Piedra, Tajo y acero, las tradiciones de Toledo

La que fuera capital del reino visigodo es ahora uno de los núcleos más duros de la cultura castellana, todavía impregnada por el paso de las religiones judía y musulmana

Pocas ciudades consiguen tocar tan diversos puntos de mi memoria colectiva como hace Toledo. Quizás sea esta la razón que me empuje a visitarla un puñado de veces cada año, solo o en compañía, en invierno y en verano, para descubrir en cada visita nuevos puntos que sus esquinas de piedra accionan en esta memoria. El primer punto se acciona al verla aparecer por la carretera. Rodeando la silueta inconfundible del Alcázar, se alzan como espigas de hierro su Catedral, el Monasterio de San Juan de los Reyes y la Academia de Infantería. Todas pintadas por una misma mano, mezclando la paleta de colores hasta conseguir su inconfundible pardo amarillento, que tan bien se integra con los campos que las rodean durante los meses de calor. Si uno se aproximase durante la noche, por otro lado, descubrirá extasiado que grandes focos de luz iluminan la ciudad entera, entregándole un áurea de protección frente a la masa oscura que se desenvuelve en torno a ella, intercalándose los brotes de magia con los de Historia.

Las leyendas de Toledo

Tras dar un primer paso cruzando el Puente de San Martín, construido en el siglo XIII y de una solidez interminable, el visitante estrella sus huesos en un complejo entramado de callejuelas de piedra. Deberá prepararse para subir y bajar calles estrechas, deslizarse arriba y abajo por sinuosas escaleras, hasta ser escupido por ellas hacia grandes plazas donde se alzan los edificios con leyendas. La primera visita es el Monasterio de San Juan de Reyes.

Construido en tiempos de los Reyes Católicos y con un inconfundible estilo gótico isabelino, ya llaman la atención sus muros exteriores debido a las decenas de cadenas que cuelgan de ellos. ¿Quién llevó estas cadenas?, saltan las primeras dudas, ¿quién pudo liberarlos? Deberíamos desentrañar estos primeros misterios - los primeros que nos buscan en la ciudad de Toledo -, antes de dar un paso más. Dice la leyenda que fueron estas las cadenas que aprisionaban a los cristianos liberados por Fernando el Católico en Málaga y Baeza. Para mostrar a esas personas y a muchas otras que la historia no volvería a repetirse en este sentido, colgaron las cadenas, como se haría con un amuleto, y el amuleto resultó efectivo porque nunca volvieron a usarse esas cadenas contra ningún castellano.

Podría ser que cada edificio en Toledo esconde una historia para contar. En el Convento de San Pedro Mártir puede leerse una placa sencilla que señala la iglesia como el lugar donde ocurrió el cuento de El Beso, escrito por Bécquer para disgusto de los franceses. Este dice que un soldado francés, borracho y medio enloquecido, procuró besar con grosería a la estatua pura de una doncella que se guardaba en el convento. El caballero de piedra que guardaba a esta doncella se indignó hasta tal punto, que cobró vida para darle un guantazo al francés y dejarlo seco en el sitio. Y hace otra leyenda.

El Ángel Custodio en la Puerta de Bisagra también ha sufrido su propia historia. En esta se dice que cuando la peste fue a entrar en Toledo, aseguró al ángel que tenía permiso de Dios para matar a siete personas, así que el guardián le permitió el paso. Cuando, semanas después, la peste salió de la ciudad tras dejar a su espalda siete mil cadáveres, el ángel le reprochó no haber cumplido su parte del trato. A lo que la peste contestó: “Yo solo maté a siete, al resto los mató el terror”.

Leyendas, historias, siempre a caballo entre el mito y la realidad. En el Alcázar de Toledo, que empezó siendo un palacio romano en el siglo III y en la actualidad alberga el Museo del Ejército, se cuenta otra historia. Aquella del Coronel Moscardó. Se dice que durante la Guerra Civil, Moscardó defendía el Alcázar de ser conquistado por fuerzas republicanas, con la suerte de que estas tomaron preso a su hijo y amenazaron con fusilarlo si no rendía el fuerte en un plazo de diez minutos. La transcripción de la conversación telefónica entre padre e hijo termina con una última frase que Moscardó lanza a Cándido Cabello, antes de sellar el destino de su hijo: “Puede ahorrarse el plazo que me ha dado y fusilar a mi hijo, el Alcázar no se rendirá jamás”.

Su producto estrella: el acero

Un paseo por las partes más estrechas del casco histórico de la ciudad permiten descubrir la joya toledana. No son diamantes, ni perlas, ni jade, es más duro que todo esto, es acero. La fama de este material se debe a que fue aquí donde los maestros herreros consiguieron la aleación perfecta entre acero y hierro, concediendo a sus armas una fuerza y un corte difíciles de igualar por ningún otro lugar. Con la misma delicadeza que un japonés incorpora las hebras de un pincel, fundían y forjaban los maestros toledanos los filos de su acero. En Toledo se moldearon durante siglos los pinceles de la muerte, con ellos dibujaban el rojo los españoles en el pecho de sus enemigos, y ahora no importa que queden pocos enemigos, el acero sigue vivo, expuesto en los escaparates de las tiendas con su filo inigualable.

Sin necesidad de cansar el cuerpo es fácil encontrar réplicas de la famosa espada Tizona de el Cid, o armas más contemporáneas como son la espada de Aragorn, de Máximo Décimo Meridio o de Jon Nieve. Las historias viejas y las nuevas confluyen en el acero de Toledo, destellan en las espadas, pueden ser tuyas, y por cada filo parece asomar un nuevo cuento. A los apasionados de la Historia y de la fantasía por igual les irradia un placer particular al entrar en estas armerías que facilitan la empresa de imaginar, con la empuñadura de estas espadas bien sujeta. Y acompañan a estas armas los objetos de orfebrería tallada a mano, conocida como damasquinado por su origen en la ciudad de Damasco y con una fuerte influencia musulmana.

El acero embarga de una forma u otra la ciudad de Toledo. En la Plaza de Zocodover me topé una vez con un hombre y una mujer que estaban representando el Quijote, espada en ristre de principio a fin, con una prosa castellana y una desenvoltura en su escenario de piedra que me dejaron (más) maravillado por el arte que nos cedió Cervantes. Querría decir también que incluso el rocío que impregna sus parques durante las madrugadas de invierno, posee el brillo inconfundible del acero.

El acero se entrevé en la estatua de Alfonso VI en la entrada de la ciudad y casi podría descubrirse en la piel de sus paisanos, los toledanos, que son para mí la representación más exacta que puedo encontrar de nuestra cultura. Firme, templada, hospitalaria. Un español puede perder su hogar y encontrarlo en Toledo. O eso creo yo cuando me pierdo y me encuentro entre sus callejuelas de piedra y acero.