Cultura

Los libros de la semana: del desembarco de Max Porter al último adiós de Camilleri

Un ensayo de Peter Sloterdijk, “La herencia del dios perdido”, y los relatos de Emir Kusturica completan la oferta literaria de la semana

La segunda caída de los dioses

Toda mitología contiene necesariamente, al comienzo y al final, dos elementos fijos y, en cierto modo, de recurrencia obsesiva en la historia de nuestra cultura. Al comienzo, la cosmogonía, un origen de las cosas, que siempre incluye por excelencia una teogonía, es decir, el nacimiento de Dios o de los dioses. Al final, ha de haber una escatología, es decir, lo que sucederá al final de la existencia, por un lado, biológica, pero también lo que pasará en ese final de los tiempos. ¿Volverá el proceso entre cosmogonía y escatología al principio en un tiempo circular y digno de la vida cíclica o «zoé»? Más allá del tópico religioso, nunca lo sabremos. Pero el final de los tiempos y el ocaso de los dioses constituyen un tema mítico explotado desde la mitología clásica, hinduísta, nórdica o germánica hasta las recreaciones filosóficas y artísticas de ese «Götterdämmerung» que han marcado indeleblemente la modernidad, desde la filosofía de Nietzsche y la ópera de Wagner hasta las versiones cinematográficas de Visconti o la inolvidable «Sunset boulevard».
Lo cierto es que es difícil ver o sentir cómo un dios muere, pero si para las religiones antiguas fue una culminación de un proceso, para nuestra modernidad la «muerte» de Dios resulta una experiencia fundacional. El nuevo libro de Peter Sloterdijk sobre la herencia de ese crepúsculo –compuesto de diversas aportaciones, conferencias o prólogos sobre el tema– se abre con un marco de las reflexión acerca de las consecuencias y postrimerías de la afirmación «Dios ha muerto». La problematización de la omnisciencia y omnipresencia del dios monoteísta ocupan al autor alemán, desde la idea del final y exilio de los antiguos dioses en nuestro mundo (un tema de Heine). Sus pensamientos sobre la mitología antigua y las ideas del fin del mundo en diversas tradiciones –desde el «Ragnarok» al «Mahabharata» o al «Apocalipsis»– son ricas y sugerentes para entender la deuda de la modernidad hacia esos procesos. Sloterdijk es crítico con aproximaciones anacrónicas, sea al protestantismo o la gnosis, o con la doctrina de Jaspers de la era axial, que quieren retrotraer cierta racionalidad y moralidad a épocas muy antiguas buscando cierta legitimación.
Deconstruir lo divino
El libro nos lleva ágilmente entre moral, ética, religión y mística al hilo de diversas cuestiones como, por ejemplo, la actualización del cristianismo, la filiación divina, el pecado original, la introspección o la irrupción en las ciencias de las religiones del corpus de los llamados gnósticos, tan explorados desde la psicología junguiana, a partir del descubrimiento de los textos de Nag Hammadi. Autores como Lutero, Buber y Heidegger, entre otros, jalonan este recorrido sobre el descenso, desmitologización y deconstrucción de lo divino en nuestra modernidad a partir de las emblemáticas operaciones de Nietzsche y Freud a finales del XIX. Sloterdijk nos brinda, en suma, excelentes materiales para una reflexión cosmogónica y a la par escatológica.
David HERNÁNDEZ DE LA FUENTE

Belleza y horror de ser niño

¿Quién es Lanny? Lanny es un chico muy especial. Un niño demasiado sensible y con una imaginación más que poderosa, aunque, para muchos de sus vecinos y familiares, no deja de ser alguien extraño y raro, alguien que vive en un mundo propio de fantasía y repleto de fábulas y ensueño. Sus padres, sin embargo, adoran a Lanny, más allá de que muchas veces se desconciertan ante la forma de pensar y de ser del niño. Solo lo entienden, parece, el viejo artista de ese pueblo rural situado no muy lejos de Londres y un espíritu muy antiguo y un poco malvado que se mueve por debajo del suelo y que conoce la vida de todos los habitantes del pueblo, pues desde hace varios años no ha hecho otra cosa más que escuchar sus existencias y sus sueños y sus miedos. Especialmente a Lanny, su habitante favorito.
Segunda novela de este joven y prometedor escritor que se estrenó con «El duelo es esa cosa con alas», «Lanny» es una historia que sorprende gratamente por su inteligente originalidad. No tanto por el argumento en sí, ya que Max Porter se vale de una tradición literaria profundamente imaginativa, sino por la forma que elige para desplegar una trama que, en sí misma, no tiene quizá demasiado peso narrativo. En ese sentido, Porter logra, pese a todo, construir una especie de collage dramático, un coro de voces dispersas que, en conjunto, son las que marcan, en definitiva, el tono constante de la novela.
Lírico, pero no cursi
Un tono, por otro lado, muy cercano a la poesía, pero que no es necesariamente lírico ni extremadamente cursi. Tal vez porque, en el fondo, detrás de esta novela hay una pretensión de coquetear con una ficción de corte experimental, que se traduce en una sintaxis peculiar, en líneas de tiempo desarticuladas o en una tipografía que, por momentos, se muestra de manera impredecible. Esa pretensión experimental, de todos modos, no incomoda, sino todo lo contrario, porque es en el tono de la obra y en el estilo del autor donde «Lanny» ofrece sus puntos más fuertes e interesantes, porque a través de ellos se permite entrever una histora de horror y belleza sobre lo que significa la infancia.
Notable, entre muchos otros motivos, por la sobriedad y por la extravagancia que desprende su prosa, es una novela que, más allá del horror que pudiera haber en ella, está llena, por momentos, de situaciones de amor profundo y de exquisita ternura, especialmente cuando el lector observa a ese niño extraño y excepcional a través de los ojos de quienes lo rodean, ya sea una madre entusiasta y devota, un padre lejano pero cariñoso o un viejo espíritu que se transforma en su única compañía.
Diego GÁNDARA

El último y más sabio Camilleri

Ateniéndose a la fecha de «Il Menssaggero», inserto en «Km 123», la novela pudo escribirse hacia 2008, pero fue publicada en Italia el año pasado, pocos meses ante de la muerte de Andrea Camilleri. Por su escasa extensión, apenas un centenar de páginas esponjadas hasta conseguir doblarlas, «Km 123» se complementa con una conferencia sobre la novela policíaca, «Defensa de un color», que pronunció en el congreso de «Scrittori e critica a confronto» («Escritores y críticos en debate»), celebrada en 2003 en la Università degli Studi de Roma Tre. En este interesante ensayo final, Camilleri reflexiona sobre la historia de la novela policiaca italiana y la razón por la que, en Italia, se conozca por «Giallo» la novela negra: era «amarillo» el color de las portadas de los libros de este género que comenzaron a publicarse a partir de 1929. Curiosamente, en España, la editorial Molino editaba distintas colecciones de novelas populares con portadas de diversos colores pero en su Biblioteca Oro primaba el amarillo. En ella se editaron en los años 40 las más famosas novelas policiacas.
En Francia, la editorial Gallimard debió tomar la idea de Mondadori para su colección de novela de policías y ladrones, pero utilizando el negro para las portadas de su «Série noir», donde, desde 1945, se publicaron los autores del «hardboiled» norteamericano. La idea de titularla «serie negra» fue del poeta Jacques Prévert. Con el tiempo, el género más duro pasó a denominarse «novela negra» y por extensión el resto. Hoy todo es «noir».
En «Km 123», Andrea Camilleri ha construido un relato breve, condensado en una serie de elementos narrativos: msm, recortes de Prensa, informes policiales, misivas y llamadas telefónicas. Un texto despojado de un narrador y reducido a diálogos sin acotaciones, al modo teatral. El conjunto es un relato singular, ese mínimo estructural que obliga al lector a completar la intriga, que comienza como un vodevil matrimonial, sigue con una intriga enloquecida de amantes posesivas y maridos venales y termina con la ingeniosa intervención de un policía que recuerda al ayudante de Montalbano y enfrentado a un jefe con menos luces que el del detective de Vigatá.
Desafío al lector
El texto de Camilleri tiene el despojamiento, la escueta sobriedad de un relato policíaco en el que se ha primado lo esencial, como si el autor se desafiara a sí mismo. Renunciar al narrador es arriesgado cuando no se poseen las virtudes de un escritor con una carrera tan dilatada como la de Camilleri. Además, es un juego literario que el autor plantea al lector. Lo que ha suprimido Camilleri es la parte descriptiva, siguiendo la máxima de Elmore Leonard: «Elimina las partes que el lector tiende a saltarse». La trama es ingeniosa y el experimento textual, todo un hallazgo expresivo: se lee sabiendo que lo que falta nada añade a este enredo de asesinatos, venganzas e investigación criminal realmente intrigante. Punto final a la aventura literaria de este reflexivo escritor y gran novelista.
Lluís FERNÁNDEZ

Kusturica, la vida es un milagro

Hay mucho en los seis relatos de este libro del universo enloquecido y a veces absurdo de las películas de Emir Kusturica, que además de músico y escritor se convirtió en director de culto en los años 90 del pasado siglo. Pero sobre todo está lo esencial: el ritmo y las emociones. Y se aprecian aún más estos elementos, ya de por sí cruciales en cualquier narración, cuando se trata, como en este caso, de historias de crecimiento protagonizadas por adolescentes y con especial hincapié en las relaciones materno y paternofiliales. Son historias familiares en las que los padres discuten entre sí y con los hijos, se pelean y se engañan, pero también se quieren, todo con una gran intensidad, término que marca toda la obra de Kusturica, ya sea fílmica, musical o literaria. Los seis relatos transcurren en Bosnia-Herzegovina en la década de los 70, antes de que Yugoslavia se rompiera definitivamente y cuando todavía el gobierno era un partido al que se obedecía sin discusiones.
En el primer relato, Zeko, enamorado de una niña vecina, le cuenta sus desgracias a una carpa que mantiene en la bañera, y también el amor y los animales son protagonistas del titulado «En el abrazo de la serpiente». Pero hay un protagonista recurrente en varias de las historias: Aleksa Kalem, de trece años, que vive con sus padres, Azra y Braco, un empleado del gobierno que transmite a su hijo sus originales ideas, por ejemplo: detrás del ombligo está el alma y solo se consigue ser adulto cuando adquieres confianza en ti mismo, algo que únicamente se logra aprendiendo a caminar con un calzado herrado, para que la gente te reconozca por la calle. Las mentiras entre los padres serán el origen del magnífico cuento «Bueno… como gustes», en el que padre y madre están ingresados en el mismo hospital sin saberlo, mientras su hijo corre de una cama a otra guardando el secreto y diciendo a cada uno lo que desea escuchar. Al fin y al cabo, una forma de crecer, aunque sea alocada, en la que queda claro que los padres y otros personajes son capaces de amarse, odiarse, protegerse y engañarse, todo al mismo tiempo y con una rapidez de vértigo.
De lo jocoso a lo trágico
Los malentendidos y las crisis se convierten en conflictos a veces resueltos de forma jocosa y otras trágicamente. Ocurre con este libro lo mismo que con las películas del autor, que es inevitable pensar en el estallido del conflicto de los Balcanes. Pero, ante todo, de estos relatos con seguridad vamos a recordar un gran personaje: Aleksa, ese niño tierno y listo, a punto de hacerse un hombre, que intenta comprender a su padre y lo define acertadamente traduciendo mal el título de una famosa canción de Sinatra.
Sagrario FERNÁNDEZ-PRIETO