Academia de P@pel

En Academia de P@pel, los profesores del Grado en Periodismo de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA) reflexionan sobre Comunicación y Periodismo. Empeñados, como Goethe, en “no poner palabras donde faltan las ideas”.

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La comunicación ‘contaminada’

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Sobre el autor

Álvaro de Diego, Luis Miguel Belda, Yolanda Berdasco, Joaquín Danvila y Víctor Núñez

Luis Miguel Belda (@LuisMiguelBelda). Periodista y profesor de Periodismo. Lo primero, sueño infantil, y ya se sabe que los sueños se cumplen. Lo segundo lleva a lo primero. Joaquín Danvila (@joaquindanvila), profesor de Marketing, ingeniero de formación y con el marketing y lo comercial como pasión. Álvaro de Diego (@DeDiegoUDIMA). Profesor y periodista, empeñado, como Goethe, en “no poner palabras donde faltan las ideas”. Víctor Núñez (@Vic_Nunez_). Víctor Núñez, profesor y director general de SchoolMarket. Pasión por la educación. Yolanda Berdasco (@yolanda_radio) Periodista, filóloga y profesora. La objetividad es una utopía, la honestidad es un deber.

Por Luis Miguel Belda

Los que reclaman el mantenimiento de ‘Madrid Central’ se equivocan desde el punto de vista del marketing. Deberían reclamar ‘Madrid Total’, y seguro que a los 10.000 vecinos del centro que se manifestaban hace unos días por la Gran Vía se les sumarían casi un millón más, muchos de los cuales sufren los mismos problemas medioambientales que los privilegiados residentes del casco central. Privilegiados porque son cientos de miles de familias a las que les gustaría vivir en un piso en el centro de la capital, pero que por razones económicas no pueden y lo han de hacer a 10 o 20 o 30 o 40 kilómetros de distancia, pese a que su trabajo está en la urbe. O en el extrarradio, donde la contaminación sigue al alza.

‘Madrid Total’ es una justa reivindicación y pondría fin al creciente malestar de la enorme mayoría de vecinos de Madrid que conforman el actual gueto exterior. Vecinos que no se explican por qué razón no pueden disfrutar también de la, al parecer, histórica reducción de casi el 50% de la contaminación que sí beneficia a sus colegas residentes en la plaza del Carmen, a un paso de la Puerta del Sol, en el cogollo de la urbe.

Digo al parecer, porque, a todo esto, el único medidor en Madrid Central se encuentra en la plaza del Carmen, donde, por poco que recordemos los madrileños, los únicos vehículos que circulaban en ese entorno en los últimos diez años, son los que iban de cabeza al parking ubicado en sus bajos o en el anterior de El Corte Inglés; por supuesto, las decenas de vehículos de carga y descarga para abastecer a la multitud de comercios de la zona. Pero poco más, porque desde esa plaza no es posible circular más allá que escapando ya a la Gran Vía.

No en vano, un portavoz ecologista, miembro de la docena de personas que actuaron de piquetes esta semana, perjudicando con sus sentadas aún más el tráfico, elevando el nivel de contaminación latente (el mayor se produce con un coche parado que circulando), reconocía públicamente que la contaminación de la plaza del Carmen venía registrando aumentos de contaminación en el último trimestre, y no solo el primer día de la ‘amnistía’ de Almeida, el pasado lunes. Luego, algo misterioso está pasando en el cogollo del Madrid Central, o en esa plaza hay un volcán latente, como en la película ‘Volcano’.

Donde el aumento de la contaminación sí se ha disparado, de acuerdo con datos de los medidores oficiales del Ayuntamiento, es en los barrios limítrofes de Madrid, como Villaverde, San Isidro, Ensanche de Vallecas, Parque Juan Carlos I o Plaza Elíptica. Eso explicaría también el batacazo electoral de Carmena en las zonas socialmente más populares. Aunque esa es otra historia.

Nadie pone en duda de que la batalla de la comunicación de los que defienden ‘Madrid Central’ frente a quienes sostienen que no es oro todo lo que reluce la han ganado los primeros. ¿Acaso alguien cree que hay personas a las que les gusta ir contaminando por ahí solo para fastidiar a sus vecinos? Alguno hay, claro, sobre todo esas motocicletas ruidosas, cuyo humo y olor ni siquiera son disimulados, pese a lo cual disfrutan del carril bici para circular (en la práctica), así como por el del bus y taxi. Muchos creen, por cierto, que circular en motocicleta es más higiénico, pero no es así. Otra falla de comunicación.

Yo también quiero conducir un Tesla, pero echo cuentas y no me llega. Ni a muchos. Esto es así, y si el eléctrico que sí puede estar a mi alcance (aun pagándolo a plazos) me va a retrotraer en eficiencia, velocidad y comodidad a mi Seiscientos de segunda mano que compré en los 80’, pues no sé si me compensa seguir ‘progresando’ en la vida. Es como la enjundia esa de los nuevos empleos que está generado la transformación digital: hombres y mujeres llevando sin aliento mi cena en bicicleta con cajas en la espalda. Un adelanto, sí

Por cierto, acabo de conocer a una persona que tras usar un híbrido durante un año lo ha vendido y se acaba de comprar un diésel: “Uno que suba las cuestas, por lo menos”, dice. No es coña. Lo he sabido casi en coincidencia con la afirmación de la ministra de Industria, de hace unos días, de que el diésel tiene muchos años por delante. Ministra del mismo gobierno que dijo hace unos pocos meses que este combustible tenía los días contados y llevó a la ruina a cientos de miles de personas que desde aquel día vieron cómo el valor de sus coches, incluidos los de gama alta, caían en picado. Pregunten a las empresas de vehículos de segunda mano. Hablo del diésel más eficiente, no del Renault 5 de mi padre de 1978.

Comunicación exitosa es que, con un solo medidor, el de la plaza del Carmen -con los matices que ya he explicado- se haya confeccionado el titular de que la contaminación en el centro de Madrid se ha desplomado. Justo, justito en la linde, en el medidor de Plaza de España, que no está precisamente en el extrarradio de Madrid, sino a seis cuadras del de la Plaza del Carmen, se aprecia un repunte de NO2, esa bicha, haciendo más contaminante y ruidoso su entorno, el popular Barrio de Argüelles, cruce de caminos de todos aquellos vehículos que están obligados a desviarse por Cuesta de San Vicente, otra calle atestada de vehículos contaminantes, igualmente en la linde.

A un paso, la vía principal que constituye el hasta ahora idílico Pintor Rosales -pues empalma con el estratégico eje Bailén-, se ha convertido en un repositorio de ruido y emisiones contaminantes. La causa se explica en pasar en la práctica de 3 carriles para circular a 1 -pues la doble fila se ha convertido en una costumbre para el repartidor y el cliente terracero. Se eliminó un carril para sustituirlo por un carril de bicicleta que nadie usa (se anima desde estas líneas a sentarse en un banco del paseo y entretenerse en contarlas).

Comunicación exitosa es también que haya calado la idea de que los vehículos híbridos sean la solución a este mal endémico. De entrada, tienen pasaporte para circular por todo Madrid sin restricciones. Sin embargo, comunicación fracasada es que apenas se conozca el informe de Opus RSE, que revela que los híbridos, que cuentan con etiquetas verdes, esto es, que pueden circular libremente por el área de ‘Madrid Central’, contaminan más cuando circulan en modo combustión -lo que ocurre la mayor parte del tiempo- que los diésel o gasolina.

Hasta Ecologistas en Acción lo reconoce y lo achaca a que no pocos conductores no usan el modo eléctrico, a que la tecnología híbrida no es del todo lo eficiente que sería deseable y a que son vehículos más pesados (por contener la tecnología de combustión y la eléctrica) y gastan más al moverse.

La solución a todos los males, ya lo he dicho, pasaría por el ‘Madrid Total’ y la contaminación cero. Para eso habría que prohibir la combustión y que todos los vehículos fueran eléctricos. Pero hoy por hoy uno eléctrico cuesta el doble de lo que cuesta cualquier modelo homólogo, sin contar con que, si deseo viajar de Madrid a Alicante, a poco más de 100 kilómetros por hora de media de velocidad -podré volver a bajar las ventanillas sin despeinarme-, tendré que parar un par de horas en La Roda para recargar mi vehículo. Siempre que en la cuna de los ‘miguelitos’ encuentre un cargador, o centenares cuando haya puente. Algo así como duplicar (casi 9 horas) el tiempo que dedica un conductor normal en la actualidad para tomarse un baño en la playa de Arenales del Sol (Elche), por poner un ejemplo.

¿Alguien se preguntó si es que el Madrid Central se hizo algo bruscamente? La mitad de la almendra ya estaba prohibida con las Áreas de Prioridad Residencial (APR) que impulsó el PP y nadie protestó tan airadamente como ahora. ¿El modelo? el mismo. ¿El fin? ‘clavao’, pero sin estridencias. Poco a poco, adaptándose a los tiempos y ayudando a los conductores a adaptarse.

La precipitación, pues no puede pensarse en otra cosa, convierte a la corta calle Mártires de Alcalá, en la que no hay ni un edificio de viviendas, ni uno, en la más multada de Madrid Central; una calle que, por constituir históricamente un atajo para circular entre la calle de Princesa y los bulevares, permite desatascar el ‘nunca solucionado’ tapón que se produce en el cruce en esa misma vía, Princesa, y la calle de Marqués de Urquijo, donde se ubica una atorada parada de autobuses urbanos, para todos aquellos vehículos que quieren incorporarse a los bulevares, una de las principales vías estratégicas de la capital.

Otra vía estratégica, la Gran Vía de Madrid, que para eso se diseñó, es hoy un alarde de atasco en el que los taxis vacíos campan a sus anchas haciendo que el trayecto en autobús entre plaza de España y el cruce con la calle Alcalá se haya duplicado respecto a antes del gueto (hay mediciones que lo prueban). ¿Por qué? Porque el taxi ya no tiene escape, pues el único carril que le queda a su izquierda está casi siempre taponado por los vehículos con etiqueta C y superiores. No les cuento más que algunos conductores de bus (soy usuario diario, también de metro) maniobran bruscamente a los taxistas para adelantarles en el carril bus, de lo lentos que van estos buscando clientes.

Taxis, la mayoría de los cuales usan gas licuado del petróleo (GLP) y ya hay estudios oficiales que determinan que algunos modelos contaminan más que los gasolina o diésel. Suma y sigue en la mala comunicación. Ni hablo de las calderas de carbón que causan la auténtica boina en invierno: azufre puro, la mayoría de las cuales, las más antiguas o no renovadas, se encuentran, cosas de la vida, en el perímetro de ‘Madrid Central’, en muchas de las viviendas que ocupan esos vecinos que reclaman ahora en la calle respirar mejor en su barrio. Puede que tengan los mismos problemas económicos para renovar sus instalaciones que el común de los conductores de fuera de la almendra para cambiar del condenado diésel a una solución más ecológica.

Oslo, capital de Noruega, ha anunciado la prohibición en el corto plazo del uso de combustibles fósiles. Su objetivo es convertir la capital y el país en su conjunto en un paraíso ‘verde’, eso sí, colocando al resto del mundo sus más de millón y medio de barriles de petróleo extraídos anualmente (Noruega es uno de los principales exportadores del oro negro) y manteniendo la tercera posición en exportaciones mundiales de gas, su otra gran reserva. A lo verde rezando, pero con el mazo (contaminante) dando. Actitud cínica que recuerda lo que con descarada pero complaciente naturalidad le dice la señora de la casa a su criada Cándida, en la adorable película del mismo nombre dirigida por Guillermo Fesser. Algo así como esto: “Cándida, puedes llevarte los yogures que ya están caducados, que vosotros (los pobres) os lo coméis todo”.

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