Camboya: picaduras y una sonrisa

  • Camboya: picaduras y una sonrisa

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17 de mayo de 2019. 17:44h

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David Moralejo | Director de “Condé Nast Traveller”.  21/5/2019

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La idea era Vietnam. La idea era ser aventurero... pero la puntita nada más. Lo justo para hacerme la foto con una mochila enorme, un par de picaduras de mosquito molonas y una sonrisa de valiente explorador tipo el niño de UP. Sin embargo, en los viajes sucede como con todo en este mundo tan presuroso por devorar las tendencias, masticarlas y subirlas corriendo a Instagram: que los destinos se pasan de moda antes de que tú hayas comprado el Relec. Así las cosas, una conversación con un enteradillo (ey, gracias) me convenció de que Vietnam era demasiado mainstream ya, demasiado 2012. Lo mismo te sucederá en 2019 si sueltas que quieres conocer Islandia –“no vayas, ve a las Svalbard”–, Palawan –“no vayas, ve a las Andaman”–, o Zanzíbar –“no vayas, ve a Bom Bom”–, porque la tendencia hoy no es tanto viajar... como viajar al lugar ignoto y convertirlo en #TT antes que nadie.

Total, que a Camboya. Y no solo con parada en la alucinante, imprescindible y célebre Angkor, que también, sino que aquella ruta de casi tres semanas comenzó en Phnom Penh, capital del país, donde el loquísimo tráfico de motos y tuk tuks se mezcla con los a veces insoportables olores de los mercados callejeros, donde el dolor bestial de los crímenes de Pol Pot se clava en el alma cuando visitas los campos de concentración y la tan cinematográfica estampa colonial de la antigua Indochina se refleja sobre el Mekong mientras tomas una copa en el Foreign Correspondent’s Club. Y ahí andas tú, nostálgico de la nada e imaginando la silueta de Catherine Deneuve junto al río cuando, de repente, zas, te despiertas en un autobús rumbo a Kratie que, según el conductor, tardará unas tres horas en llegar a destino. Siete horas después y tras un sinfín de paradas, incluida Skuon, donde las tarántulas fritas son el picoteo estrella y dudas si hincarles el diente pero al final te rajas, confirmas que estás en Kaoh Trong, un islote en mitad del Mekong, alucinando con el atardecer más bonito del mundo.

Tras aquel atardecer y su correspondiente (y aún más fascinante) amanecer, hubo mucho más autobuses, también lentísimas barcazas para cruzar el imponente lago Tonlé Sap, cangrejos para chuparse los dedos sin fin en la bucólica costa de Kep y Kampot, noches de tormenta tropical en la isla de Koh Rong Sanloem, noches a todo plan en el Belmond La Residence d’Angkor y hasta noches de susto en un cutre catre de Battambang. Jo, qué noches. Jo, qué días. Y que no cunda el pánico: aún hoy, cuando me preguntan por Camboya, mi respuesta es rotunda: “ve, ve a Camboya”.

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