Mota y Coca, dos drogas duras que resisten siglo tras siglo

Creadas para salvar miles de vidas si se lo proponen, utilizadas para arrasar con ellas

Torre del homenaje en el Castillo de la Mota.
Torre del homenaje en el Castillo de la Mota.Alfonso Masoliver

Las obras del ser humano fluyen por un amplio repertorio de adjetivos. Útiles, estériles, compasivas, crueles, bondadosas, malignas, tristes y alegres, es un no acabar, son tantas personas actuando a una misma vez en este mundo apabullado que los adjetivos saliendo de las puntas de sus dedos se lanzan en contrapicado a las capas altas de la atmósfera, merodean desdeñosas por donde duermen las nubes (un reino muy lejano que ningún humano consiguió visitar jamás), bajan en picado para convertirse en consecuencias. Echan raíces profundas. Y esas consecuencias multiplican a su vez los adjetivos, redondean y liman los anteriores, se posan en el suelo, comienzan a fructificar.

Ocurre con las drogas. Fueron diseñadas para liberar al hombre de las enfermedades y los temores más pesados, y una noche se nos escaparon de las manos y comenzaron a volar. Al regresar al suelo no eran las mismas. Se habían vuelto caprichosas en el reino de las nubes, ya no se dejaban domar. Echaron raíces, como la mala hierba.

Ocurre con los castillos. No fueron creados tanto para defender las fronteras de un territorio como para sustentar los cimientos de los mismos, son, sí, son el ladrillo y la piedra y los fosos sobre los que ahora camina nuestra sociedad obnubilada. Luego alguien lanzó una primera flecha, un salvaje, la flecha ardía y subió al cielo, descendió una última vez y se incrustó en los cimientos. Nadie la consiguió arrancar. Cuando hablo de Mota y Coca no me refiero a la marihuana y la cocaína, aunque bien podrían compararse sus historias con las de estas drogas insoportables. Me refiero a dos castillos. El Castillo de la Mota, en Medina del Campo; y el Castillo de Coca, en la localidad que se viste con su mismo nombre. Los dos ejemplos más bélicos de arquitectura mudéjar que podríamos encontrar en nuestro país.

Castillo de la Mota

Plano de la fachada principal del Castillo de la Mota. FOTO: Alfonso Masoliver

Quien haya ojeado algún texto sobre el mudéjar ya sabrá que este es un arte exquisito, ideado para ensalzar una belleza que apenas un puñado breve de dedos tenían el poder de disparar. Mudéjar por los mudéjares, los musulmanes que se vieron forzados a vivir en los territorios reconquistados por los cristianos durante el medievo peninsular. A ellos les debemos delicias que hoy son Patrimonio de la Humanidad en Aragón, incluso construyeron iglesias que podríamos visitar en Olmedo o cualquier localidad cercana a Valladolid y Zamora. Sus grabados pueden encontrarse en los techos del Monasterio de Yuso, imitados hasta rabiar en arquitecturas renacentistas, modernistas y contemporáneas.

Se descontroló el mudéjar al levantarse el Castillo de la Mota. El visitante que acuda hasta sus muros se sorprenderá al comprobar algo poco habitual en las fortalezas españolas, por lo general construidas con piedra indomable. Cada centímetro de este castillo está levantado con ladrillos. Miles, miles, miles, miles de ellos, cada uno colocado con meticulosidad encima del otro, manteniendo un equilibrio extraordinario hasta coronar el último tramo de los 38 metros de la torre del homenaje. Parecería que basta un empujón para derribarlo. Haría falta estar ojo avizor, tener puntería en esto de indagar en los castillos, para descubrir unos círculos en la torre, hundidos alrededor de medio metro, como si hubiese recibido una ráfaga de furiosos cañonazos que no consiguieron tumbarla.

Parte trasera del Castillo de la Mota. FOTO: Alfonso Masoliver

Resulta que esto fue precisamente lo que pasó. Y es mágico este momento para los apasionados de la fantasía porque es sencillo escuchar el retumbar de nuestra ira castellana, entornas los ojos y descubres las esquirlas de arcilla estallando en pedazos tras recibir un impacto. Aromas de humo, maldiciones extintas en nuestro vocabulario.

Es el Castillo de la Mota, la peor droga de todas. Su muralla exterior, adornada con cinco filas de saeteras, fue construida por orden de los Reyes Católicos diez años antes de tomar Granada. Una pequeña ventana en el tramo intermedio de la torre del homenaje sirvió como prisión para César de Borja, duque de Valentinois y vástago bastardo del Papa más dañino de todos, Alejandro VI. Consiguió escapar tras descolgarse por esa misma ventana y sobornar la lealtad de los guardias. Enrique de Trastámara, apodado el Fratricida y primer rey de su dinastía tras apuñalar a su hermano Pedro I el Cruel (tela con los hermanos) tomó la fortaleza con su habitual violencia durante la primera guerra civil castellana. También fue atacado por las tropas comuneras en 1520. Las tropas de Napoleón, frustradas porque lo consideraron inexpugnable, colocaron semejante cantidad de dinamita bajo la muralla que desplazaron cinco metros una de sus torres. Todavía sigue allí, incómodamente separada de su puesto original.

El Castillo de Coca

Castillo de Coca. FOTO: Alfonso Masoliver

Más blanquecino en el tono de sus ladrillos y a media hora escasa del Castillo de la Mota, juguetón con la ambigüedad de su nombre. Y su nombre, curiosamente, posee ciertos elementos que podrían relacionarse con la droga blanca. Antes que nada habría que buscar a sus constructores, que fueron moriscos (musulmanes convertidos al cristianismo) siguiendo los métodos mudéjar y gótico en el siglo XV. Lo construyeron resistente y con ladrillos, como un mazacote de barro que se quedó pegado en la explanada que habita. Adornaron las almenaras, instalaron aquí y acullá delicados símbolos tallados. Su función estaba destinada a ser defensiva, sí, dispuesto para el chirrido de las guerras venideras en terrenos castellanos, pero algo pareció ocurrir con este castillo porque apenas probó el sabor amargo de los combates.

Quizá fue porque es muy bonito. De aspecto delicado. Bien bruto tendría que ser nadie para querer quebrar lo que es hermoso. El castillo terminó por hacerse famoso a partir de las parrandas que se desarrollaban tras sus muros hasta las horas altas de la madrugada. ¿No es curioso? Bajo el dominio de la imparable familia Fonseca, se trató de uno de los castillos más orgiásticos entre los siglos XV y XVI y por sus pasillos circularon los personajes más variados de la época. Famosa es la fiesta que se celebró en honor al cardenal Jean Jouffroi, enviado por la corona francesa con la intención de organizar el matrimonio entre Isabel la Católica y el duque de Berry de Guyena. Casi ni nos extraña que el enlace no se realizase. Lo más probable es que se les olvidara.

Muros interiores del Castillo de Coca. FOTO: Alfonso Masoliver

Claro que ocurrieron momentos complicados, fugaces sobredosis de poder. Hizo de prisión para el todopoderoso duque de Medina Sidonia en 1645 y fue atacado por una turba embravecida de soldados comuneros en 1521. En 1505 sufrió un duro asedio por parte del marqués de Cenete, todo ello para liberar a su prometida que estaba recluida en el castillo por obra de su tío. Durante la ocupación napoleónica, los soldados franceses que la ocuparon se encontraron aprisionados por su sensual embrujo, y entre fiestas y borracheras dejaron el castillo a medio destruir. Nota para el lector en relación con este asunto: fíjese de ahora en adelante en cuántos monumentos destruyeron o robaron los de Napoleón durante los escasos años que aguantaron en España. No son pocos.

El Castillo de Coca luce hoy viejo, ya no está para parrandas, y sirve de forma relajada como Escuela de Capacitación Forestal. Aquí termina su desquiciada historia para dar paso a sus ansiados años de retiro, incluso parece que llegó el esperado momento en que la delicada construcción servirá para su finalidad original. Embelesar, atrapar con sus manos agarrotadas el viajero. Y con una fuerza que solo poseen castillos como este, así de montaraces, lanzarnos con todas sus fuerzas al misterioso reino de las nubes que ningún humano vio jamás.