Probar Marucho (o cómo acceder al mejor marisco de Santander)

En el número 21 de la calle Tetuán se encuentra uno de los restaurantes más deliciosos y emblemáticos de la capital cántabra

Brunch
Brunch

No quiere llamar la atención. Por las calles de su alrededor aparecen los decorados de restaurantes mucho más sofisticados, con nombres extravagantes y menús de delicatessen, pero todavía no quiere llamar la atención. Tampoco se trata de uno de esos restaurantes que funcionan como una araña en su madriguera, no se agazapa y aguarda hasta que cruza un viandante despistado para atraparle en su red engañosa. Porque Marucho no llama a sus comensales sino que son los comensales quienes llaman a Marucho, ellos solos buscan su fachada sencilla y zigzaguean los barrios de Santander hasta encontrarlo.

Esta es la diferencia entre los restaurantes comunes y los mejores. Quién hace el llamamiento. Entonces encontramos Marucho y entramos aliviados y el local se resume al pequeño comedor que no puede atender a más de unos pocos afortunados por cada comida, todo es sencillo y exclusivo aquí dentro. Aunque han pasado más de 60 años desde su apertura, Marucho todavía es de alguna manera exclusivo e innovador para nosotros. Será porque nos hemos acostumbrado ya a aquellos sitios sofisticados con menús delicatessen, y encontrar restaurantes de calidad donde no jueguen con la comida es lo innovador ahora. Marucho es un superhéroe de los restaurantes, tiene superfuerza y es tenaz, nosotros le llamamos a él por las noches.

Centollo de marucho.
Centollo de marucho. FOTO: Alfonso Masoliver

Entre los milagros de Marucho (trataremos otros más adelante) encontramos esta faceta innovadora, sesenta años después de su apertura, porque si queremos comer sardinas se nos servirán las sardinas al completo, con cabeza y espinas, azules y grises; si pedimos calamares rebozados pues nos presentan el plato, puro sabor y un chorrito de limón; si buscamos percebes se nos servirán las entrañas del mar; las gambas brillarán de color rojo, encogidas, carnosas. Marucho reconoce su mejor arma en la calidad de su producto y, mientras locales de peor categoría camuflan sus carencias con formas acrobáticas sobre el plato, ramitas de perejil y flores de albahaca, aquí les bastan los olores y los sabores que ya son pura acrobacia y frenesí. Y si no me creen, allá ustedes, y pidan el centollo y observen como queda de bonito en sus característicos platos de la Cartuja de Sevilla, cáscara roja sobre fondo blanco y azul.

Merece la pena visitar Marucho varias veces en la vida. Resulta que mientras algunos locales suponen experiencias “únicas”, según ellos mismos especifican, y por tanto parece que no podremos repetir su experiencia, es decir, no podremos volver a estos lugares “únicos”, so pena de que se transformen en “ordinarios”, a Marucho puedes volver cuantas veces quieras. Otro punto a favor. Marucho no es una experiencia única. Es un restaurante donde se come de lágrimas y se disfruta con la gente a la que más quieres, la vajilla se parece a la de casa de tu abuela y el murmullo animado de los comensales flota en el ambiente y hunde sus raíces. El sonido de las teclas del piano se sustituye aquí por el estruendo delicioso de la vida diaria. Contiene este toque exclusivo conformado por la acumulación precisa de lo ordinario. Marucho es la pizca de sal que añadimos a nuestro día a día. Como uno de esos lugares a los que vas con el nombre de los camareros aprendidos, entras, te saludan como si fueras de la familia, te agasajan con el tacto áspero de la mesa y te sirven un pescado exquisito. El vino también está delicioso. Todo está delicioso aquí, no fallan ningún día, todo es ordinario e innovador, exclusivo y delicioso, clásico y familiar. El sitio perfecto para visitar en verano… y quizá algún día más.