La ciencia en la alfombra roja de Cannes gracias a Mary Anning

La ciencia y el cine se han dado la mano para traernos Amonnite, una película donde veremos a Kate Winslet ponerse en la piel de Mary Anning, la leyenda de la paleontología.

No es ni mucho menos la primera vez que ciencia y cine se tocan. Las biografías de científicos e inventores son atractivas, porque hablan de superación personal, de retos intelectuales y de cómo una persona (o muchas) pueden cambiar el curso de la historia. Lo que es menos frecuente es que estos biopics se abran camino hasta los galardones.

En este caso, Ammonite, la película dirigida y guionizada por Francis Lee, era una de las seleccionadas para el ya cancelado festival de Cannes. En ella se cuenta la historia de Mary Anning, una de las figuras más icónicas de la paleontología. Anning, es interpretada en este caso por la actriz Kate Winslet, y durante el largometraje se presenta no solo su vida profesional, sino la relación que mantuvo con la geóloga Charlotte Murchison, interpretada en este caso por la actriz Saoirse Ronan. Todavía no se han adquirido los derechos de distribución para España, restringiéndose estos a Reino Unido, Australia y Estados Unidos. No obstante, es una gran oportunidad para hablar de la vida y obra de esta gran científica, porque ¿qué hizo realmente?

Dedos del diablo y roca-serpientes

Todos conocemos a personas que han pasado por una infancia difícil, pero si nos remontamos un par de siglos, lo que ahora es una serie de catastróficas desdichas por aquel entonces era lo normal. La mortalidad infantil estaba en torno al 50% en algunas zonas de Inglaterra y Lyme Regis, el pueblo donde Anning nació en 1799, era una de ellas. Algunos de sus hermanos murieron de enfermedad y una falleció en un horrible accidente cuando, jugando con el fuego con tan solo cuatro años, su ropa se prendió, causando lesiones de extrema gravedad. Mary tuvo la fortuna de sobrevivir a la infancia junto con su hermano Joseph, aunque sobrevivir no es lo mismo que vivir, ya que el negocio de sus padres apenas podía mantenerles.

Su padre trabajaba en dos empleos, principalmente como carpintero especialista en gabinetes, pero ocupando sus “ratos libres” en la recolección de conchas y fósiles que encontraba en la playa para vendérselos a los turistas. Su madre le ayudaba y con ella iban Mary y su hermano. Por aquel entonces se sabía realmente poco sobre aquellos objetos que estaban recogiendo en la orilla o en la pared de los acantilados. Eran su sustento y no hacía falta saber mucho más, por lo que, para aumentar sus ventas o tal vez por simple desconocimiento, renombraban a los especímenes con nombres de lo más fantasiosos. Los belemites, similares a calamares con una concha cónica, eran llamados “dedos del diablo”, las vértebras recibían un nombre que traducido sería algo así como “vertebrobayas” (berteberries) y los amonites, calamares con una concha enroscada en forma de espiral, se denominaban “roca-serpientes”.

No obstante, la joven Anning era un alma inquieta. Quería saber y tenía capacidad de sobra para conseguirlo, así que comenzó a devorar tantos libros como pudo conseguir en Lyme Regis, buscando información sobre aquellas extrañas formas pétreas. Su mente destacaba tanto que sus paisanos hubieron de buscarle una explicación, para lo cual recurrieron al extraño suceso al que “milagrosamente” sobrevivió. Tres mujeres estaban bajo un árbol cuando un rayo cayó sobre ellas. Las tres quedaron fulminadas al instante, mas no el bebé que sostenían en sus brazos, era Mary Anning con tan solo 15 meses de edad.

Pionera de la paleontología

Hay quien dice que Mary Anning no merece un hueco en la historia de la ciencia, que tan solo era una coleccionista de fósiles que ella misma no era capaz de entender. Es difícil juzgar qué tipo de sesgos o falsas creencias pueden llevar a alguien a afirmar tal cosa cuando, porque revistando su correspondencia y buceando someramente en las evidencias de las que disponemos, nos encontramos que, lejos de ser una coleccionista, era una verdadera experta. Sabemos que se carteaba con algunas de las mayores mentes que la geología y la paleontología han dado, como el mismísimo Charles Lyell, con quien intercambiaba ideas en calidad de una igual. Otro ejemplo fue el del eminente biólogo y geólogo Louis Agassiz, a quien Anning ayudó profesionalmente durante su breve estancia en Lyme Regis. Agassiz estuvo tan agradecido de aquello, que bautizó a una especie de pez cartilaginoso prehistórico como Acrodus anningiae en honor a Anning.

Más allá de coleccionar fósiles, Anning conseguía encontrar nuevas especies, pues estaba al día de los descubrimientos y sabía cuando estaba ante algo inaudito. Así pues, debemos a ella que se encontrara e identificara correctamente el primer ejemplar de ictiosaurio, un orden de reptiles marinos de aspecto parecido a un delfín, pero mucho más grande. Del mismo modo, también fue la primera en encontrar los dos primeros esqueletos cuasicompletos de plesiosaurios, otro orden de reptiles marinos de cuello extremadamente largo, que han inspirado la imagen que tenemos hoy en día del mitológico monstruo del lago Ness. Otro descubrimiento de los que hacen historia fue el del primer Dimorphodon, un reptil volador más (pterosaurio) y el primero de su tipo que se encontraba fuera de Alemania.

Asimismo, identifico una suerte de bolsa de tinta en los fósiles de belemites, apuntando a que estos cefalópodos, ya tenían ese mecanismo defensivo tan característico de los pulpos y calamares de la actualidad. Por otro lado, suele hablarse de las famosas piedras de bezoar que, en realidad, resultaron ser heces fosilizadas (coprolitos). Sin duda salimos de esta confusión gracias al ojo y la experiencia de Anning, no obstante, esto no se suele contar con precisión. No todas las piedras de bezoar eran coprolitos, solo algunas a las que se les había llamado así por su similitud. La mayoría de bezoares son pelos o fibras vegetales que se comprimen durante su paso por el tubo digestivo de los animales, pero no necesariamente son expulsados como excrementos. Algunos se impactan, y otros, formados en el esófago pueden incluso regurgitarse.

Pero no una más

En cualquier caso, resulta difícil negar la influencia de Anning en la paleontología, sobre todo si lo comparamos con una época donde los avances eran pocos y en su mayoría confusos, pues estábamos a los albores de una nueva disciplina que tardaría décadas en madurar. Lo que sí podemos dudar, y haremos bien en hacerlo, es sobre las facilidades que pudieron darle a una mente brillante como la de Anning para ganarse ese hueco en la historia. La triste realidad es que se encontró muchas más trabas que sus compañeros, en parte por ser mujer y en parte por su condición social.

Anning tuvo que demostrar el doble que sus contemporáneos y superar la inferioridad que los rechazos y su humilde origen le hicieron sentir. Durante su vida, fue ganando esa confianza injustamente arrebatada hasta atreverse a expresar en público sus opiniones, y en la medida en que le era consentido, ante la academia. Solo podemos imaginar la frustración que Anning sentía por dentro cada vez que un supuesto experto, más coleccionista que sabio, publicaba un insulso artículo sobre alguno de los fósiles que ella vendía para subsistir. Ella podía haber escrito documentos mejores, más detallados y con un poso de experiencia que los coleccionistas no tenían, sin embargo, no era su nombre el que aparecía en esos artículos, no era su apellido el que reverberaba entre las paredes de la academia, era el de otros con más dinero y los cromosomas “adecuados”.

Su disputa con George Cuvier, cuando este le acusó de falsear los dibujos de uno de los esqueletos de plesioasurio fue, tan solo, uno de los muchos baches que casi la hicieron fracasar. Por suerte, su legado ha llegado hasta nuestros días y qué mejor forma de ponerlo en valor y darlo a conocer que con una película como Ammonite.

Porque, que ciencia y cine van muchas veces de la mano es algo que ya sabíamos y que muchos comunicadores científicos demuestran a diario con gran éxito. Ejemplo de ello es Carolina Jiménez de @Okinfografía o el equipo formado por Sandra Medrano y Andrés Redondo creadores del podcast @ciencia_cine.

A fin de cuentas, somos humanos, aprendemos y disfrutamos con las historias. Son ellas quienes nos han traído hasta aquí, hayan sido contadas con números, o con letras. Son las que guiaban a los nativos australianos a través del árido desierto y las que nos ayudan a dar sentido a la realidad en la que estamos inmersos. La literatura y la radio son grandes formas de transmitir esas historias, pero el cine es el lenguaje de las masas y el poder que tiene puede iluminar o ensombrecer la vida de un personaje histórico con tan solo una escena es inimaginable.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Aunque algunos historiadores afirman que Mary Anning y Charlotte Murchison mantuvieron una relación amorosa, no todos parecen estar de acuerdo. No obstante, la vida personal de esta figura y la relación epistolar con Murchinson convierten la hipótesis de su amorío en algo más que una especulación. Del mismo modo, al igual que no se tienen pruebas para afirmarlo tajantemente, tampoco se tienen para negarlo con rotundiad. Lo que sí podemos afirmar es que Charlotte Murchinson fue, posiblemente, la persona más importante y determinante para la vida de Anning.
  • Mary Anning fue muchísimo más que una coleccionista de fósiles y llegó sorprendentemente lejos para el contexto del que provenía y las limitaciones impuestas a las mujeres de la época, en una sociedad más desigual que aquella en la que vivimos. Esto no significa que hayamos dejado atrás estas barreras, sino que en nuestro tiempo respetamos más los derechos humanos que en el siglo XIX, lo cual tampoco quiere decir mucho.

REFERENCIAS (MLA):