La extraña muerte en el Elíseo de la sombra de Mitterrand

Siguen sin aclararse las circunstancias del fallecimiento de François de Grossouvre, el guardián de los secretos del presidente francés

Una imagen de Mitterrand presidiendo la sede del partido socialista francés en el aniversario de la muerte del político
Una imagen de Mitterrand presidiendo la sede del partido socialista francés en el aniversario de la muerte del políticoHORACIO VILLALOBOSEFE

Son las ocho de la tarde en París del 7 de abril de 1994. Nos encontramos en el edificio que representa todo el poder del estado francés: el Palacio del Elíseo, la residencia del presidente François Mitterrand. Todo parece tranquilo, como si fuera un día más, sin ninguna crisis por delante a largo o corto plazo. Mitterrand tiene sus secretos, como esa doble vida que le hace tener dos familias, una de ellas con una hija que no quiere que sea conocida por el gran público. Guarda mucho, tal vez demasiado, pero sabe que todo ese material está a buen recaudo desde hace años en manos de François de Grossouvre, su hombre en la sombra. Grossouvre hace tiempo que ha caído en desgracia, pero ahora dispone de un despacho en el Elíseo junto al del presidente.

En la tranquilidad de la tarde, cuando muchos ya acaban el día, en ese momento en el que el palacio se dispone a concluir la jornada laboral, se escucha una detonación, un ruido fuerte y seco que lo cambia todo. Procede del despacho de François de Grossouvre. La sirvienta que abre la puerta de la estancia descubre al hombre en el suelo con el cráneo ensangrentado. Junto a él hay un revólver con sus huellas dactilares. La gendarmería no tiene ninguna duda: se trata de un suicidio. Caso cerrado.

Cuando unos días más tarde se celebra el funeral y el entierro en Moulins, Mitterrand será uno de los que acompañe el féretro con los restos de quien había sido su amigo, aunque a la familia no le hacía mucha gracia la presencia del mandatario francés en aquella despedida. Era el acto final. El último saludo a quien tanto había hecho por el presidente. Allí se acababa aquella historia. Caía el telón y con Grossouvre se iban a la tumba mucho de lo que ocultaba un presidente enfermo que seguía en el poder, el mismo que había degradado unos años antes a su amigo.

Los dos se habían conocido años después del final de la Segunda Guerra Mundial, en 1959, durante una cena. La periodista Raphaëlle Bacqué, autora de un polémico libro sobre Grossouvre, afirma que aquella reunión fue como un “amor a primera vista” para los dos hombres. “Son dos hombres de la Segunda Guerra Mundial, que vivieron la misma guerra: empezaron en el petainismo, y luego a finales de 1942, a principios de 1943, estaban en la Resistencia”, sostiene Bacqué.

Grossouvre, un hombre con una cómoda posición económica, se convirtió en el aliado en la sombra de Mitterrand, el encargado de encontrar la financiación necesaria para las campañas electorales de 1965, 1974 y 1981, la que llevará al dirigente socialista a lo más alto del poder en Francia. El nuevo presidente quiso tener cerca a quien tanto había hecho por él y lo convirtió en su brazo derecho o, como se dijo en su momento, el ministro de los secretos de Mitterrand. Sin embargo, todo empezó a cambiar. Grossouvre no era bien visto por algunos de los integrantes del entorno presidencial, algo que se constató con la llegada de Roland Dumas y Pierre Joxe a las carteras de Asuntos Exteriores e Interior, respectivamente. Los dos lograron mantener a raya al confidente presidencial. Fue el inicio de su caída en desgracia que alcanzó su punto álgido cuando en 1985 le quita sus principales funciones. Pese a que seguirá manteniendo despacho en el Elíseo, nada volvería a ser como antes.

Fue en este tiempo cuando comenzó a reunirse en privado con algunos periodistas a los que informó “off the record” de algunas de las intimidades del presidente y su gabinete. Pero mucho más grave fueron sus encuentros con Thierry Jean-Pierre, el magistrado encargado de indagar en la financiación irregular del Partido Socialista. Mitterrand no querrá volver a saber nada más de quien había sido su más influyente amigo durante tres largas décadas. Todo ello lleva a Grossouvre a la depresión. El hombre que adoraba a Mitterrand no era querido por su ídolo.

Todo ello es lo que ha hecho pensar que nuestro protagonista acabó con su vida ese día de abril. Sin embargo, hay quien cree que lo sucedido en el Palacio del Elíseo fue un asesinato. Quien apoya con más convicción esta última teoría son los hijos y los nietos del fallecido. A raíz de la publicación de la obra de Bacqué rompieron su silencio para denunciar ese trabajo periodístico, además de exponer las muchas irregularidades llevadas a cabo alrededor del caso. La principal fue la ausencia de un análisis balístico o toxicológico. Tampoco se analizó la herida en la cabeza y que hubiera ayudado a determinar si aquello fue suicidio o asesinato. Por otra parte, el informe de la autopsia señala, siempre según el testimonio de los herederos de Grossouvre, que el disparo se realizó desde bastante distancia.

La familia del hombre de confianza de Mitterrand ha recordado que en los últimos meses de su vida, François de Grossouvre estuvo trabajando en la redacción de unas memorias de las que parece que solamente han sobrevivido las páginas dedicadas a la guerra. De la caja fuerte que tenía en su despacho en el Elíseo nunca se supo y desapareció poco después del levantamiento del cadáver.

La familia de Grossouvre se reunió días después con el presidente en el Elíseo, a una decena de metros del lugar en el que había aparecido el cadáver. Mitterrand, según denunció la familia, no tuvo palabra alguna de compasión hacia ellos. Solamente se limitó a decir que “no es propio de él haberse suicidado, pero no soportó envejecer”. Tras el suceso, el presidente mandó reformar el despacho, una manera de borrar aquella tragedia y el recuerdo del amigo muerto.