Palacio da Pena, el sueño del rey que nunca gobernó

El hilarante palacio de Fernando II, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995, quizá sea la escapada perfecta para quien quiera salir de España durante los próximos meses

No resultará sencillo escribir un único artículo sobre este estrambótico palacio, construido en el siglo XIX por orden de Fernando II, el rey artista, esposo de María II y rey consorte de Portugal. Haría falta escribir una pieza sobre sus jardines, salvajes desde hace años y que crecen sin una mano que los frene, como si los jardineros hubiesen plantado la semilla de, digamos, un árbol guatemalteco de nombre La rama del diablo, capaz de crear el caos absoluto en cada jardín que germina. Habría que buscar ese árbol que sembró la anarquía en el delicado jardín de Fernando. Haría falta otro artículo, explicando con el mínimo detalle los colores de cada azulejo, los tipos de azulejo, los pigmentos rojos y amarillos que cubren las partes donde los muros están desnudos.

Haría falta escribir otro artículo en memoria de la estrafalaria figura de Fernando, casado primero con una reina y, tras fallecer esta, con una conocida cantante de ópera estadounidense. Pero las palabras se están deshaciendo en mi teclado antes incluso de empezar. Intentaré resumir este batiburrillo de demencias en un solo artículo.

De convento a palacio

Los orígenes del Palacio da Pena (Palacio de la Peña en español) vienen tan atrás como el siglo XV. Cuando el conocido monarca portugués, Manuel I, divisó desde lo alto de la peña mientras andaba de caza a las carabelas de Vasco da Gama que regresaban de su arriesgado viaje a la India. Alabó a Dios y juró construir un templo en el mismo sitio en que había descubierto el esperado regreso. Y este pequeño convento, entregado por Manuel I a los jerónimos, se sostuvo sin demasiados problemas en lo alto de la peña durante los trescientos años siguientes.

Ahora agárrate. Vienen curvas.

Todos los palacios en los que he estado, palacios o castillos o lujosas mansiones de grandes personajes de la historia, tienen como objetivo inevitable mostrar una único elemento. El poder. Poder en el grosor de los muros, en la altura de sus torres, el brillo de sus pinturas, las filigranas de la puerta de entrada, el estilo de los salones. Un palacio o un castillo son algo así como un potente grito que desciende desde lo alto de su montaña, fluyendo valle abajo hasta llegar al populacho. Dice, soy vuestro poderoso señor y os hablo desde mi poderoso castillo: haréis bien en temerme y guardarme respeto. La Ciudad Prohibida de los emperadores chinos, Versalles, el Gran Palacio de Bangkok, el Castillo de Olite, incluso palacios tan recientes como La Moncloa o La Casa Blanca, cerrados a cal y canto a ojos del público, son escondidos tras verjas y alambradas y excitantes dosis de misterio.

Nunca fue conveniente que el pueblo sepa qué se cuece realmente dentro. Pero hete aquí que en el Palacio da Pena no encontramos nada de esto. Creo que sería la primera vez que me encuentro un palacio que no estuviese destinado a mostrar algún tipo de poder. Quiero decir, era la casa de recreo de un rey extremadamente culto, aburrido por su falta de utilidad cuando era su esposa quien gobernaba. No era un símbolo de poder. Podría decirse que, cuando las obras comenzaron en 1836, en el punto exacto en el que se había situado el convento de los jerónimos, María II de Portugal ya imaginaba que su marido se disponía a levantar un palacio que simbolizase su aburrimiento.

El aburrimiento más gozoso

Quise imaginar que el Palacio da Pena representa algo así como los pensamientos que merodeaban por la mente del tedioso consorte. Igual de variados, así de bruscos. De la misma manera que sus ideas rondaban entre la Historia y la música, en el palacio se encuentran muros de azulejos intercalados con otros pintados de amarillo, arcos de herradura con torres de inspiración alemana.

Es innegable que el aburrimiento de Fernando II era el más divertido de todos. Parece que a cada nueva información que aprendía de sus libros, como si el palacio y su mente fuesen un único ente, debía implementarlo también en la arquitectura de su sueño. Pudo ser que hubo un momento en que no se sabía quién llevaba la delantera, si el palacio deslizándose en las ideas del rey o las ideas del rey posándose sobre el palacio.

La visita puede dividirse en cuatro partes. La primera consiste en subir la peña, puede hacerse a pie o en coche, aunque el paseo merece la pena (si estás en forma) por el libre estado de la naturaleza que rodea al visitante. La segunda parte es sencilla, basta con pasear los jardines del palacio, esos que te dije que se les escaparon de las manos a sus jardineros y ahora acorralan al edificio. Encuentra el árbol guatemalteco si te atreves. Descubre nuevas formas de la naturaleza, colores asombrosos en las flores, geometrías de la vegetación que no habíamos imaginado hasta visitar este jardín rebelado.

Las dos últimas partes ocurren en el propio palacio. Un paseo preliminar por sus zonas exteriores, quizá rodeando su sinuosa muralla o tomando alguna fotografía para el recuerdo en el Patio de los Arcos. Para los más exquisitos recomiendo la cafetería junto a las antiguas cocinas, ideal para tomar un café con dulces portugueses y acompañado por unas vistas prodigiosas. Luego piérdase el lector hasta desesperarse, zambúllase en la mente caprichosa de don Fernando y vuele con él. La obras del palacio no concluyeron hasta el mismo año en que murió nuestro querido consorte, así que podría decirse que lo construyó solo para nosotros. Para expresarnos su aburrimiento, como diciendo: “fijaos si me aburría, que hice esta maravilla y ni siquiera me interesaba vivir en ella”.

La última parte de la visita pasa por las habitaciones interiores, intactas desde los años de Fernando. Se trata de la última orgía artística que nos ofrece el Palacio da Pena, donde ningún techo se asemeja al de la siguiente habitación, cada pared es más delicada en sus detalles; los muebles de ébano todavía huelen a nuevo, parecen estar sin estrenar.

Para completar la visita

Ya escribiré en un futuro el artículo pertinente sobre el Castelo dos Mouros, construido en tiempos de ocupación musulmana en la peña contigua al Palacio da Pena. Pero si el visitante no se siente satisfecho con la maestría de Von Eschwege, arquitecto del palacio, puede rematar su apetito cruzando los gruesos y zigzagueantes muros de esta fortaleza de piedra. Saltará, en el espacio de unos pocos pasos, desde la original mente de Fernando hasta el estruendo de la guerra. Solo espero que aguante el impacto.

Cerca del Palacio da Pena, bajando por sus mismos jardines, puede visitarse también el chalé de la Condesa de Edla, precisamente la segunda esposa de Fernando, la cantante de ópera. No llega al nivel del palacio pero rebosa estilo y belleza.

Y la guinda en el pastel, el último bocado del hastiado, lo encontramos en el Palacio Monserrate, construido como quinta de veraneo por Francis Cook, vizconde de Monserrate. De un estilo sugerente y romántico, puede ser el punto final ideal para quien viaje con su pareja. Aunque si mi opinión cuenta para algo, al menos un poquito, mi propuesta sería conseguir un alojamiento cómodo en la próxima ciudad de Sintra y gastar al menos dos días para completar este suculento recorrido de aburrimiento, creatividad y asombro.