Descubre las dos caras de la lucha senegalesa: la tradicional y la profesional

La lucha senegalesa comenzó como un rito de agradecimiento al terminar las épocas de lluvia. Hoy se considera un deporte nacional y es celebrado por millones de forofos al año.

La lucha senegalesa tradicional

Invierno de 1800. La época de lluvias ha terminado. La furia del agua cuando las nubes la descerrajan contra el suelo, a una velocidad de millares por hora, ha encontrado una calma adormilada con la llegada de los vientos frescos que arrastra el invierno. Esperan meses de cielos limpios de nubes, tierra seca y paciente espera. Todos los años, cada vez que las nubes vuelan al refugio secreto donde duermen seis meses al año, una pequeña tribu wolof a las orillas del río Gambia espera con temor justificado que regresen tras su descanso. ¿Volverá a llover el año que viene? ¿Los espíritus serán generosos? Los ancianos mascan hojas de khat con los ojos nublados, mientras los hombres jóvenes, a quienes todavía no preocupan demasiado los caprichos de las nubes, cubren su cuerpo con el polvo rojo del barro. Ellos no han vivido tantos años, les perdonan los ancianos, ellos no saben que quizás pasen muchos años hasta que volvamos a reunir tanto barro. Por eso mascan sus hojas de khat y dejan a los jóvenes celebrarlo, que este año habrá buena cosecha y siguen engordando los ganados.

Los jóvenes apenas miran a los ancianos, tan arrugados que los confunden con pedazos de tronco. Quizás otra noche se sienten a su alrededor para escuchar las historias del poblado pero hoy no, hoy es un día para los hombres jóvenes que se están embadurnando con el barro. A su alrededor se congregan las mocitas, observando con ojos traviesos a este o aquél guapo muchacho, le señalan con el dedo y dicen, ese es de quién os había hablado, ¿lo véis?, aquél que todavía no tiene la cara manchada de barro. Se ríen, el joven se avergüenza y saca pecho, cubre su rubor con el polvo de barro. Quizás hoy consiga demostrarle mi fuerza, piensa, aunque sin desviarse de la concentración que precisan sus próximos movimientos. El padre del muchacho, que ha apostado una cabra por la victoria de su hijo, desdeña a la muchacha y piensa en las ganancias. En esta celebración ocurre como en todas las demás, se encuentran los elementos de cortejo, dinero y agradecimiento por un bien mayor.

El muchacho ya se cubrió de barro, apenas le tapa sus partes un pedazo suelto de cuero. Entra con pisadas fuertes en un círculo dispuesto y se encuentra frente a otro muchacho de otro poblado, también embadurnado.

Se da una pausa, no, un momento mágico. Los dos hombres jóvenes desentumecen las tensiones y comienzan un suave baile, cada uno tiene su estilo, para presentar al público su poblado, sus músculos y su valor. Pasarán unos minutos entregados a esta maravillosa danza. Al terminarla se saludan y se lanzan, estirando las manos por delante. Será ganador del combate, porque era un tenso combate lo que se llevaba preparando todo este rato, quien logre derribar a su oponente, provocando que su espalda, trasero o cabeza toquen el suelo. A su alrededor grita la mocita, el padre, el poblado entero. Vivo bullicio del gentío, celebrando las lluvias con las que los espíritus les han bendecido. No es sencillo para nuestro joven amigo, pese a su impresionante tamaño, aguantar los noventa kilos de peso de su contrincante. Se empujan, el barro se humedece y resbala hasta colársele en la lengua.

A los pocos minutos, victoria, el joven lo ha logrado. Su contrincante está sentado en el suelo con gesto confundido y su padre grita entusiasmado, ya corre a por la cabra que ha ganado, la mocita le mira con ojos de encanto, el poblado entero se lanza a abrazarlo. Será una sensación que nuestro amigo recordará hasta que sea tan viejo como aquellos troncos que mastican khat a un lado.

La lucha senegalesa profesional

Invierno de 2017. La época de lluvias ha terminado. Pero esto no importa especialmente a nadie en la ciudad, Dakar no se molesta de si llueve o no, ellos no cultivan más que edificios grises a los lados de la calzada. Es más, si llueve poco será mejor. Así las obras se sucederán con una rapidez mayor. No le importa si llueve o no, ni cuándo volverá a llover, a la multitud enfebrecida en el estadio Demba Diop. Así se amontonan en las gradas, algunos compraron cacahuetes a las matriarcas que colocan sus puestos en la entrada y ya los mastican, expectantes porque dé comienzo el combate. Dos hombres de músculos sobrenaturales, pintadas de colorines las mejillas y los brazos, se pasean calentando sus miembros por la arena. A su alrededor captan destellos de sus movimientos las cámaras periodísticas y los entrenadores tronan las órdenes de último momento. No buscan impresionar a una linda mujer, ni siquiera les interesan las cabras. Hoy combatirán por un bien más jugoso a sus ojos.

Los dos combatientes de ciento veinte kilos de peso luchan por gloria y honor, por un único grito de aprobación que lance esa multitud recogida. Solo uno de ellos aparecerá en las cadenas de televisión nacionales como vencedor y el otro, defenestrado por la derrota, será el hazmerréir de los aficionados hasta que consiga una nueva victoria. Se comenta entre los aficionados que los chinos están construyendo un nuevo estadio, lo van a llamar el Dakar Arena y su edificación ha costado varios millones de dólares. Pero a los aficionados les gusta su viejo estadio, no quieren uno nuevo, ¿qué falta les hace? Habrá quejas sociales para detener esta obra tan innecesaria, alguna que otra manifestación pacífica durante los meses siguientes, y los miembros de la oposición al gobierno dirán que no es más que una estrategia del presidente para ganar votos.

Sin embargo seguimos en el Demba Diop, y los megáfonos ya anuncian el inicio del combate. Durará un máximo de cuarenta y cinco minutos, estará dividido en tres partes con cinco minutos de descanso entre cada parte. Así los combatientes se podrán refrescar, masajear los músculos doloridos y escuchar las instrucciones de su entrenador.

Como hicieron sus antepasados en escenarios más humildes, los combatientes repiten la danza que se traspasó de generación en generación. La multitud aplaude al terminar. Comienza el combate. Al contrario de lo que ocurrió con nuestro amigo de 1800, en esta ocasión los contrincantes se acercan despacio, tanteándose con las manos antes de dar el primer paso. Cuando sus cuerpos chocan, son dos montañas que han colisionado, los músculos de la espalda se arrugan y endurecen como las rocas de una ladera. Clama la multitud enloquecida. Prueban llaves, se golpean con los puños. Hace pocos años que el uso de golpes está admitido en la lucha senegalesa y no piensan desperdiciar esta oportunidad de oro.

En lo que a la afición respecta en este momento, ellos apenas miran el combate. Un combate de lucha senegalesa en el Demba Diop hace empequeñecer los peores momentos de las hinchadas del fútbol europeo. Aquí se empujan entre ellos si el combate está reñido, se apelotonan contra las vallas. Es peligroso ir a ver los grandes combates, avisan los expatriados, los aficionados se pelean por sus campeones y parece como si cierta espiritualidad del combate hubiese corrido hasta sus venas y les poseyera.

Uno de los contrincantes tropieza con su propio talón y cae de espaldas sobre el suelo. Sin pronunciar palabra, ni expresar una queja, se levanta con rapidez del suelo y sale de la arena en busca de una sombra que oculte su vergüenza. Solo queda impune el vencedor, a la espera de que los espectadores, ya completamente cegados por el frenesí de la lucha, salten las vallas de las gradas y corran por la arena en su dirección. Cogen al vencedor en volandas y lo llevan a celebrar su victoria por las calles de Dakar.