Un día de MIR: “Con la covid se ha visto que somos médicos, pero no nos tratan como tales”

Aloma Alcina, médico residente de 4º año de Neurocirugía de Vall d’Hebron relata la precaria vida de los MIR: “Tras una guardia me siento como si hubiera hecho una media maratón”

«Somos médicos y trabajamos como tales, sin embargo no nos tratan como a médicos», denuncia Aloma Alcina, Médico Interno Residente (MIR) de 4º año de neurocirugía en Vall d’Hebron. Como tantos otros médicos internos residentes (MIR) en Cataluña, esta joven se ha rebelado contra la precariedad y se ha sumado a la huelga de tres días convocada por Metges de Catalunya para reivindicar mejoras laborales, formativas y retributivas. El segundo día de paro ha contado con un seguimiento del 91%, según el colectivo.

Como ella misma pone de relieve, los cerca de 3.150 MIR que están completando su residencia en hospitales y centros de atención primaria catalanes «no son estudiantes, son médicos a todos los efectos, puesto que han acabado la carrera, y ahora solo están formándose en una especialidad», por lo que cumplen funciones esenciales en el sistema sanitario, sin embargo sus condiciones laborales no se corresponden con esta realidad. «Yo, particularmente, he estado siete años estudiando, seis de carrera y uno para acceder al MIR, y éstos son unos estudios con un nivel de exigencia alto», señala al respecto Aloma, que se encuentra en el cuarto año de residencia y solo le falta uno más para acabarla.

900 euros tras seis años de carrera, uno estudiando para acceder al MIR y jornadas extensas

Y pese a tanto sacrifico y esfuerzo y aunque ya es oficialmente médico, ella, como tantos otros MIR, considera que su trabajo no está reconocido. En Cataluña, el sueldo base de un residente de primer año es de 900 euros netos al mes y, pese a que su jornada laboral debería ser de 37,5 horas semanales y continuada, de 8 a 15.30 horas diariamente, la realidad es que ésta acostumbra a dilatarse casi a diario. «Los adjuntos hacen una jornada partida de 8 a 17 horas, de manera que muchas veces nos vemos obligados a quedarnos», comenta Aloma, quien recuerda que además, con cierta frecuencia, «nuestra jornada se amplía con lo que conocemos como «trabajo de los resi», que no son más que los informes y el papeleo que nadie quiere hacer y que nos encomiendan a nosotros, unas tareas que además no son formativas».

En definitiva, el residente acaba realizando sistemáticamente muchas más horas de las que marca la norma y lo más grave es que esas horas de más no son remuneradas. «Hay una falta de personal y, en consecuencia, el trabajo que se queda sin hacer por esa carencia de recursos humanos, nos toca a nosotros», denuncia Aloma, quien señala que ese abuso en lo que se refiere a la jornada laboral se ve además agravado por las guardias. «Los programas de formación aconsejan para los residentes tres o cuatro guardias de 24 horas al mes, pero en realidad hacemos entre 6 y 8 mensuales», lamenta Aloma, quien al respecto explica que «cobramos casi la mitad que un médico adjunto por cada guardia, así que nosotros salimos más baratos; de hecho por cada guardia de un adjunto puedes tener a dos residentes». Y aunque «hay un límite en cuanto a las jornadas complementarias, su cómputo es anual y no hay ningún seguimiento», destaca esta residente para a continuación admitir que «en muchas ocasiones a los propios MIR ya nos interesa hacer muchas guardias, porque con el sueldo base no llegamos a pagar los gastos fijos y necesitamos sumar horas complementarias». «Al final, sumando las guardias, podemos llegar a los dos mil euros, pero es como si tuviéramos dos trabajos».

“No podemos tener hijos hasta acabar la residencia porque nos queda poco margen para la vida personal”

Y todo ello se traduce en falta de horas de descanso para los residentes, lo cual puede repercutir directamente en la atención al paciente. «No se nos garantizan las 36 horas de descanso entre semana», asegura y, en este sentido, explica que «si por ejemplo has trabajado toda la semana y el fin de semana te toca guardia, sales del hospital el domingo a las 10 de la mañana y el lunes a primera hora has de volver a estar en el hospital». «No estás más de 24 horas fuera del hospital, de manera que los descansos no son proporcionales a las horas que trabajamos y eso hace que no estés igual, por ejemplo, a la hora de operar, lo cual puede perjudicar al paciente», consta esta residente, quien pone de relieve que ese exceso de horas de trabajo también repercute en la vida personal y familiar de los MIR. A modo de ejemplo, «muchos no podemos tener hijos hasta que acabamos la residencia, con 30 o 31 años porque nos queda poco margen para la vida personal».

“Somos responsables de los pacientes en última instancia porque falta personal”

En este contexto, Aloma pide un poco más de paciencia a quien acude a urgencias y se queja por las horas de espera hasta ser atendidos. «Han de tener en cuenta que ellos acaban de llegar, pero nosotros llevamos horas trabajando del tirón. Yo cuando acabo una guardia es como si hubiera hecho una media maratón, estoy mental y físicamente agotada y es que hay que tener en cuenta que otros profesionales, como los celadores o enfermeras hacen turnos de guardia de ocho o diez horas y nosotros hacemos de 24 horas». Y al respecto constata que «sobre nosotros recae la responsabilidad última del paciente, sobre todo porque, por la falta de personal, muchas veces estamos sin supervisión, y no puede ser que tengamos que hacer jornadas tan extensas sin descanso».

En cualquier caso, el colectivo de los MIR ha sido muy resiliente con esta situación, principalmente por vocación, algo con lo que juega la administración, pero la pandemia ha colmado su paciencia. «Si en una situación normal, estas condiciones laborales ya son precarias, en una pandemia, es insostenible», asegura. Y es que durante los meses en los que el virus puso patas para arriba al sistema sanitario, se recurrió a los residentes de cualquier especialidad para atender a los pacientes COVID, ajustando su horario laboral a jornadas de 12 horas, por ejemplo en Vall d’Hebron, que siempre acababan dilátandose en el tiempo por el gran volumen de trabajo, y sin que ello fuera acompañado de mejoras salariales, más bien al revés, ya que durante esos meses no se hicieron guardias, de manera que los residentes dejaron de poder contar con ingresos complementarios para poder hacer frente a sus gastos habituales», «El problema no es el papel que tuvimos que desempeñar durante la pandemia, sino que el tema es que si somos tan imprescindibles, al menos que nos traten como merecemos», reclama Aloma, que tuvo que estar cuatro semanas de baja tras haber dado postivo por coronavirus después de intervenir a un paciente infectado, cuando por entonces no se consideraba la posibilidad de hacer PCR a quien fuera a entrar a quirófano.

Tal y como señala esta residente, «con la Covid-19 se ha visto que somos médicos y que trabajamos como tales, pero no nos tratan así y abusan de nuestra vocación, que ha hecho que tradicionalmente nos hayamos quejado muy poco».