Juan Pablo Fusi: «No sé cuál es la idea de España que tienen hoy los líderes políticos»

El historiador repasa el siglo XX en «Ideas y poder», treinta semblanzas de los intelectuales, pensadores y representantes públicos que marcaron esa centuria

El historiador Juan Pablo Fusi. Foto: Cipriano Pastrano
El historiador Juan Pablo Fusi. Foto: Cipriano Pastrano© Cipriano Pastrano

A veces en el esbozo existe más cuadro que en el óleo. Juan Pablo Fusi parte de una premisa de Dilthey y Ortega, la idea de que el «hombre es un ser biográfico», para trazar un vivo aguafuerte de treinta personalidades, escritores, economistas y estadistas que marcaron el devenir del siglo XX. Unos retratos que surgen de la destilación de las ideas y los impulsos rectores que condujeron los días y la vida intelectual de este conjunto de hombres y mujeres, y que, de una manera indirecta, aunque no casual, despliegan ante el lector una amplia cartografía de utopías, imaginaciones políticas y tragedias que han jalonado la pasada centuria.

-¿Hoy más que nunca hacen faltan héroes, «gentes que nos lleven por un curso distinto»?

-No sé si héroes, pero sí se necesita liderazgo, y un liderazgo fuerte, claro y también una proyección de lo que se hace desde el estado y las instituciones internacionales. Ahora vivimos cambios acelerados. Estamos en una sociedad abierta, compleja, con problemas graves. Por eso se requiere un liderazgo decidido, convencido, con principios morales e ideas claras para actuar desde el poder.

El historiador reúne en «Ideas y poder» (Turner) a personajes de distintos talares y hormas que modelaron su tiempo, desde Sigmund Freud, Albert Einstein, Hannah Arendt, Isaiah Berlin y José Ortega y Gasset hasta Mao Zedong, Stalin, Hitler, Churchill, Manuel Azaña, Albert Camus o Martin Luther King.

-¿Cómo ve la manipulación de la historia y de apropiaciones de banderas y símbolos?

-Con enorme preocupación, desaliento y una especie de derrota generacional. La Transición fue un gran momento histórico, un esfuerzo colosal, un acierto político, con todos los límites que le podamos poner, y una de las reorganizaciones del Estado más profundas que se ha hecho en ningún otro país, orientada a la plena integración de los nacionalismos periféricos en el entramado nacional, concediéndoles un autogobierno como no ha tenido lugar nunca. Incluso se acuña esa expresión controvertida que es «nacionalidades» para esas regiones que tienen conciencia nacional. Pocas veces se ha visto un cambio estatal así en otro territorio. La Transición surge de todo lo que ha sido España. Aquí hemos tenido pronunciamientos, cambios de dinastía, repúblicas... si detrás de todo eso latían problemas de democracia, con la Transición ha habido una respuesta clara y una solución que, para mí, debería haber sido permanente.

-¿Y ahora?

-Estamos en un revisión de los fundamentos históricos que pudo tener esa Transición y, a la vez, una revisión del ordenamiento territorial tan extremadamente descentralizado y generoso hacia nacionalidades y regiones. Hay que tener en cuenta que los Estados no renuncian a eso tan fácilmente. Véase Francia. Puedo entender que haya cambios generacionales, sensibilidades distintas, valores nuevos, pero ese cuestionamiento que se ha hecho del ordenamiento del sistema español del 78, sistema, digo, no régimen, lo vivo con enorme preocupación, desaliento y derrota generacional, porque mi generación desde luego ha tenido una preocupación y una obsesión constantes: conseguir una democracia en España.

En el libro aparecen líderes buenos y malos, pero todos contaban con unos planteamientos que él repasa. «Mao tiene una idea mesiánica de China, que le lleva a cometer atrocidades. Es un hombre que no dice nada, pobre, que cree en un gran estado, pero que hace de China un disparate sin paliativos; es la historia de un horror». Juan Pablo Fusi también comenta por qué a lo largo de la historia han alcanzado el poder personas mediocres. «Stalin, al igual que otros personajes anodinos, posee astucia, inteligencia política y sabe dónde residen las claves del poder. Él sabe que la clave del poder, no está en la calle, ni en la masa, sino en el Politburó. Al contrario que él, Trotsky tenía una gran audacia y capacidad intelectual, pero es indiferente al control del partido y considera que una vez que desaparezca Lenin, el partido recaerá sobre él. Fue un error enorme. Él fue incapaz de ver la clave del poder».

-¿Cómo está repercutiendo la corrupción en nuestro país?

-Supone la deslegitimación de la política. Trae escepticismo. Se considera que la política es corrupción. Es una catástrofe. Pero ha habido otros países que también la han sufrido, aunque nunca se cuestiona su sistema político, que no es el responsable. En España erosiona la idea de poder político y público. Con la corrupción, los partidos deben estar con la escopeta cargada permanentemente.

-¿Cataluña ha influido en el ascenso de la ultraderecha?

-Eso está claro. Este resurgimiento de Vox y de una españolidad fuerte responde al desafío al Estado por parte del independentismo catalán y la debilidad de la idea de España desde el propio poder político español. Se ha dejado un vacío. Esto se ha traducido en un sentimiento de fuerte de españolidad, que no tiene que ser negativo, pero que hemos descuidado desde la política española. Las debilitaciones de la idea de España, de Estado y de sentimiento de nación han llevado a que aparezca un partido que se ha adueñado de eso.

-Ortega, Azaña, tenían un modelo de España. ¿Eso es necesario hoy?

-En muchas conferencias he repetido que no se puede estar en la vida pública de España sin conocer a fondo a Cánovas, Ortega y Azaña. Habría que volver a políticos intelectuales que sí han tenido una clara visión de España y de lo que querían hacer desde el Estado por su nación y eso ahora, con sinceridad, no lo veo. No sé muy bien qué idea de España tienen algunos de los principales líderes políticos que aparecen todos los días al frente de nuestro país. No lo sé, porque no se pronuncian sobre ello más allá de algunas consideraciones generales sobre la Constitución, el crecimiento económico, la garantía de las pensiones y la seguridad social. Pero... ¿Algo más? ¿Qué es España? ¿Qué se quiere hacer? ¿Qué tipo de educación queremos? No hay que estar siempre definiéndose agónicamente sobre cuál es nuestro destino, pero hombre, un poquito más de conciencia y de discurso y liderazgo sobre España como nación sería bueno. Si eso lo hicieran los líderes democráticos probablemente no estaríamos viendo este ultranacionalismo de la derecha o, por lo menos, no tendría tanta fuerza.