Montañas que se desvanecen y barcos que flotan

La fata Morgana es un tipo de espejismo superior que ha confundido a los marinos que se han atrevido a recorrer los helados polos. Bajo su influjo los barcos parecen levitar y surgen montañas que jamás estuvieron ahí.

La era de los exploradores no ha terminado, solo que en lugar de en el océano sus aventuras suceden en el espacio. Sin embargo, aquellas historias de lobos de mar que se lanzaban a lo desconocido siguen siendo únicas. Tal vez porque vemos clara la ingenuidad de sus protagonistas, que ni siquiera sabían cuánto desconocían por aquel entonces. Nosotros seguimos siendo unos ignorantes y viajamos allí adonde haya dragones, pero el regusto ha cambiado.

No hay que remontarse mucho en el tiempo para encontrar un mundo que no se conocía a sí mismo. A principios del 1800, el comercio entre Europa y Asia seguía siendo complicado por ese mismo motivo. Desplazar grandes cantidades de mercancía por tierra era inviable y las rutas conocidas por mar obligaban a dar un gran rodeo, torciendo cabos y golfos que se alejaban mucho de la línea recta, malgastando así una cantidad enorme de tiempo y recursos. Hacía falta encontrar una solución, una forma de hacer más rentable el comercio. Durante su búsqueda surgieron cientos de historias de todo tipo y puede que una de las más rocambolescas la protagonizara una montaña invisible.

En dirección contraria

No parecía haber caminos fáciles hacia el este, pero ¿y si aprovechaban la redondez de la Tierra? Tal vez la mejor forma de llegar a Asia fuera viajar hacia el oeste en lugar de poner rumbo directamente hacia el Sol naciente. El único problema era que en esa dirección se levantaba una muralla de tierra prácticamente infranqueable. América se extendía desde las heladas tierras de lo que ahora es Canadá hasta el ganchudo cabo de Hornos, descolgándose de Chile. No obstante, la desesperación empuja a probar cualquier cosa y tras tres siglos de búsqueda, la corona británica necesitaba encontrar de una vez por todas la forma de llegar a Asía con rapidez. Existía incluso una recompensa de 20.000 libras para quien diera con el atajo, una suma que por aquel entonces era un aliciente más que suficiente. Así que la pregunta estaba clara ¿cómo hacerse con ese dinero? ¿Cómo hacer lo aparentemente imposible y sortear América?

El primer intento consistió en buscar ríos navegables que penetraran continente adentro y llegaran de algún modo a la otra costa. Por supuesto, estos ríos no existen, así que el interés comenzó a centrarse en los extremos norte y sur del continente. Había que encontrar la manera de rodearlos, pero ningún británico había surcado aquellos mares árticos en más de 200 años. Los últimos mapas con los que contaban eran de William Baffin y, aunque controvertidos, eran la mejor pista con la que contaban.

En aquellos mapas se mostraba una bahía bautizada como su descubridor, la Bahía de Baffin. Su existencia era controvertida, pero de ser real, podía suponer la clave para deshacer el entuerto comercial. Desde ella nacían tres canales todavía inexplorados y que, con suerte, irían a parar al Pacífico. Así pues, el explorador John Ross, financiado por el subsecretario del Almirantazgo William Baffin, partió de Londres rumbo al nuevo mundo. Su misión era descubrir si aquellos canales eran navegables y, por supuesto, conseguir que aquel barco llegara sano y salvo a zonas donde la corona no había estado antes.

El viaje de ida fue un éxito y en contra de las expectativas de muchos, consiguieron dar con la bahía de la que Baffin había hablado dos siglos antes. Todo iba viento en popa, salvo por los canales. Una vez allí, parecía evidente que dos de ellos eran impracticables. Ningún barco habría sido capaz de atravesarlos, por lo que Ross descartó los canales de Jones y de Smith. Todas las esperanzas estaban puestas en el tercero, aparentemente navegable, por lo que la tripulación puso rumbo hacia la boca del canal de Lancaster.

La montaña que nunca estuvo allí

Como si se tratara de una película cargada de clichés, el barco arribó a la entrada del Lancaster entre una espesa capa de niebla y como navegar a ciegas no es una gran idea, decidieron aguardar hasta que ésta se despejara. La espera no fue larga, pero fue suficiente como para que lo que estaba por llegar impactara con el doble de fuerza. Tras el telón de niebla se empezó a mostrar un coloso de roca. O como dijo el propio Ross:

“[…] una cadena de montañas unidas que se extendían de Norte a Sur […]”

La localización de la montaña parecía suficiente como para confirmar lo peor, el canal de Lancaster era un callejón sin salida. La misión había concluido sin éxito, pero habiendo cumplido con su cometido. Esta historia podría haber quedado así, sin más complejidad, si no fuera porque Ross no viajaba solo. Un segundo barco capitaneado por William Parry iba con él. Sin embargo, ni Parry ni sus hombres habían llegado a ver las infames montañas que cortaban su camino. ¿Cómo era esto posible? ¿Quién mentía?

Una vez de vuelta en casa, la discrepancia se hizo vox populi y, ante la duda, se dio por hecho que Ross era el equivocado y que tal cordillera no existía. Su reputación se hundió y las burlas se volvieron frecuentes, una actitud que no cejaría hasta que, tan solo un año después, se enviara a una nueva expedición para verificar todo esto. El resultado fue completamente inesperado, porque confirmaron que, como sugería Ross, se veía una montaña atravesando el canal Lancaster. Sin embargo, también pudieron corroborar que allí no había ninguna montaña, como afirmaba Parry. Una paradoja fácil de entender si caemos en la cuenta de que, aquello que la dichosa montaña era tan solo un espejismo.

Poco acostumbrados a navegar entre heladas banquisas, los marineros británicos no conocían los misteriosos espejismos superiores. Normalmente el aire más cercano al suelo se calienta más, irradiado por el suelo que, bajo la luz de Sol, se ha estado calentando durante el día. Al aumentar su temperatura, el aire se expande y asciende, enfriándose a medida que se despega del suelo. De ese modo, las capas más frías quedan sobre las más calientes. Por el contrario, en los espejismos superiores ocurre al revés. El suelo (o el mar) están incluso más fríos que el aire que se encuentra sobre ellos, creando dos capas que no se mezclan demasiado, ya que el aire cálido tiende a subir incluso más y el frío a mantenerse a ras de suelo. Esa diferencia tan abrupta de temperatura implica también un salto en la densidad del aire, como si pusiéramos aceite sobre el agua.

Y esa es la clave, porque cuando la luz atraviesa una de estas diferencias de densidad se curva, cambia su dirección. Es algo con lo que, en realidad, todos estamos bastante familiarizados, pues hemos visto cómo se tuerce la imagen de una pajita cuando sumergimos parte bajo el agua. Lo que está ocurriendo es que esa luz que se curva porta la información que nuestros ojos y cerebro convertirán en imágenes. Como por lo general, la luz viaja en línea recta, el cerebro reconstruye de dónde ha venido sin tener en cuenta que se curve o se deje de curvar, equivocándose al ubicar el objeto.

Espejismos en todas direcciones

Así pues, sí que existía una montaña, pero estaban diez veces más lejos de lo que él pensaba, a unos 300 kilómetros al norte. La luz había rebotado en las montañas y viajado hasta los ojos de Ross dando un rodeo, torciéndose como una pelota que lanzamos un poco hacia arriba, compensando la curvatura de la propia Tierra. Con este truco, la Montañana no parecerá necesariamente más grande, pero el cerebro asumirá que está más cerca de lo que realmente está, ya que a su distancia real el horizonte tendría que estarla cubriendo. Es el mismo motivo por el que, a veces, desde el puerto se puede ver un barco aparentemente flotando en el aire. Sobre la línea del horizonte.

No obstante, los espejismos con los que estamos familiarizados, los inferiores, ocurren por justo lo contrario. El suelo extremadamente caliente del desierto eleva la temperatura del aire que hay sobre él y lo hace tan “rápido” que se forman igualmente dos capas relativamente bien definidas por su densidad. En este caso el aire caliente está bajo el frío, curvando a la luz en el sentido contrario al que hemos visto con Ross. Ahora la luz de zonas elevadas se tuerce antes de impactar contra el suelo y llega a nuestros ojos como si proviniera de objetos que tenemos frente a nosotros. Por eso en suelos extremadamente calurosos podemos ver reflejos del cielo azul, con imágenes invertidas de lo que hay a su alrededor, como si fueran brillos sobre el agua.

Por si esto fuera poco, la inestabilidad natural de una capa de aire fría sobre una caliente hace que el reflejo fluctúe, dando la impresión de que el agua está en movimiento. Así es como se forma un espejismo al uso, de esos que los perdidos en el desierto confundían con oasis.

Eran otros tiempos, una época en la que estas cosas empezaban a comprenderse y donde la superficie de nuestro planeta era un misterio. Puede parecer que hoy nos encontramos en una situación completamente distinta y que queda poco por descubrir, pero como decíamos al principio, apenas hemos avanzado en conocimientos frente al océano de información que es el cosmos. Estas historias de divertidas confusiones y misterios aparentemente sobrenaturales seguirán presentándose cada vez que decidamos visitar las fronteras de lo que conocemos y nuestro deber es recordar que, tras ellas, ha habido (y posiblemente habrá) una explicación racional.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • El espejismo superior no solo ocurre en lugares helados, solo han de darse las condiciones ideales. Las cuales, por otro lado, son suficientemente complejas para que no todas las superficies de hielo puedan producirlo. Estas deberán ser suficientemente extensas y más o menos igual de frías en toda su superficie.

REFERENCIAS (MLA):