¿Nuestro cuerpo ha evolucionado para que se nos arruguen los dedos en el agua?

Cuando permanecemos unos minutos en el agua, las palmas de las manos y las plantas de los pies se arrugan. Sin embargo, la piel del resto de nuestro cuerpo permanece tersa. ¿Por qué sucede este curioso fenómeno?

Las palmas de la mano se arrugan después de una larga estancia en el agua | Fuente: Dreamstime
Las palmas de la mano se arrugan después de una larga estancia en el agua | Fuente: Dreamstime FOTO: Dreamstime

Es una de las cosas más curiosas que suceden en nuestro cuerpo. Si pasamos un rato sumergidos, podremos observar como la piel de la punta de nuestros dedos, que hasta hace un rato estaba tersa; ahora presenta una serie de pliegues en la epidermis. Lo interesante de este fenómenos es que sólo sucede en las palmas de los manos y en las plantas de los pies, pero no en el resto de nuestro cuerpo, como en nuestro pecho, nuestro antebrazo o nuestro cuello. Es decir, que no es únicamente la reacción de la piel a la humedad, porque tenemos piel por todo el cuerpo… y no se arruga con la humedad. Entonces, ¿Qué hace especial a la piel de las manos o de los pies? Esta pregunta ha desconcertado a los científicos durante mucho tiempo.

Solo se arrugan las palmas de los manos y las plantas de los pies, pero no el pecho, el antebrazo o el cuello. ¿Por qué? | Fotografía de archivo
Solo se arrugan las palmas de los manos y las plantas de los pies, pero no el pecho, el antebrazo o el cuello. ¿Por qué? | Fotografía de archivo FOTO: REDACCIONAL LA RAZON

¿Una ventaja evolutiva?

En el año 1935, un grupo de científicos se dieron cuenta de algo muy interesante: los dedos de los pacientes que tenían cercenado el nervio mediano del brazo no se arrugaban al entrar en contacto con el agua. Era un descubrimiento importante, porque de aquello se podía deducir que el sistema nervioso simpático estaba implicado en el fenómeno de los dedos arrugados. Es decir, no se trataba de una respuesta pasiva del organismo. En realidad, el sistema nervioso activa el organismo para generar una reacción fisiológica en la piel ante el estímulo del agua. Sin embargo, en aquel momento no pudieron encontrar cuál era el propósito de este mecanismo.

Fue en el año 2020 cuando otro grupo de investigadores dio con una hipótesis que podría explicar la incógnita de una vez por todas: quizás se debía a una adaptación evolutiva que nuestro cuerpo ha desarrollado para mejorar el agarre con las superficies húmedas. Esto podría explicar -por ejemplo- el hecho de que resbalarse en la ducha sea más complicado cuando las plantas de los pies están arrugadas.

Para probar su teoría, reunieron a 500 voluntarios y les pidieron que tratasen de coger ciertos objetos más o menos lisos. Aunque con un pequeño matiz: una parte de la muestra tendría los dedos arrugados y otros no. Lo que sucedió es que aquellas personas que no tenían arrugada la piel de los dedos tuvo que hacer menos esfuerzos para sujetarlos, mientras que la calidad del agarre de las personas con los dedos arrugados fue bastante más deficiente y tuvieron que hacer más fuerza.

Después hicieron el mismo experimento, pero esta vez lo harían con objetos mojados. Los resultados fueron claros y opuestos. Ahora, aquellas personas que habían sumergido un tiempo las manos en el agua y que ya tenían los dedos arrugados eran capaces de sujetar los objetos con mucha más facilidad que aquellos que todavía tenían los dedos secos y tersos.

Algunos científicos postulan que las arrugas de los dedos son en realidad, el fruto de la evolución de nuestros ancestros para recolectar alimentos de vegetación húmeda o en arroyos
Algunos científicos postulan que las arrugas de los dedos son en realidad, el fruto de la evolución de nuestros ancestros para recolectar alimentos de vegetación húmeda o en arroyos

De este modo, explican los expertos, estas arrugas causadas por una contracción de los vasos sanguíneos demandada por el sistema nervioso simpático, serían fruto de la evolución de nuestros ancestros mientras recolectaban alimentos de vegetación húmeda o en arroyos. El aumento de la fricción entre los dedos y el objeto permiten así que se mejore el agarre. Esto puede parecer algo banal en el mundo moderno. Pero si nos remontamos unos cuantos miles de años atrás, podremos imaginarnos la importancia de esta ventaja evolutiva y lo que podría suponer para los humanos más primitivos poder caminar sobre las rocas mojadas de un riachuelo o para recoger todo tipo de criaturas marinas.

Ahora bien, hay que señalar que esto es todavía una teoría provisional. Podría ser que se tratase -simplemente- de una consecuencia no buscada de otro mecanismo fisiológico aún sin descubrir. O puede que se trate únicamente de una respuesta biológica de nuestro organismo sin ningún tipo de función adaptativa.