Sevilla vista por un hombre de las cavernas

Su sofisticada belleza sería capaz de asustar a cualquiera

No quiero que me juzguen porque ya pasaron muchos años desde el día que me dispongo a narrar, hoy soy un hombre diferente, aprendí a leer y a escribir como hacen ustedes, creo que incluso soy capaz de pensar de una forma semejante. Pero les pido por favor que no me juzguen. Espero a su vez que comprendan mi asombro.

Me desperté una tibia mañana de primavera a las orillas del río que hoy llaman Guadalquivir. Estoy seguro de que imaginarán mi estupefacción cuando vi los edificios reflejarse en el agua. Vi el agua y los edificios reflejados en ella, y en los edificios se descubrían destellos del agua y en los destellos otra vez los edificios. Se levantaban mucho más altos que yo o que cualquier hombre, tan orgullosos. Ustedes quizá no lo comprendan pero estos edificios a las orillas del río son de lo más temerarios, como si fuesen capaces de resistir cualquier necedad de la naturaleza, incluso las terribles crecidas que arrasan con toda criatura algunos días del año. Supe de inmediato que quienes los construyeron eran hombres muy valientes, mucho, más que los guerreros de mi tribu, porque no todos los hombres tienen valor para retar de esta manera al dios del río.

Perplejo por los extraños colores que dibujaban los edificios, de blancos que yo apenas había visto en algunas nubes limpias o de tonos pastel, completamente nuevos a mis ojos, no pude hacer otra cosa que caminar con las manos posadas sobre ellos, palpándolos en busca de alguna irregularidad en sus muros. Pero no vi ninguna. Palpé todos los edificios del Paseo de las Delicias y estaban todos lisos, como pedazos de madera joven recién lijada por el carpintero, palpé cada ladrillo granate y amarillo en la fachada del Palacio de San Telmo, la Biblioteca Infanta Elena, incluso los árboles de los Jardines de Cristina para ver si estaban vivos, y lloré y los besé entre lágrimas al comprobarlo. Creo que en este momento imaginé que, aunque veía el mismo río junto al que había crecido (sus aguas me los susurraron) era probable que hubiese dormido demasiado tiempo.

Seguí caminando. Ahora quiero que te pongas en mi lugar e imagines el edificio más alto que exista. Creo que es uno en Dubai de 828 metros de altura - no demasiado en realidad, si consideramos que apenas ni llega al 10% de lo que mide el Everest - pero si cualquiera de nosotros fuese a verlo lo miraría maravillado. Su forma parece ser la de un dedo señalando acusador al caprichoso cielo.

Si conseguiste imaginarlo, sentir la excitación de ver tan alto y sentirte tan deliciosamente pequeño, te confieso que esas mismas emociones que tendríamos al ver el Burj Khalifa las tuve yo al toparme con la Torre del Oro. Habría que tener en cuenta que yo nunca había visto un monumento así. Sí supe que era un altar, es cierto, meses después me dijeron que al dinero pero nunca había visto un altar como este. En mi tribu lo más que hacíamos eran chozas circulares para la familia, nunca de más de un piso, y aquí estaba este monolito de piedra recostado junto al río; me dije que quizá era una buena época para haber despertado.

La gente andaba confortable. Todos parecían tener mucha prisa. La primera persona que se acercó a mí fue una mujer con un bonito vestido de fiesta, de color verde apagado y un amarillo muy chillón, y para cualquiera sería un vestido de fiesta de color verde apagado y de un amarillo muy chillón pero para mí fue precioso. Como no entendía una palabra de lo que me decía, murmuré unas frases en mi gutural idioma y la espanté. Asustado yo también, me metí en una callejuela y comencé a fijarme más en la ropa.

¡Si pudieras haberlo visto! Tantos colores. Tanto brillo en los anillos y las pulseras que se ponían. Te reconozco que olvidé donde estaba cuando se presentaron todas estas maravillas ante mí. Me quedé como borracho mirándolas, quise tocarlas, llegué a acercarme a algunas personas pero rápidamente me entraba miedo y me apartaba a un lado. También me asustaba lo guapas que eran muchas.

Al doblar cierta esquina llegué a la Plaza de Toros. La encontré abierta y entré.

Quiero decir que Zalmud, un primo de mi tribu, había luchado una vez contra un caballo y vencido, pero no conocía a ninguno que se enfrentara a un toro sin lanza. Llegué en el turno del matador. Le vi zigzaguear en la arena con los pies casi descalzos mientras movía las caderas con una elasticidad asombrosa, extendió el capote, asomó el brillo.

El toro bufó. Lanzó el cuello, el torero retrocedió inclinado y asomó medio cuerpo por encima de los cuernos de la criatura, adelantando la espada como una serpiente los colmillos, igual de letal. Igual de rápido. De pronto estaban separados toro y hombre, y la bestia titubeaba. Supe que moriría antes de caer.

Cayó.

No sé si sabes que las plazas de toro tienen públicos de todos los tipos. Si te vas a sanfermines y ves una corrida, lo más probable es que te ofrezcan tapas y calimocho y que vayas borracho. En Madrid encuentras un público serio, aunque algo revoltoso. Pero en Sevilla se descubre una envidiosa disciplina. El torero, que está casi desnudo contra media tonelada de peso y cuernos, debe representar su baile con toda la armonía que le sea posible, está siendo examinado por 23.600 expertos en cacería. Ellos guardan silencio con la seriedad que implica el momento. Cuentan los pasos, anotan el número de estocadas del picador.

Si el torero ejecuta su danza con maestría, las 23.600 gargantas aullaran su nombre. La primera vez que vi el espectáculo del toreo aullaron el nombre de David Fandila.

¡Había estado tan concentrado en el baile que no fui capaz de percatarme del público! Hoy me digo que fue el shock de mi aventura la que quiso cegarme pero entonces pensé que habían aparecido en ese mismo momento, me dio miedo que fueran tan atronadores, y gritando y tapándome los oídos corrí fuera de la plaza.

Corrí por las calles de Sevilla la hermosa, asustado porque no entendía qué genio había conseguido crear este mundo divino (por entonces pensaba que la brutal diferencia entre mi mundo y el de ustedes se debía a un solo hombre). En los coches y autobuses que había logrado ignorar hasta ese momento encontré ojos donde los faros y mandíbulas en los radiadores, rugiendo antes de morder. Me tropezaba histérico por las calles mientras buscaba el santuario del dios del río. No lo encontraba porque todas las casas que conocía, los árboles, las colinas, todo estaba sepultado bajo los edificios nuevos de la ciudad, y no sabía siquiera donde estaba buscando, aunque sí sabía que si algo seguía en pie sería ese santuario.

No paré hasta ver la Giralda, que fue cuando supe que había llegado. La dirección encajaba en cierta medida con la que pensaba y la Catedral a su lado lo vuelve casi evidente. Entendí que estaba frente al santuario del dios del río. Las filigranas en los arcos de herradura, el tono solemne que reflejaban los ladrillos, la piedad de su figura y el ensordecedor escenario hicieron el resto. Corrí al interior de la Catedral y subí al altar como un loco. Empujando a los que la visitaban y gritando en mi idioma. Me postré de cara al suelo frente a las figuras del retablo que pensé eran mis dioses y ya no me levanté de allí hasta que un sacerdote me animó a ayudarme.

Los días siguientes me enseñó nuevas palabras, consiguió explicarme algunos inventos rudimentarios y paseamos unas horas. Poco a poco fui comprendiendo el mundo que me rodeaba. Me explicó que los edificios son obra de los arquitectos, un tipo de sabios, y con el paso del tiempo me explicó más tipos de sabios qué había. Me explicó el progreso. Fue excitante aprender que el ser humano ha llegado tan lejos.