“Hitler llevó la música clásica al cénit y al paroxismo”

Entrevista con Patrick Alfaya, historiador y experto musical

El director de la Quincena musical de San Sebastián, Patrick Alfaya.
El director de la Quincena musical de San Sebastián, Patrick Alfaya.L.R

Patrick Alfaya (Madrid, 1971), director del prestigioso y tradicional festival de música clásica La Quincena de San Sebastián, ha traducido al castellano «Nacionalismo y música clásica» (Alianza Editorial), una obra de los dos expertos musicales Anthony D. Smith y Matthew Riley que analiza la relación simbiótica entre ambos elementos. Alfaya, graduado en Historia Contemporánea, es experto musical y ha desarrollado su trayectoria como gestor cultural.

–¿Qué peso cree que tiene la música clásica en la formación de una nación?

–La idea de nación contemporánea surge en el siglo XIX y creo que la música clásica ha tenido bastante peso porque hay que pensar que es una época en que no existía el cine y los museos, en general, eran mínimos. Es decir, formas de arte accesible al público habían muy pocas, salvo la música, que podía llegar a todo el mundo. Con la revolución francesa y la Alemania romántica previa a la unificación, algunos sectores políticos empiezan a darse cuenta que la música enardece, levanta al pueblo, y empiezan a usarla como una forma de aglutinar, de crear un imaginario nacional que en muchos casos no existía. Si le preguntamos a un campesino francés antes de la revolución qué era la patria, no tenía ni idea; él era súbdito de un rey. La música clásica tuvo bastante peso, igual que la literatura, ya que eran las dos tradiciones artísticas que podían llegar a más gente, pero la literaria era más difícil porque la mayoría de gente era analfabeta.

–La música clásica siempre se ha asociado a la clase alta, pero el libro deja constancia que tiene también las clases populares como receptores.

–La cultura, en general, en el siglo XVIII y XIX era para élites. Es en el XX, gracias también a la generalización de la educación, cuando empieza a llegar a todo el mundo. Pero ya en el XIX, ciertos movimientos independentistas empiezan a coger la música folclórica, que era la música del pueblo llano, y empiezan a coger elementos populares y tradicionales y adaptarlos a piezas musicales que ahora encontramos en la música clásica. También en el imaginario nacionalista se inventan ciertas imágenes que conforman la identidad de ese pueblo y lo retratan en la música. Usan esos elementos musicales que creen que puede llamar a esa grandeza y exclusividad.

–El libro repasa la música clásica en diversas naciones de Europa (Francia, Alemania o Reino Unido). ¿Qué papel ha jugado en España la música clásica?

–En España, poco. En aquel momento (siglo XIX), el concepto de nación prácticamente no existía. España tiene un momento brillante con algunos de los mejores compositores en el Barroco, pero luego, con el declinar del XVIII del imperio español, casi desparece. Poco a poco, se fue notando el declive y vivíamos de lo que venía de fuera. Los compositores en el XIX eran bastante mediocres, salvo la Zarzuela, que es un género español y es interesante, pero es muy difícil de trasladar: nada mas tuvo éxito en Sudamérica. El nacionalismo español aparece mas en el XX, con Manuel de Falla. En España, la música no juega papel de reivindicación de la nación como elemento político, sino reivindicación de lo folclórico del siglo XX (como el flamenco), pero como manera de reivindicar y no como idea de unir a la patria. En España, en el XIX, tampoco había necesidad de unirse.

–Es conocido la admiración de Hitler por Wagner. ¿Por qué instrumentalizó la música clásica?

–Hitler era un entusiasta de la música clásica, sobre todo, de Bruckner y Wagner. Pero claro, Wagner reivindica el pasado mítico de Alemania, que es lo que defiende el nacionalsocialismo. Es una música gloriosa, habla del héroe de la fuerza, de fuerzas extrahumanas. También Wagner era antisemita y eso le gustaba a Hitler, pero como la mayoría de Europa en el XIX. Ese elemento heroico y de reivindicación del pasado alemán a Hitler le convencía mucho y, también hay gran fuerza teatral en Wagner. Otra persona que también utiliza mucho la música es Stalin. Es curioso, pero Stalin se da cuenta que es una forma de enardecer al pueblo en la Segunda Guerra Mundial. La idea de que la música reivindicaba la patria rusa, la idea de unir al pueblo en torno a la música, si es música épica refuerza a la gente. Hitler y Stalin cogían música que tenía tintes nacionales, folclóricos, para demostrar su identidad.

–Ambos sabían del poder de la música pero, ¿en quién tuvo más peso la música, en Stalin o en Hitler?

–Sería difícil medirlo, pero es muy posible que en Alemania. Hay autores que ponen de relieve cómo Hitler consiguió que las artes tuviesen un peso excepcional en la Alemania nazi. Los artistas de música clásica, por ejemplo, no tenían que ir al frente durante la o se dio el caso de Mendelssohn, que supuso una pequeña crisis en el régimen porque era judío y no se atrevieron a censurar sus obras. Hitler era un autentico entusiasta por la música y se pasó promocionando en reiteradas ocasiones conciertos y obras de música clásica. Stalin no era un entusiasta, no llegó a esa especie de locura, aunque llegó a utilizarlo durante los conflictos y la usó como otro elemento, pero no llevó la música al cénit y al paroxismo, como Hitler.

–La música se llegó a utilizar en ambas guerras mundiales.

–En la Segunda Guerra Mundial, la música cobra con la radio un elemento fundamental. Pero en las contiendas no fue una novedad, en la Revolución francesa, por ir al inicio, los revolucionarios ya se dieron cuenta que un himno como la Marsellesa, se podía conseguir unir al pueblo bajo un criterio de igualdad e ilusión. Esa creación del mensaje nacional en Francia, es el momento donde más consciente se es de que la música juega un papel crucial, donde se crea un sentimiento de unidad que ayuda a pelear por un fin común como fue la Revolución francesa y posteriormente otros conflictos. como las guerras mundiales.