Con la casa a cuestas: cómo sobrevivir en el desierto del océano

Los larváceos viven en el océano abierto a más de 200 metros de profundidad. Para encontrar comida se fabrican sus propias «casas»

La vida empezó en los océanos, pero eso no significa que sean un lugar fácil para vivir. Grandes zonas del océano, por extraño que parezca, son lugares pobres donde los recursos escasean, como los desiertos de la tierra firme. Esto se debe a que las algas y otros seres fotosintéticos, que forman la base de la pirámide alimentaria, sólo pueden crecer si tienen las apropiadas materias primas.

Desiertos en el océano

En primer lugar, los seres vivos que hacen la fotosíntesis necesitan luz del sol en abundancia. Es lógico pensar que las grandes “factorías de comida” de los océanos se encontrarán cerca de la superficie, en los primeros doscientos metros de agua. Pero, por otro lado, los seres vivos también necesitan ciertas sustancias inorgánicas para poder crecer. Estas sustancias incluyen nitratos, fosfatos y, en algunos casos, silicatos y hierro. Las comunidades de la superficie marina consumen estas sustancias rápidamente, y sólo vuelven a ser abundantes en los fondos oceánicos, gracias a que allí se produce la descomposición de la materia orgánica que cae de arriba.

Así pues, los grandes productores de comida del océano necesitan la luz de la superficie y los nutrientes que están en el fondo. ¿Quiere esto decir que la vida nunca «llega a arrancar» en los océanos? No. Lo que quiere decir es que donde de verdad florece la vida es en los lugares en que las aguas profundas suben a la superficie. Allí tenemos las dos materias primas: nutrientes inorgánicos y luz del sol. Esas regiones son relativamente pequeñas, y a menudo se localizan en las costas de los continentes. El resto del océano, a medida que nos alejamos de estas regiones, es progresivamente más pobre en recursos, hasta el punto de que las zonas más aisladas son, a todos los efectos, verdaderos desiertos.

La mayoría de esos «desiertos» están en el mar abierto. Salvo los pasillos regados por las corrientes que vienen del fondo, el resto suelen ser zonas pobres donde la vida no es abundante. Pero, como en los desiertos terrestres, eso no significa que no haya vida: es sólo que ésta vive dispersa y que ha de tener ciertas habilidades especiales para sobrevivir: la capacidad de recorrer grandes distancias, por ejemplo, buscando las corrientes propicias, o la de aprovechar de forma muy eficiente la poca comida disponible.

Y si el mar abierto ya es un entorno pobre, la palma se la lleva toda el agua que está por debajo de la superficie. Ahí abajo vive gente, incluso a profundidades en las que ya no es posible hacer la fotosíntesis. Esos habitantes de la columna de agua pueden pasar toda su vida sin saber que existe un suelo. Algunos subirán periódicamente a la superficie a alimentarse; otros llevarán milenios, generación tras generación, sin conocer otra cosa que una extensión infinita de agua en todas direcciones. Su mundo, sin duda, no se parece demasiado al que nosotros tenemos en mente.

Hoy os vamos a contar la historia de uno de esos habitantes de la columna. Y de cómo, sin ser especialmente complejo, consigue prosperar en ese desierto tridimensional que es la columna de agua.

Un linaje ancestral

Los protagonistas de esta historia son los larváceos, un animal de pequeñas dimensiones que, a primera vista, podríamos confundir con un renacuajo de piel blanquecina: tienen una cabeza prominente y de ella sale una cola que utilizan para propulsarse. La mayoría miden menos de un centímetro, pero unas pocas especies llegan a los diez centímetros de la cabeza a la cola. Esta descripción estaría muy bien si no fuese porque, pese a su aspecto de renacuajos, la cabeza no es realmente una cabeza… y la cola no es exactamente una cola. Los larváceos son tunicados, un grupo de animales cercanamente emparentados con los vertebrados, pero que se separaron de nosotros antes de que nuestros antepasados empezaran a producir vértebras y cráneos. La «cabeza» de los larváceos es en realidad su tronco, e incluye todos los órganos vitales y el tubo digestivo. La cola… sí es una cola, pero tiene la peculiaridad de que apunta hacia delante, como si a nosotros nos saliera de la barriga. A lo largo de la cola hay un cordón cartilaginoso, el notocordio, que es el órgano que en nuestro grupo dio lugar a la columna vertebral.

Los larváceos viven en el océano abierto y se alimentan filtrando el agua, que era posiblemente la estrategia ancestral de nuestro antepasado común, hace más de 500 millones de años. El agua entra por la boca del animal y pasa por la faringe, donde una sustancia mucosa atrapa las partículas comestibles y las transporta al estómago. El agua sobrante sale por unas ranuras de la faringe, que son las mismas que forman las branquias de los peces. Recorrer el cuerpo de los tunicados a menudo tiene este resultado: encontramos estructuras que nos resultan familiares, pero que ellos usan de otra manera.

Así pues, los larváceos son filtradores de agua. Para sobrevivir, lógicamente, necesitan que en el agua haya comida para filtrar, y la comida no siempre abunda en la paupérrima columna de agua. Su solución a este problema ha sido recurrir a la arquitectura.

Una casa de moco

Los larváceos construyen una estructura que en la jerga científica se conoce como casa, y se instalan en su interior. Estas casas no sirven para vivir, sino para cazar: en realidad son redes extremadamente sofisticadas, formadas por un laberinto de conductos y cavidades, con el larváceo cómodamente instalado en el centro. Mediante movimientos de su cola hace que el agua circule por dentro de la casa, y en las cavidades más internas, cerca de su boca, tiene instalados unos filtros que atrapan y acumulan las partículas alimenticias. Así, con un solo bocado come mucho más de lo que conseguiría filtrando agua de mar al azar.

Tras unas cuantas horas de funcionamiento los filtros de la casa se obstruyen y el larváceo abandona la estructura. No es una construcción hecha para durar, sino un utensilio práctico que es descartado cuando termina su vida útil. Acto seguido el larváceo empieza a fabricar la siguiente casa y el proceso vuelve a empezar.

Lógicamente, como se trata de herramientas tan perecederas, los larváceos no invierten mucho en su construcción. No están hechas de materiales duros y difíciles de conseguir, sino de una sustancia mucosa que segrega el propio animal y que se deshace rápidamente al más mínimo contacto. No entendemos aún los detalles de cómo las fabrican, pero sí sabemos que unas células especializadas segregan la casa en una forma “plegada” alrededor del animal, y cuando está terminada éste mueve la cola para llenarla de agua, como si estuviera hinchando un globo.

Gigantes de las profundidades

La mayor parte de los larváceos son pequeños y sus casas miden unos pocos centímetros, pero algunas de las especies de aguas profundas han crecido hasta tamaños más de diez veces los de sus parientes: son los larváceos gigantes, de hasta diez centímetros de longitud. No parece un tamaño muy imponente, pero sus casas llegan a medir dos metros, y eso ya empieza a ser respetable.

Los larváceos gigantes viven a profundidades medias, entre 200 y 1.000 metros, en una zona a la que aún llega algo de luz del sol. Sólo comen seres unicelulares de menos de cinco micras de longitud, y se sospecha que las bacterias forman el grueso de su dieta. Podríamos pensar que su alimentación es… algo pobre, pero lo cierto es que sus tamaños no tienen parangón entre los larváceos. Son claramente los reyes de su familia, así que algo deben de estar haciendo bien. Es probable que sus enormes casas, que les permiten recoger grandes cantidades de comida, tengan algo que decir en esta cuestión.