¿Dónde podríamos encontrar la verdadera Torre de Babel?

Desde la Edad Media hasta la actualidad, decenas de arqueólogos han procurado descifrar el enigma que oculta la torre más famosa de la Biblia

«La torre de Babel» (1563) de Pieter Brueghel el Viejo.
«La torre de Babel» (1563) de Pieter Brueghel el Viejo.

Esta historia es de sobra conocida. El libro del Génesis habla de cuando los hombres, prevenidos por la reciente inundación de toda la zona de Mesopotamia tras el desbordamiento del Éufrates, decidieron construir una torre que debía llegar al cielo para prevenir futuras cóleras divinas. Dios no vio con buenos ojos esta muestra de vanidad humana, y decidió solucionar la ofensa originando diferentes lenguas para confundir a los constructores y empujarlos a diseminarse por la tierra. La torre quedó inconclusa, aunque tampoco sobrevinieron nuevos diluvios apocalípticos.

Las primeras hipótesis de su localización

La historia tornó en leyenda y la leyenda, en mito. Decenas de viajeros y arqueólogos buscaron en la región donde se suponía que se construyó la imponente torre, escarbaron en viejas ruinas y comenzaron a elaborar complejas teorías sobre cuál pudo ser la Torre de Babel. Ya surgieron las primeras conclusiones en el siglo XII, a manos del escritor navarro Benjamín de Tudela, cuando formuló la hipótesis de que la torre no había sido construida en la gloriosa Babilonia, sino en la cercana ciudad de Borsippa. Allí descubrió las ruinas de una torre escalonada de aspecto parecido al que marcaba la Biblia.

Pero Benjamín de Tudela fijó, aún sin pretenderlo, un peligroso antecedente: el de las hipótesis, precisamente. La falta de información fiable hacía casi imposible descifrar el enigma de la Torre y se sucedieron diversas opiniones sobre su emplazamiento, enarboladas con inusitada fiereza por los arqueólogos europeos. El terreno de la verdad torna en aguas pantanosas cuando entra el peliagudo juego de la opinión. Todo es cierto y nada es real, la desconfianza crece y con ella la ansiedad, tornando la búsqueda de la Torre en una verdadera avalancha de hombres dispuestos a aportar sus ideas. Debía ser una época divertida para los amantes de la arqueología. Caminando por la fina línea que separa la leyenda de la realidad, tomando porciones de una y de la otra para descubrir el escondite de la Torre, todos los arqueólogos concordaban en un punto. No podían basarse exclusivamente en los parámetros tangibles para encontrar su premio. Hacía falta moldear, como ya he dicho, los aspectos reales y ficticios de la asombrosa historia, ella debía envolverles y ellos debían sumergirse en ella, rascando cada palabra de los textos sagrados en busca de orientación, rascando a su vez pedazos de desierto en busca de la Torre.

Recreación de los jardines de Babilonia, al fondo puede apreciarse la torre de Babel.
Recreación de los jardines de Babilonia, al fondo puede apreciarse la torre de Babel.

Cesare Federici, un mercader veneciano del siglo XVI, señaló la Torre en Dur Kurigalzu - en las cercanías de Bagdad - y el noble romano Pietro della Valle decidió emplazarla casi a ojo en una colina de Babilonia. El científico alemán Karsten Niebuhr afirmó sin dudarlo por un segundo, ya bien entrado el siglo XVIII, que la torre no era otra que el zigurat (templo mesopotámico) de Borsippa, profundizando en las teorías de Benjamín de Tudela. Numerosos académicos europeos apoyaron su propuesta.

Un mito con serias trazas de realidad

Regodéese el lector con esta estrafalaria situación. La maldición dirigida a los constructores de la Torre, aquella que les entrecruzó ciertos hilos de la mente para sembrar la confusión, se perpetuó durante siglos en los hombres que quisieron desenterrar esta ofensa a Dios, ellos también fueron pasto de una deliciosa confusión. Parecía evidente que la Torre no solo no debía ser construida, sino que tampoco debía ser encontrada. Poderes superiores a cualquier conocimiento arqueológico pugnaban por mantenerla en el olvido. Es maravilloso, encontrar cada cierto tiempo, situaciones de este estilo. Cuando resquicios de magia antigua (llámalo caos, o desinformación, si lo prefieres) todavía se enfrentan al poderoso método científico y lo desbaratan. Esboce el lector conmigo una media sonrisa al conocer que centenares de viajeros, impulsados por el afán avaricioso de contemplar esta obra blasfema, caminaron las largas leguas que separaban sus hogares de Mesopotamia con el fin de observar nada más que simples hipótesis, gastando preciados dineros y horas de existencia fugaz. Sin saber jamás que cada uno de ellos estuvo equivocado en sus deducciones.

Antes de desvelar el misterio - que fue desenmascarado por el arqueólogo alemán Robert Koldewey, en 1913, cuando la magia milenaria se agotó definitivamente a manos del conocimiento - debo reconocer al lector que la Torre de Babel se trata, muy probablemente, de una historia basada en un hecho real. Numerosas tradiciones bíblicas han sido inspiradas en situaciones verídicas, como ocurre con la historia de Moisés. Es cierto que un sacerdote egipcio de nombre Osarsef huyó de Egipto, seguido de una multitud de enfermos y posibles antepasados de los semitas, y que tras refugiarse en el reino de los hicsos (actual Palestina) tomó el nombre de Moisés, que en su traducción egipcia se define como “he nacido”. Entonces de referirnos a una torre que rozaba peligrosamente el cielo y pudo ser motivo de disputa entre los hombres, podríamos afirmar con la veracidad que nos permite la neblina densa de la Historia que sí, existió tal torre.

El Zigurat de Etemenanki

Como su nombre indica, en Babilonia, actual Irak. Concretando, se trataba del templo Etemenanki, que ahora no es más que una montaña de escombros. Este monumento apenas era visible entre la arena a los viajeros anteriores a Robert Koldewey y por esto no le dieron la importancia necesaria.

¿Y cómo se adivina esta como la verdadera Torre de Babel? Agárrate que llegan curvas: entramos en los abismos de la Historia. El poema sobre la creación de Babilonia, Enûma Elish, fue escrito en torno al siglo XIX a. C, y en él se sobreentiende que el templo de Etemenanki ya había sido construido. Hace falta profundizar unos metros más. Un texto escrito en tiempos del rey Sharkalisharri asegura que el monarca restauró una importante torre (se piensa que se trataba del templo de Etemenanki) que ciertos enemigos habían destruido con anterioridad en Babel (Babilonia), circa 2218 a. C. La torre de Babel ya existía por entonces, o eso vamos a creer. Hará falta remontarse más abajo, hasta las aguas de la oscuridad perpetua. El abismo de la Historia nos lleva a un hombre que habitó la región del Éufrates en el año 2269 a. C, es decir, pocos años antes de que el rey Sharkalisharri restaurara la Torre de Babel. Este es el último personaje mesopotámico cuyo nombre se asocia a la existencia de la codiciada Torre. Peleg. Cuyo nombre significa “División”.

Los estudios de las piedras más antiguas del templo de Etemenanki lo datan en el tercer milenio antes de Cristo, rondando los años que vivió Peleg. Parece evidente, al menos para algunos, que el enigma de la Torre ha sido finalmente resuelto. Pero, ¿será cierto? ¿O continúa el hechizo de la confusión rodeando a la Torre de Babel?