Raymonde, la hija perdida de Picasso

El pintor adoptó una niña en 1907 de la que nunca se ha conocido su destino final

En 1907, Picasso empezaba a ser Picasso. Hacía ya algún tiempo que había dejado atrás la casa familiar de Barcelona y su Málaga natal para dedicarse a crear la que iba a ser con toda probabilidad la obra artística más ambiciosa e innovadora del siglo XX. Estaba a punto de abrir las puertas a la modernidad, alejándose de la pintura burguesa y festiva con la que había aterrizado en París unos pocos años antes. Pero, a la vez que pensaba en su carrera, también tenía en la cabeza tener una familia.

Hacía tiempo que compartía su vida con Fernande Olivier, quien se había convertido en una presencia constante en muchas de las obras que realizó en los primeros años del siglo XX. Fernande fue apareciendo en pinturas, dibujos, grabados y esculturas, convirtiéndose en un signo de identidad picassiana, en la modelo por excelencia. “Éramos más pobres que las ratas”, diría muchos años después el pintor al recordar esa época viviendo en el Bateau Lavoir, en el corazón de Montmartre. “Pero éramos felices”, le gustaría añadir a continuación. Aquel era un mundo dentro de otro mundo y el artista y sus amigos, llamada “bande à Picasso”, sabían cómo hacer frente al mal tiempo. Si un día no había nada para comer, alguien encontraría algo y ese alguien podía ser Max Jacob, Guillaume Apollinaire o André Salmon. Y siempre, siempre fiel al lado del pintor Fernande, la bella Fernande.

Estamos en 1907. Picasso está inmerso en el proyecto con el que la pintura fácil, la de los paisajes y retratos amables, saltará por los aires. Está preparando un explosivo con no pocas consecuencias. Esa bomba es una gran tela protagonizada por cinco prostitutas de un burdel de la calle Avinyó de Barcelona. Es una evidente referencia a sus años de juventud y desmadre en la capital catalana, no muy lejos de donde tuvo su primer estudio en la calle de la Plata. En un primer momento en esa tela, que pinta en secreto y lejos de los ojos de los amigos y los curiosos, aparecen marineros y un estudiante de medicina, los clientes del establecimiento. Pero poco a poco los va borrando para que sean ellas las protagonistas. Bebe de los clásicos, desde El Greco a Ingres, así como también de la escultura africana e íbera -que se guarda en el Louvre de aquella manera- y del románico que ha visto recientemente en Gósol. Todo ello desemboca en el encuentro de una nueva dimensión, de una ruptura total con el academicismo y que se llamará cubismo. Solamente Fernande es testigo de la tortura que está siendo la realización de ese cuadro, de ese banco de pruebas de la modernidad.

Es en ese ambiente cuando la pareja decide adoptar a una niña de la que hoy no sabemos prácticamente nada. En el archivo personal del pintor, depositado en el museo que lleva su nombre en París, no ha aparecido hasta la fecha ningún documento sobre un episodio triste y omitido por algunos de sus biógrafos, con honrosas excepciones como la de John Richardson. Lo que sí sabemos es que en abril de 1907, Pablo y Fernande acudieron a un orfanato regentado por monjas y muy cercano al Bateau Lavoir, en la rue Caulaincourt. Picasso, a quien le gustaban los niños aunque no pensaba que fuera el momento de tener alguno en casa, obedeció a los deseos de su compañera de dar un primer paso para crear una familia. Fernande sospechaba que no podía tener hijos, probablemente porque en 1901 sufrió un aborto espontáneo.

Las responsables del orfanato invitaron a los dos recién llegados que escogieran entre los niños y niñas que tenían bajo su cuidado. Su atención se fijó en una pequeña de trece años llamada Raymonde, la hija de una prostituta que había sido abandonada por su madre. No era la primera vez que era acogida: con anterioridad un matrimonio la había adoptado, pero las cosas no salieron bien.

Raymonde se instaló con sus nuevos padres en el Bateau Lavoir. Allí, pese a las modestas condiciones en las que vivían el pintor y su modelo, trataron de crear algo parecido a un hogar para la niña. Los amigos de la pareja se preocuparon también de recibirla de la mejor manera posible, haciéndole todo tipo de regalos y brindándole todas las atenciones, desde Apollinaire hasta Jacob. Picasso se tomó muy en serio su papel de padre y se encargó de llevar cada día a Raymonde al colegio, además de ayudarla con sus deberes. Fernande había conseguido que su pareja se involucrase. Todo estaba saliendo bien. El pintor, en los descansos durante las interminables sesiones trabajando en “Les demoiselles d’Avignon”, entretenía a su hija adoptiva con dibujos protagonizados por Frika, el perro enorme que vivía con ellos, o con escenas de “castellers” y que le recordaban a su juventud en Barcelona.

Lo que pasó después ha caído en el terreno de la especulación. Fernande, que en los años 50 escribió unas memorias que no fueron del agrado de Picasso, no dejó ni una línea sobre Raymonde. Tampoco el artista hizo declaraciones sobre el tema, probablemente porque todo empezó a tomar un tono desagradable, demasiado desagradable para ser recordado. Han sido los biógrafos del malagueño, especialmente Richardson, los encargados de reconstruir el episodio y sus derivaciones.

Se conservan pocos, muy pocos dibujos picassianos en los que aparece esa niña, además de algunos cuadernos en los que el autor cubista la ayudaba a escribir su nombre como ejercicio caligráfico. Un día, mientras trataba de poner un poco de orden en el taller, Fernande se encontró con los bocetos en los que Picasso había trazado el retrato de Raymonde. En otra hoja, milagrosamente conservada hoy, la dibujó sentada, pero mostrando su sexo. No parecía una mirada inocente a una niña sino erótica. Richardson sugiere que la idea de la cercana adolescencia cercando en Raymonde podría ser un peligro para la convivencia en esa casa. Fernande se llevó a la niña hasta el orfanato porque no quería que siguiera en el Bateau Lavoir, pero las monjas se negaron a volverla a aceptar. Fue finalmente Max Jacob quien tuvo que regresar a la pequeña hasta la rue Caulaincourt. El poeta sentía un gran cariño por la niña a quien regaló los que probablemente fueron sus primeros juguetes. Cuando Jacob la entregó, Raymonde apenas había pasado cuatro meses con sus padres adoptivos, un dato que conocemos gracias a las investigaciones del especialista picassiano Rafael Inglada. Por Inglada también sabemos que una portera de una vivienda cercana al Sacré-Coeur se hizo cargo de ella. Llegados a este punto, el rastro de Raymonde parece perderse para siempre.

Picasso se separó de Fernande al poco tiempo de la marcha de Raymonde.