221B de Baker Street: El eterno regreso de Sherlock Holmes

El tercer filme sobre el detective, con Robert Downey Jr. como protagonista, aumenta las visitas a la dirección postal más famosa de todo el mundo

Robert Downey Jr., arriba junto a Jude Law, en la segunda parte de esta saga, que resultó un gran éxito en taquilla
Robert Downey Jr., arriba junto a Jude Law, en la segunda parte de esta saga, que resultó un gran éxito en taquilla

Pocas frases más célebres que la pronunciada por Sherlock Holmes a su ayudante: «Elemental, querido Watson». Si bien tal latiguillo no se dice en ninguna página que escribiera Arthur Conan Doyle, pues en realidad apareció por vez primera en la película de 1939 (nueve años después del fallecimiento del autor), «Las aventuras de Sherlock Holmes». Alto y espigado, de «mirada aguda y penetrante», el personaje vio la luz en 1887, en «Estudio en escarlata» (protagonizará tres novelas más y cincuenta y seis cuentos). ¿Sus aficiones?: la apicultura, el boxeo, tocar el violín. ¿Sus hábitos? Comer galletas y tomar cocaína en casa, en el famoso 221B de Baker Street, de Londres, que comparte unos años con Watson. ¿Sus enemigos? El profesor Moriarty, líder de la criminalidad europea, que tira al detective por unas cataratas en «El problema final». Pero Doyle, empujado por las protestas y súplicas de sus lectores, resucitaría a su personaje, hoy más vivo que nunca.

Una nueva atracción

Tanto, que cuando uno se aproxima a la calle Baker, llamada así en recuerdo del constructor William Baker, quien la diseñó en el siglo XVIII –distrito de Maryleone, en la zona de Westminster, muy cerca del Regent’s Park y de Oxford Street–, divisa una larga cola a cualquier hora del día para entrar en su número 221B. Son turistas atraídos por la figura de Sherlock Holmes, icono universal del detective que resuelve misterios gracias a la más poderosa de las armas: la observación minuciosa y la capacidad de deducción. Una atracción que parece no tener fin y que el mundo del celuloide adaptó pronto, incluso con versiones mudas, las cuales empezaron a popularizar al personaje concebido por un escocés, formado en la facultad de Medicina, que se mudó a Londres en 1891, a los treinta y dos años, para dedicarse, sin éxito, a la oftalmología y que se acabaría consagrado a la literatura con un éxito inconmensurable.

A la vuelta de la esquina, como quien dice, se erige desde 1999 una estatua dedicada al protagonista de «El perro de los Baskerville», obra de John Doubleday, y, por supuesto, en el Edimburgo natal del escritor hay otra, levantada ocho años antes. Justamente, en 2019, Eduardo Caamaño publicaba una «biografía definitiva del creador de Sherlock Holmes», pues así se subtituló su libro «Arthur Conan Doyle» (Almuzara), destacando el hecho de que hay estatuas que rinden homenaje a Holmes, pero no a Doyle, quien «no solo tuvo reconocimiento internacional, sino también el desprecio de sus detractores, que solían referirse a él como un “auténtico lunático” por las descabelladas creencias que defendió con ahínco en la última etapa de su vida», esto es, las referidas a asuntos paranormales. En todo caso, resulta significativo cómo ciertos personajes se imponen a sus creadores, como Drácula de Bram Stoker.

El Sherlock Holmes personaje ya es una marca comercial, un reclamo turístico para todos aquellos que ni siquiera hayan leído una línea de Doyle. Así, The Sherlock Holmes Museum de 221B Baker Street tiene una intención más orientada al negocio que a lo cultural. La entrada (15 libras, unos 17,5 euros) resulta sumamente cara después de tener que aguardar en la calle, pues entran grupos de gente cada diez minutos, y, una vez dentro, los espacios angostos hacen casi imposible moverse con tantos otros curiosos. Hay por doquier trabajadores vestidos como en las narraciones: un típico gendarme inglés de finales del siglo XIX da la bienvenida en el portal, y una vez dentro hay muchachas disfrazadas de criadas, y un mayordomo que hace de anfitrión y dirige unas palabras en el primer piso, el estudio de trabajo de Sherlock Holmes y Watson, que compartieron desde 1881 hasta 1904.

Hay que reconocer que el trabajo de ambientación es impecable. La imagen es del todo fidedigna cuando se observan los mil y un detalles que inundan ese despacho y otros espacios, con libros, utensilios de química o piezas de vestir. En los relatos de Sherlock Holmes hay algunas descripciones del lugar, como cuando Watson dice que, en efecto, el despacho que daba a Baker Street era bastante pequeño y «estaba iluminado por dos ventanas anchas»; sabemos también que en una ocasión Holmes salió de su dormitorio, y dando un brinco atravesó el despacho para cerrar las cortinas, y en otra, se afirma que un hombre entró en el despacho y que era tan grande que casi llenó «la pequeña habitación». Detalles que también pueden compararse con las primeras ilustraciones de este hogar, publicadas en la revista «Strand» en 1891.

Ideal para los «freaks»

El cuarto de Watson estaba en el segundo piso, al lado del de la Sra. Hudson, y daba a un patio de la parte trasera de la casa. Estas habitaciones se usan ahora como salas de exposiciones. En la del ayudante del detective se pueden hojear libros, fotografías, grabados y periódicos de la época, mientras que en una esquina de la habitación de la ama de llaves se encuentra un busto de Sherlock Holmes, además de una colección de objetos del detective y una selección de cartas escritas y recibidas por el mismo Holmes. Pero lo más «freak» es la habitación en que se presentan diversos maniquíes tomando la forma de cadáveres extraídos de los relatos más célebres del investigador u otros, esta vez sin postura mortuoria y que encarnan la figura de Moriarty y otros personajes.

El final del recorrido está pensado para desembocar en la tienda, que muestra todo lo imaginable relacionado con Doyle. Lo curioso es que hay otro museo Sherlock Holmes… en Suiza. Está en Meiringen, cerca de las cascadas de Reichenbach, con otra estatua al aire libre, esta vez con un Sherlock sentado y fumando su pipa. Un museo pequeño, pero más espacioso que el londinense, pero igualmente bien trabajado desde el punto de vista de la recreación, y mejor en el plano informativo. Y si nos fuéramos más lejos, hasta encontraríamos otra estatua de él en Oiwakejuku, en Japón, construida para celebrar su centenario. En los Alpes hay otro rincón para los incondicionales de Sherlock. Fue elegido por Doyle para deshacerse de su personaje. Pero el escritor sintió tan cerca las protestas de sus lectores –su propia madre ya le advirtió de que su idea de matarlo no era buena–, que acabaría por resucitarlo. En un artículo, Doyle reconoció la necesidad de que alguien narrara sus aventuras y así nació Watson. La fama de estos, su realidad, por así decirlo, llegaría tan lejos que el novelista explicó que recibía cartas pidiéndole autógrafos de sus personajes. Y este museo londinense es un claro ejemplo de esa fusión entre lo real y lo ficticio que aún perdura.

Robert Downey Jr. será, de nuevo, el detective

El cine y la televisión han explotado sobremanera al personaje. Por solo hablar de tiempos recientes, cabe mencionar «Sherlock Holmes» (2009), de Guy Ritchie, protagonizada por Robert Downey Jr. y Jude Law, que luego disfrutó de una segunda parte. Ahora la tercera parte de Sherlock Holmes cuenta con una fecha de estreno: diciembre de 2021 (la productora la ha retrasado casi un año). Vuelve a contar con Robert Downey Jr. como el inolvidable detective y con Jude Law en el papel de Watson, aunque no ha trascendido aún el argumento. El cambio está en la dirección, que en esta ocasión estará a cargo de Dexter Fletcher. Otro caso, paradójicamente mucho más leal y fiel a los textos originales pese a ambientarse en el Londres actual, fue la serie de la BBC «Sherlock», cuya corta serie de capítulos de noventa minutos obtuvo un éxito de público y crítica enormes. Un ejemplo de cómo una obra literaria puede atravesar el tiempo y el espacio y mantener su espíritu. Como sucedió con la película de 2015 «Mr. Holmes», protagonizada por el veterano actor Ian McKellen, a las órdenes de Bill Condon, en lo que fue una adaptación de una novela de Mitch Cullin del año 2005. En ella, se presentaba un anciano Sherlock Holmes, quien, en 1947 y con 93 años, vive retirado en una remota granja de Sussex.