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Hong Kong, China con sabor occidental

El pasado 1 de julio se cumplieron 20 años del regreso de Hong Kong a China, después de 156 en manos del colonialismo británico. Bajo el lema «Un país, dos sistemas», Hong Kong presume de ofrecer lo mejor de ambos mundos

  • Vista aérea de la ciudad de Hong Kong
    Vista aérea de la ciudad de Hong Kong / Julio Castro
Julio Castro.  Homg Kong.

Tiempo de lectura 4 min.

08 de septiembre de 2017. 12:47h

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Julio Castro.  Homg Kong. 8/9/2017

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Porque veinte años no es nada, Hong Kong todavía mantiene viva su fascinante ambigüedad, consecuencia directa de más de siglo y medio de convivencia entre dos culturas antagónicas. El exotismo de China y la elegante decadencia «british» supieron encontrar el hábitat adecuado en Hong Kong para lograr una fusión que rozaba la entelequia alquimista, de la que surgió una ciudad con un carácter diferencial respecto a las demás capitales asiáticas.

Su frenética actividad comercial y financiera, el gusto por conservar tradiciones milenarias y esa atracción desmesurada (sin disimulo alguno) por el exceso y el lujo hacen que el viajero se contagie inevitablemente de la sensación de que todo es posible en Hong Kong. Posible, por ejemplo, como que aquí se concentre la mayor flota de Rolls-Royce matriculados, que haya más rascacielos que en la mismísima Manhattan (la mayoría construidos bajo las normas del Feng Shui), que sea la ciudad con mayor consumo eléctrico del planeta o que ostente el récord de metro cuadrado más caro (Peak Road, 100.000 euros). Por si fuera poco, posee una de las densidades de población más altas del mundo (unos 6.500 habitantes por metro cuadrado), la cuarta, sólo superada por Macao, Mónaco y Singapur. Este récord se les resiste.

El 1 de julio de 1997 expiró el estatus colonial británico y Hong Kong volvía a manos de China, 156 años después. Las dudas sobre cuál sería el modelo económico a seguir se disiparon cuando Deng Xiaoping (el padre de la reforma ideológica para la liberación de la economía de China) acuñó el lema «Un país, dos sistemas», fórmula con la que se aseguraba la continuidad del libre mercado capitalista integrado en el engranaje ideológico comunista del resto del país; eso sí, con fecha de caducidad: en julio de 2047 China dejará de estar obligada a considerar a Hong Kong como zona económica especial.

Paraíso consumista

Veremos lo que ocurre entonces, pero mientras tanto, Hong Kong seguirá siendo un auténtico nirvana para inversores y entidades bancarias. Y para los adictos a las compras, claro: en Hong Kong, la cantidad de establecimientos (de lujo o simples mercadillos) que alimentan el impulso consumista sobrepasa los límites de la imaginación. Aquí, ir de compras no sólo es un simple acto para satisfacer una necesidad, sino el recurso lúdico más recurrente y apetecible para los hongkoneses, casi una forma de vida.

El epicentro de esta locura consumista se sitúa en Causeway Bay, designada como la segunda zona comercial más cara del mundo, sólo superada por la Quinta Avenida de Nueva York. Los amantes de la electrónica y la fotografía pueden llegar al éxtasis en Stantley Street. Si cruzamos la bahía, nos aguarda Mongkok (en la península de Kowloon), el distrito más bullicioso y poblado del país. En Mongkok, cada calle está especializada en un tipo de producto (destacan los artículos deportivos y la electrónica); imprescindible recorrer Nathan Road, su principal arteria, plagada de luces de neón, y los celebérrimos mercadillos Ladie’s Market y Temple Street (nocturno), pintorescos y divertidos donde se puede comprar cualquier souvenir imaginable e imitaciones de importantes marcas con precios increíblemente baratos. El regateo aquí es religión, pero cuidado con intentar bajar demasiado el precio que nos pidan porque podemos ser, literalmente, expulsados del puesto... a grito pelado.

La mejor manera de ver Hong Kong en su esplendor es desde las alturas, y para ello no hay mejor opción que subir a The Peak, el punto más elevado de la ciudad. La ascensión se puede hacer por carretera o vivir la experiencia a bordo de un funicular centenario (paciencia, las colas pueden llegar a dos horas) que supera los 428 metros de altura hasta el mirador. El trayecto dura apenas seis minutos, pero tendrá para contar que ha viajado en el funicular que supera la pendiente más pronunciada del mundo. Si durante el día la vista de la ciudad es espectacular, al caer la tarde, con los edificios iluminados, el skyline se convierte en una sinfonía de luces y color imposible de olvidar.

Si los gigantescos rascacielos son los iconos del Hong Kong mundano y sofisticado, sus templos representan su cara más íntima y espiritual. Los hay por doquier, pero de quedarnos con uno sería el Man Mo Temple (Hollywood Road), con más de 150 años de historia entre sus paredes, dedicado al unísono al dios de la literatura y al de la guerra. En días soleados, a mediodía, este templo regala una de las imágenes más fotografiadas y mágicas de la ciudad de Hong Kong, cuando los rayos de sol que se cuelan por las rendijas de su techo se mezclan con la nube de humo del incienso que se quema lentamente en su interior.

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