Lecturas de verano

Una imagen de Victor Hugo, autor de "Los miserables"
Una imagen de Victor Hugo, autor de "Los miserables"

Las buenas costumbres hay que conservarlas, que ya van quedando pocas, y una de ellas, que no debería perderse, es la de reservar un pequeño hueco para los libros en la maleta de las vacaciones. Porque el ocio veraniego es tiempo propicio para la lectura, y qué mejor manera de llenar las horas quietas y sobrellevar de paso los rigores climáticos que enfrascándose (etimológicamente, internándose, encerrándose, enredándose) en las páginas de un libro. Esa es, por encima de todo, la principal función de la lectura: entretener, distraer, recrear el ánimo, como decían los antiguos, que no es poco, y más en estos tiempos de tanta incertidumbre. Lo de que le va a cambiar a uno la vida y otras cosas por el estilo es algo que solo pasa en la (in)feliz adolescencia y en las campañas oficiales destinadas a fomentar el hábito lector entre los más jóvenes. Tampoco es probable que, a ciertas edades, la lectura de un libro nos vaya a revelar ningún gran secreto de la existencia, pero sí, y con eso nos conformamos, nos hará pasar un buen rato, y aligerará el tedio de las tardes largas, y seguro que también, de una manera o de otra, ampliará nuestro conocimiento del mundo y de las personas.

Con ese ánimo y propósito, ha escogido uno estos cuatro libros. El primero, por seguir la tradición de que las obras voluminosas son para el verano, “Los miserables”, de Victor Hugo, sin duda una de las novelas más importantes del siglo XIX, que es lo mismo que decir de la novela de todos los tiempos. Universalmente conocida por el famoso musical del mismo nombre, y aunque un tanto apartada de los rumbos canónicos de la narrativa contemporánea, reúne los mejores ingredientes: personajes que corren mil peripecias y aventuras, un cuadro histórico y social de la época, el París revolucionario de 1832, y, como telón de fondo, las grandes cuestiones de siempre (la justicia, el bien y el mal, el amor…).

El segundo, “Clarissa”, de Stefan Zweig, que merecidamente figura entre los escritores más leídos y editados de estos últimos años y es autor de obras, como “El mundo de ayer”, que se antojan imprescindibles, entre otras razones por su defensa de los ideales humanísticos, hoy tan amenazados. Zweig nunca defrauda, y tampoco a buen seguro la historia de “Clarissa”, ambientada en la época de la Gran Guerra.

Especialmente amenas y provechosas resultan en todo tiempo las relecturas, que siempre dicen cosas nuevas, y más si se trata, como en este caso, de “El jardín de los Finzi-Contini”, la extraordinaria novela de Giorgio Bassani que recrea la vida de la comunidad judía en la ciudad italiana de Ferrara cuando, en los albores de la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo fascista empezó a ser una realidad.

Y no podía faltar un clásico, las “Meditaciones” de Marco Aurelio, que tiene la ventaja de que puede ser leído a saltos y como picoteando, porque más que lo que el título anuncia son breves notas y consejos que exponen los principios del pensamiento estoico, que ni pintado para las tinieblas actuales.