Roma, así se convirtió en una guarida de ladrones

El historiador Jerry Toner describe en «Infamia» los crímenes que se producían en Roma. Un ensayo que muestra una sociedad implacable, hipócrita y corrupta que no dudaba en recurrir a la violencia

La película «Espartaco», de Kubrick, muestra el destino que les esperaba a los rebeldes. Ellos y los esclavos sufrían los peores castigosRC (nombre del dueño)

Roma, un imperio fraguado a sangre y fuego. Despiadado en el campo de batalla, cruel con los rebeldes y mortal para quienes retaban su poder. Para contentar a la masa, sacrificó a cientos de hombres en luchas de gladiadores y aniquiló a miles de animales. Su civilización dio hombres como Julio César, que exterminó a pueblos enteros en la Galia, y emperadores como Tiberio, conocido por sus depravaciones sexuales, y Nerón, que por las noches se disfrazaba para atracar en la calle. A quien se resistía lo apuñalaba y lo dejaba ahí tendido.

De ellos heredamos el Derecho Romano, pero, ¿cómo se legislaban ellos? ¿Sus ciudades eran seguras? ¿Qué sucedía si a alguien le robaban o agredían? «Juvenal ofrece una imagen infame de Roma, como una guarida de crímenes violentos. Su tercera sátira tiene una vívida cuenta de los peligros de la calle: “Si vas a cenar sin hacer un testamento, afirma, eres imprudente. Hay tantas oportunidades de morir. Si tienes suerte, solo tendrás un orinal vacío en tu cabeza. Si no es así, encontrarás a un borracho enojado con ganas de pelear. O serás atacado por unos vagabundos con un cuchillo”. Pero es difícil decir qué tan precisa es esta imagen», comenta Jerry Toner.

El historiador ha escrito «Infamia», un libro que se aproxima más a un juicio de los romanos que a un ensayo. Una obra que explora hasta qué punto eran justos. «Los libros de leyes romanas concedían poco espacio a las agresiones comunes. Esto podría sugerir que las calles eran seguras, pero la razón principal es que no valía la pena recurrir a esos asuntos menores. La ley fue escrita por ricos que estaban protegidos por sus séquitos. La violencia cotidiana no les interesaba como problema legal. Evaluar cuán violenta fue Roma es difícil porque la ciudad fue una excepción. En su apogeo tenía alrededor de un millón de personas. Los ricos que vivían en casas grandes podían protegerse utilizando esclavos y construyendo altos muros para evitar intrusos. Todos los demás tenían que valerse por sí mismos».

–¿Existían más crímenes en Roma que hoy en día?

–El crimen afectó a personas de todos los niveles sociales. Incluso el emperador, jefe del sistema legal y fuente principal del Derecho Romano, podía comportarse como un criminal común si lo deseaba. La vida para los pobres estaba plagada de crímenes. Hoy sabemos qué hacer si somos víctimas de un delito: llamas a la policía, buscas un abogado... La experiencia de los romanos dependía de su estatus social. La mayoría no podía hacer frente a esos niveles de delincuencia tan altos. La respuesta no fue solo dirigirse a los tribunales, sino a la comunidad local, la religión y los actos de venganza directos.

–Dice que los emperadores cometieron crímenes...

– Ellos reflejaban la doble personalidad de Roma. Tenemos emperadores infames, como Nerón y Calígula, que personifican al tirano arbitrario. Inmunes de enjuiciamientos y por encima de la ley. Estos gobernantes rompieron todas las reglas del comportamiento social. Pero otros, como Augusto y Marco Aurelio, se esforzaron por hacer justicia. Con el tiempo, se involucraron más en todas las áreas de la vida romana porque los romanos buscaban lo que era aceptable.

–¿También era una sociedad corrupta?

–La corrupción estaba generalizada. Los gobernadores debían salvaguardar el sistema judicial, pero sobreviven muchos ejemplos de funcionarios que abusan de su poder. Los jueces podrían decidir ejecutar, torturar, azotar o encadenar a un ciudadano en contra de la ley. De hecho, los gobernadores provinciales parecen haberse convertido casi en sinónimo de corrupción. La actitud de los emperadores hacia esta corrupción se puede resumir en una historia sobre Tiberio. Cuando el gobernador de Egipto, Emilio Rectus, una vez le envió más dinero del estipulado, el emperador le devolvió el mensaje: «Quiero que me pelen las ovejas, no que las deshuesen». Los emperadores aceptaron tácitamente que habría oportunidades sustanciales de que estos funcionarios obtuvieran ganancias económicas. Pero también se entendió que tenía que haber límites. El gobierno hizo poco para erradicar estas malas prácticas, pero era contundente si salían a la luz. No quería perseguir a sus partidarios, aunque reprimía los peores excesos. Muchas fuentes aseguran que el imperio se volvió más corrupto con el tiempo, y esto solo puede reflejar el crecimiento que hubo del Estado en el siglo IV.

–¿Cómo pudo la sociedad romana funcionar sin policía?

–No había fuerza policial en el sentido moderno. Solo la guardia nocturna en Roma, traída por Augusto. Contaba con entre 3.500 y 7.000 hombres, y su objetivo principal era la prevención de incendios y no la lucha contra el crimen. En otros lugares, los soldados parecen haber sido utilizados para aplicar la ley. Podríamos suponer que la falta de una fuerza policial aumentaría la alta tasa de criminalidad, pero no fue el caso. El robo menor parece haber sido un problema, aunque hoy todavía lo es cuando tenemos policía y cámaras de vigilancia.

–¿Por qué ellos no la desarrollaron?

–Debemos tener en cuenta que era una sociedad preindustrial, con un Estado muy limitado en comparación con el mundo occidental moderno. No tenía ningún interés en brindar atención médica, educación, seguridad social... Y nadie esperaba que lo hiciera. Lo que hoy nos parece un fracaso de la ley para controlar el crimen en la época era apreciado como algo normal. Estaba aceptado por ellos. La ley romana no erradicó el crimen, pero lo censuró, y proporcionó cierto acceso a los débiles, lo que al menos les dio una pequeña esperanza de reparación.

–Las prostitutas estaban muy marginadas en Roma a pesar de su fama.

–Se les redujo su estatus legal al caer en «infamia», lo que significa que fueron privadas de algunas de las protecciones del Estado y podían recibir castigos físicos. Fue un destino compartido por proxenetas, gladiadores, actores y otros artistas: cualquiera que trabajaba para complacer a los demás en un típico caso de hipocresía. Se consideraba que la prostitución era buena para los hombres, pero vergonzosa para esas mujeres. Esto probablemente se debió a que la prostituta representaba lo contrario de la mujer ideal. En lugar de ser doméstica, pasiva, respetable y virtuosa, era pública, inmoral y activa. Incluso sufrió el castigo legal de perder su condición femenina y se vio obligada a adoptar un estilo de vida masculino al usar la toga como símbolo de su papel. Es tentador leer otros fundamentos en esto. ¿Los romanos hicieron que las prostitutas se vistieran como hombres porque les pareció más atractivo sexualmente?

–¿Y los esclavos? Ellos no tenían ninguna clase de amparo en la sociedad.

– Los castigos para ellos fueron brutales. No tenían derechos. Si aparecían en un tribunal, incluso como testigos, tenían que ser torturados para asegurarse de que decían la verdad. Una fuente los define como «herramientas que pueden hablar». Aquellos esclavos condenados por robo eran azotados o crucificados; si habían huido, condenados a las minas o arrojados a las bestias en el anfiteatro. El historiador Diodoro Siculus describe cómo en las minas eran destruidos físicamente y obligados a soportar las penurias más terribles.

–¿Se puede decir, entonces, que leyes romanas estaban hechas para las élites?

–El Derecho Romano no satisfacía a todos por igual. Sí existía una idea de los derechos ciudadanos universales, pero fue particularmente durante el período republicano, aunque, por supuesto, excluía a los esclavos y los residentes de las provincias. Esto era así porque se aceptaba que el sistema no podía atender a todas las demandas. La mayor parte del Derecho Romano era el derecho civil, que se ocupaba de disputas privadas entre ciudadanos, especialmente en relación con la propiedad. La ley era, por tanto, fundamentalmente preocupación de las clases ricas. La relativa estabilidad económica y política creada por el imperio permitió que la ley se convirtiera en un sistema sofisticado. Sin embargo, siempre fue principalmente la preocupación de la minoría que poseía suficientes propiedades para que valiera la pena aplicar la ley. ¿No sigue siendo el caso con el derecho civil?

–¿Tenían una idea remota de lo que podían ser los crímenes de guerra?

–Cicerón defiende un punto: se deben mantener los más altos estándares de integridad con respecto a actuar con justicia ante un enemigo. Pero está claro que los derechos de los vencidos no se consideraron absolutos o inviolables: dependía de su comportamiento durante el conflicto. Aquellos que arrojaban sus armas y se rendían a los generales romanos merecían mejor trato que los que habían resistido fuertemente. Roma se convertía en patrón de de ellos y les brindaba una promesa de seguridad. Desde ese momento tenían el deber de protegerlos. Y cualquier promesa hecha a un enemigo debe cumplirse como una cuestión de honor.

El brutal castigo romano: latigazos y crucifixiones

Jerry Toner reconoce que todavía hoy le cuesta asumir la violencia con la que Roma castigaba. «La brutalidad de los castigos que se infligieron a los delincuentes, especialmente a los de bajo estatus, es impactante para nosotros. Los esclavos eran crucificados, los fugitivos, arrojados para ser destrozados por las bestias, los azotes se realizaban con látigos con punta de plomo... Todo hace que nuestros estómagos se revuelvan. Muestra -prosigue- que la respuesta del gobierno romano a los crímenes violentos se produjo en la forma de dar un ejemplo aterrador a los delincuentes. Este es un enfoque que nos parece desproporcionado e impactante: creemos que los castigos deberían ajustarse al crimen. Pero debemos recordar que esta es una forma moderna de pensar. Hasta el siglo XIX, se daba por sentado que los delincuentes deberían ser un ejemplo para disuadir a otros. Era imposible atrapar a todos los delincuentes pero, al castigar a los que sí de manera brutal, creían que enmendaría el comportamiento de la clase criminal en su conjunto».