Objetivo Mongolia: en directo

Cinco amigos que se hacen llamar «Chavalería Ligera» forman un equipo de aventureros que comenzaron el 17 de julio el mayor reto de sus vidas recorriendo gran parte del mundo a lomos de «Merche», la furgoneta que conducirán desde Madrid hasta Ulán Bator

Cinco amigos que se hacen llamar «Chavalería Ligera» forman un equipo de aventureros que comenzaron el 17 de julio el mayor reto de sus vidas recorriendo gran parte del mundo a lomos de «Merche», la furgoneta que conducirán desde Madrid hasta Ulán Bator

Arde el fuego dentro de la yurta. Dos pieles de zorro cuelgan suaves en la pared y mi cama la decoran telas de todos los colores, bien gruesas para no pasar frío esta noche. Un gato perezoso descansa bajo la mesa, fuera juega el resto del equipo con los niños. Para los no entendidos (como yo ayer), una yurta es la clásica vivienda mongola, una choza hecha con barro y juncos, recubierta por una llamativa lona blanca. Esta noche será nuestra casa.

Ulan Bator ya está cerca, al alcance de la mano, y con la entrada en la ciudad de khanes encontraremos el final de nuestro viaje. Esta será nuestra última semana. Por eso, desde hace ya varios días, sentimos cierta nostalgia apoderarse de nosotros. Sí, por fin vamos a llegar, pero puede ser que este maravilloso camino haya restado a la meta su romanticismo. ¡Ulan Bator, bah! Nos quedamos con los arroyos de la Selva Negra, la luz de mañana en Transilvania, los misterios sin descifrar de Georgia, extraños silencios en Ankara, el general Alexander, nuestro querido barco cruzando el Caspio, la falsedad de Turkmenistán, su maravillosa gente, las fiestas locas de Kazajistán, ver las nieves perpetuas de Altai... Nuestros bolsillos pesan, atiborrados de valiosas experiencias. ¡Ulan Bator, rodeado por pastos de llanura! Arqueamos las cejas y frenamos unos kilómetros por hora. No hay prisa por llegar si hacerlo significa regresar. ¡Será tan artificial para mis compañeros desandar lo andado en apenas unas horas, escuchando el rugido de su avión! Y aunque yo siga mi camino en solitario, ahora rumbo a Nueva Delhi, también se cierra una etapa para mí: era de profunda amistad, risas, bondad.

Pero no quiero escribir sobre nostalgias. Hablemos de esta semana pasada. ¿Qué vimos, qué de nuevo aprendimos? Esta semana entramos y salimos de Rusia, luego cruzamos la frontera y aparecimos en Mongolia. Rusia, enorme y rebosante de vida. Apenas hemos cruzado un punto minúsculo de su geografía, desde Rubtsovk hasta Kosh - Agach, y hacerlo nos ha llevado tres días. Mis compañeros estudiaron Relaciones Internacionales y claro, para ellos, este país era un jugoso destino. Con la nariz pegada a la ventana contaban cuantas gasolineras Gazprom nos cruzábamos, analizaban intensamente el estilo de vida rural, juzgaban severamente el estado de las carreteras, la cobertura, la edad de los coches... Lo llaman sexto de carrera. Si veíamos aparecer un Leroy Merlin entre los edificios, chillaban excitados, entonces Álex sentenciaba muy seguro de sí mismo:

- Claro, estamos en Rusia, qué os pensáis.

Y se reanudaba el análisis. Mientras tanto, yo a lo mío con mis flores, la hierba inclinada y estudiando cuántas tonalidades tenía el cielo. En verdad hemos hecho un equipo perfecto.

Cruzamos el Macizo de Altai como una exaltación, desesperados por no sobrepasar los tres días del visado de tránsito, sin detenernos apenas más que para dormir, echar gasolina y aliviarnos a los bordes de la calzada. Fue una carrera zigzagueando entre las montañas, mirando por la ventana. Chopos, pinos y abedules se barajaban con los furiosos arroyos, aferrándose a los peñascos en las colinas, cediendo y robando a partes iguales el terreno de los ganaderos. Nuestra vista se tintó de un verde intenso, cegador tras semanas de arena parda, helador tras tantos kilómetros esquivando un sol atronador. Antes, el sol se escuchaba fuerte, ahora tiene miedo y se esconde tras las montañas, ya no brilla con su tono imperial. Pequeñas casas de madera le sirven como coartada. Algunas tienen la puerta atravesada por un tablón de madera porque en verano sus dueños las han cerrado, y en el marco se adivinan agujeros de clavos arrancados otros años. ¿Cuántos recuerdos habrán abierto esos agujeros?

Durante la última etapa de viaje no he querido hacer ninguna fotografía del paisaje y apagué la cámara. Me pareció injusto encerrar la belleza en un espacio tan pequeño, he preferido guardarla en el carrete del recuerdo, bien dentro. Tan lejos de casa, la belleza adquiere una sensación salvaje que despierta nuevas preguntas entre nosotros. ¿Cómo se llamaba esa montaña antes de que viniese un hombre y la señalara? Le robaron el nombre y la vaciaron. ¿De quién huye la roca plantada en mitad de aquél río? Es inaccesible en plena corriente... ¿Cuáles son los límites de la hermosura? Hemos recorrido muchos países y todavía no la hemos alcanzado.

Se pueden ver muchas cosas si uno mira correctamente por la ventana. También en Rusia, tras torcer una curva cualquiera, un aguilucho descendió en picado frente a nosotros y atrapó un ratoncillo que miraba los coches pasar desde el arcén. Bajó la muerte, agarró con sus garras a la vida, planeó varios metros y volvió al cielo. ¡Quién querría un sofá con documentales teniendo el parabrisas de la Merche!

En Rusia se cumplieron dos o tres clichés, aunque cruzamos tan rápido que tampoco hubo tiempo para mucho más. Por ejemplo, en nuestra última parada para repostar, vimos en la gasolinera, muy contentos, a un hombre y tres mujeres tomando chupitos de vodka antes de retomar la carretera; absolutamente nadie hablaba inglés, o fingía no hacerlo; las formas de los rostros, sus ojos chispeando, eran idénticos a como los imagino leyendo a Dostoyevski.

Llegamos a la frontera, estaba cerrada. Así que nada, acampamos a un lado de la carretera y organizamos una pequeña pero selecta fiesta con suizos, mongoles, rumanos y surcoreanos. Se bebió vino y vodka, se comió ramen y fabada asturiana. A la mañana siguiente madrugamos y cruzamos nuestra última línea de verja, descubriendo un nuevo misterio.

Entre Rusia y Mongolia existen 26 kilómetros de no man’s land, atravesada por una fina carretera resquebrajando el desfiladero. Solo la habitan sombras de nube, caprichosas y cambiantes, buscando refugio en las suaves colinas que se engarzan aquí y allá hasta la valla de pinchos que señala la frontera. Otra frontera más, y ya hacen trece. El numero maldito se ha convertido en nuestra bendición y ahora lo cruzamos en silencio. Mongolia, Mongolia. Por fin te hemos encontrado, al descubierto de la estepa.