cuarta temporada o como un «spin off». A lo largo de sus 10 episodios vemos cómo imperios de la droga corrompen países enteros; cómo la riqueza y el poder exorbitantes pudren tanto a los individuos como a las instituciones; cómo buenos policías recurren a métodos no particularmente ortodoxos con el fútil objetivo de detener a los enemigos de la ley; y cómo, al final, mucha gente de ambos bandos muere.

La historia que «Narcos» cuenta nunca ha sido especialmente original; lo que dota la serie de su capacidad de seducción son sus personajes. Por supuesto, las primeras temporadas no serían tan absorbentes sin Pablo Escobar, el psicótico líder del Cartel de Medellín que gobernó el tráfico de drogas en la década los 80 y pasó sus últimos días encerrado y abandonado por casi todos.

Pero Escobar fue solo una parte de las dos primeras temporadas y el problema es que la otra, la dedicada a los agentes de la DEA Steve Murphy y Javier Peña, no logró resultar particularmente interesante. Y la tercera, que le dejaba atrás para centrarse en el Cartel de Cali, tampoco hizo lo suficiente para equilibrar la balanza. Pese a que ninguno de los rostros de la organización criminal tenía tanta presencia como Escobar, su potencial argumental en todo caso proporcionaba muchísimas más gratificaciones dramáticas que la de Peña, esta vez enfrentado a ellos en solitario.

Es esencialmente por ese motivo que, ahora, «Narcos: México» supone una rotunda mejora. Como su título indica, la acción se ha trasladado de país; asimismo ha viajado atrás en el tiempo.

Dominio criminal

La trama se centra en Miguel Ángel Félix Gallardo, que, a principios de los 80, llevó a cabo una intrépida reorganización de la estructura de producción y distribución de marihuana que dio como resultado el Cartel de Guadalajara. El dominio criminal de Gallardo llegó a su fin solo cuando ordenó el asesinato del agente de la DEA Enrique «Kiki» Camarena, el otro gran protagonista de «Narcos: México».

En muchos sentidos, estos dos hombres situados en lados opuestos de la ley son lo mismo. Ambos son patológicamente resolutivos en sus respectivas misiones, y muy inteligentes; y ambos acaban convirtiéndose en los mayores enemigos de sí mismos. Y es la habilidad para narrar de forma equilibrada las trayectorias de uno y otro lo que hace de esta tanda de episodios la mejor ofrecida por «Narcos» hasta la fecha.

También es la más brutal y la más desesperanzada. En primer lugar porque, si en temporadas previas la violencia generada por el narcotráfico permaneció en un plano abstracto, en ésta la serie pone el foco sobre ella y evita el glamour que de forma puntual sí vimos en el retrato de Escobar. En segundo lugar porque, si entonces las autoridades colombianas al menos demostraban querer luchar tanto contra Escobar como contra sus rivales de Cali, ahora el Estado mexicano no es víctima del narcotráfico sino cómplice y corresponsable del mismo. Y es eso lo que hace que la guerra empezada por Gallardo siga activa 30 años después.