Elizabeth Blackwell: La pionera que abrió la medicina a las mujeres

Tras quince rechazos, en 1847 consiguió vencer prejuicios y ser la primera mujer en ser admitida en la carrera de medicina

La doctora Elizabeth Blackwell
La doctora Elizabeth BlackwellArchivo (nombre del dueño)

“Si la sociedad no acepta el libre desarrollo de las mujeres, entonces no hay duda de que lo que hay que cambiar es la sociedad”. Éste era el firme pensamiento de Elizabeth Blackwell, la primera mujer a la que permitieron estudiar medicina en la universidad y ejercer después como médico a pleno derecho. El próximo año se celebra el bicentenario de esta doctora que ayudó a abrir el camino de millones que vendrían después y que ahora son la punta de lanza de los profesionales sanitarios para combatir la crisis del coronavirus.

Blackwell nació el 3 de febrero de 1821 en la localidad inglesa de Bristol, en una acomodada familia de refinadores de azúcar. En 1830 emigraron a Estados Unidos y se establecieron en Nueva York. Su inspiración para entrar en la facultad de medicina, como en muchos otros casos, fue traumática. Su mejor amiga, aquejada de una enfermedad terminal que le había obligado a pasar su vida entre hospitales y doctores, siempre se quejaba de que no podía hablar directamente con ninguna mujer doctora y esto a veces la cohibía para expresar bien lo que le ocurría. Cuando murió, supo lo que tenía que hacer. “No deseo dar a las mujeres el primer lugar, ni mucho menos el segundo, sólo la completa libertad para que consigan su verdadera vocación”, aseguraba Blackwell.

Cuando cumplió la mayoría de edad empezó a pedir el ingreso a diferentes universidades. Las primeras quince le dijeron que no, que al ser mujer no podía aspirar a tal privilegio, hasta que recibió una carta afirmativa de la Facultad de Medicina de Geneva, al norte de Nueva York. En realidad, la carta de admisión había sido una broma del consejo de estudiantes, pero Blackwell aprovechó la puerta que le habían abierto y se matriculó. Y no fue fácil, tuvo que aguantar con frialdad al acoso y humillación de los que creían que no debería estar allí.

Sin embargo, su trabajo y determinación pronto le ayudaron a abrir las cerradas mentes de sus compañeros, a pesar de las primeras reticencias de sus pacientes, que tampoco confiaban en lo que pudiera decirles una mujer. Al final, se doctoró con una tesis sobre la fiebre tifoidea y en 1949 se convertía en la primera doctora con título de la historia, cerrando sus estudios como la primera de la clase. “Ninguno de nosotros sabe lo que vale hasta que se le prueba. No es fácil ser una pionera, pero, oh si es fascinante”, señalaba.

A partir de aquí, su vida no estuvo exenta de problemas. Regresó a Europa, a Londres y París, donde empezó a trabajar en La Maternité, y allí, mientras trataba a un niño, una secreción purulenta le salpicó en el ojo izquierdo dejándola ciega e imposibilitándola dedicarse a su gran sueño, ser cirujana. Poco después conocería a Florence NIghtingale y comprendería la necesidad de orden, cuidado, higiene y alimentación para un hospital.

A su regreso a Nueva York abrió el Dispensario para Mujeres Pobres y NIños, donde colaboró con otras pioneras de la medicina, y en 1861, por orden del presidente Abraham Lincoln, estableció la Comisión Sanitaria de Estados Unidos. Convertida ya en icono e inspiración para varias generaciones de médicos, Blackwell moría en 1910 a los 89 años. Su autobiografía “Trabajo Pionero en abrir el trabajo médico a las mujeres” es todo un aval de lo mucho que debemos a esta mujer que nunca quiso escuchar que ella no podía por ser mujer. “Todo lo que ha hecho y aprendido una mujer se convierte, por virtud de su comunidad, se convierte un bien de todas las mujeres”, sentenció.