La Legión en los Balcanes: El inicio de las operaciones de paz

Nuevo episodio de la serie iniciada por LA RAZÓN con motivo del centenario del cuerpo qu, en esta ocasión desvela su dura misión en los Balcanes, «un hito reciente de las fuerzas legionarias», según describe con detalle el general de Brigada Antonio Esteban López

Cuando me propusieron escribir sobre La Legión y los Balcanes acepte ipso facto pues la tarea se antojaba interesante y fácil. Interesante pues el despliegue en los Balcanes constituye un hito de gran importancia en la historia reciente de las fuerzas legionarias, y fácil pues pensé que, habiendo participado en cuatro operaciones balcánicas (ECMMY, European Community Monitor Mission [1992], UNPROFOR, United Nations Protection Force [1993], SFOR, Stabilization Force [1996] y KFOR, Kosovo Force. [2001]), bastaría con narrar alguno de los muchos y peregrinos episodios allí vividos.

Acerté en el interés pero no en la facilidad, pues cuando me puse manos a la obra me asaltaron, en tropel y gran desorden, tal cantidad de recuerdos que su simple enumeración excedería con mucho el alcance y límites de un artículo. Por ello me contentaré con narrar un poco de historia (de los peligros que corrió La Legión y de como salió airosa y bien parada) y una pequeña historia («Trg España»), asuntos, ambos, que consideró dignos de ser conocidos y reconocidos.

El año 1975 es crucial en la historia de España pues daba comienzo la denominada Transición, un proceso que debía conducir –como así sucedió– hacia la instauración de un régimen democrático que alcanzaría su momento cumbre con la aprobación de una nueva y novedosa Constitución (sometida a referéndum el 6 de diciembre de 1978 y promulgada el 29 de ese mismo mes). En este punto conviene señalar que la corriente renovadora, no solo se manifestó a nivel interno, sino que también tuvo enorme repercusión en el devenir de las relaciones y compromisos internacionales.

Así, la Constitución en su preámbulo dice expresamente que la nación española declara su voluntad de: «Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra»; principio que traemos aquí y ahora por venir, como más adelante se verá, muy al caso para la mejor comprensión de nuestros argumentos. La Transición fue una época en la que se produjeron cambios sociales y políticos de gran calado y donde, en medio de una pacífica pero cuasi revolucionara metamorfosis, se pusieron en tela de severo juicio la mayoría –por no decir todas– las concepciones e instituciones del régimen anterior.

Cuestión de necesidad

En este contexto, La Legión, con razón o sin ella, fue objeto de pertinaz recelo e intensa vigilancia. Después de abandonar el denominado Sahara español (1976), se alzaron algunas voces que planteaban su disolución poniendo en tela de juicio su utilidad y necesidad. Uno de los argumentos era que, tras el proceso de descolonización, no tenía sentido mantener fuerzas con un marcado carácter «colonial» pero, además, los elementos más radicalmente críticos, sostenían –con vehemencia y sesgados argumentos– la pervivencia a perpetuidad de un indisoluble vínculo entre La Legión y el antiguo régimen. Sin embargo, cuando el certificado de defunción estaba a punto de firmarse se produjo un inesperado giro. La Primera Guerra del Golfo (1990) obligó a nuestro país a acudir al llamamiento de la comunidad internacional e integrarse en la coalición militar contra Sadam Hussein dando así cumplimiento al anteriormente citado compromiso del preámbulo constitucional.

España no participó en las operaciones terrestres pero sí contribuyó al bloqueo marítimo con el envío de una flotilla compuesta por la fragata «Santa María» las corbetas «Descubierta» y «Cazadora». Sin embargo, los problemas comenzaron antes de salir de puerto. En las tripulaciones de los buques había marineros de reemplazo que, como no podía ser de otra manera, recibieron la misión con disciplina e ilusión, deseosos de ser empleados donde España lo demandase. No obstante, algunos de sus familiares no aceptaron la noticia de buen agrado, circunstancia que fue aprovechada por los detractores del servicio militar para desatar la polémica.

La Prensa de la época recogía la situación en los siguientes términos: «El debate sobre la mili […] tendrá ahora un nuevo elemento de discordia: […] ¿pueden enviarse a soldados de reemplazo a misiones con riesgo de conflicto real fuera del territorio y aguas españolas? […] las familias que protestan públicamente porque sus hijos han sido enviados al conflicto y […] los colectivos pacifistas que han llamado a los soldados a la deserción nos recuerdan, salvando las distancias, las movilizaciones que se dieron a principios de siglo […] contra el envío de tropas a las contiendas del norte de África».

Pues si las movilizaciones y protestas de principios de siglo dieron lugar al nacimiento de La Legión, las de finales iban a evitar su disolución y propiciar su renacimiento. Después de la Guerra del Golfo, vino la de Yugoslavia. Empero, en esta ocasión, la cosa pintaba peor. La ONU necesitaba tropas terrestres para reforzar la UNPROFOR (United Nations Protection Force), fuerza que debía desplegar en Bosnia y Herzegovina (BiH), la zona más peligrosa de los Balcanes. Un caótico escenario donde se enfrentaban unidades militares –más o menos disciplinadas–, milicias irregulares, policías militarizados, voluntarios extranjeros, mercenarios de incógnita procedencia, civiles armados... y donde las facciones más radicales veían a los cascos azules como incómodos testigos de sus posibles desmanes que, por tanto, debían ser «neutralizados».

Enviar soldados de reemplazo a BiH parecía, habida cuenta del precedente inmediato, una verdadera temeridad de cara a la opinión pública. Por ello en 1992, como en 1920, se pensó en La Legión que, como dice uno de sus espíritus «acudirá siempre donde oiga fuego, de día, de noche, siempre, siempre, aunque no tenga orden para ello». Conviene aclarar que aunque las Unidades legionarias contaban con tropa profesional también había un buen porcentaje de legionarios de reemplazo. Sin embargo, en esta ocasión no había problema alguno, la veteranía y experiencia podían ser diferentes pero el valor y disponibilidad eran idénticos; profesionales o de reemplazo, tanto montaban, montaban tanto.

Sin la más mínima duda o vacilación, todos marcharon a las atormentadas tierras bosnias, los más volvieron con la satisfacción del deber cumplido y algunos, cumpliendo su deber, entregaron sus vidas por España y, en esta ocasión, también por BiH.

Una cruenta guerra en los belicosos Balcanes dio a La Legión la oportunidad de participar en su primera operación de paz y reivindicarse como una fuerza versátil y polivalente capaz de cumplir cualquier misión en cualquier situación y escenario. El examen sobre la necesidad y utilidad de La Legión se había superado con nota y aquellos que pretendían su desaparición se quedaron compuestos y sin argumentos.

«Trg» es una palabra bosnia que significa «plaza», luego si hablamos de Trg España estamos hablando de la Plaza de España. Como quiera que no ha mucho escribí sobre este tema, me tomaré –con el permiso y comprensión del lector– la licencia de «plagiarme» a mí mismo y en virtud de la tomada licencia transcribiré unos párrafos de un anterior trabajo: «Como ya dijimos con anterioridad, algunos de los legionarios –«novios de la muerte» según reza la canción– que acudieron a BiH no regresaron pues quiso la fatalidad que dicho noviazgo se consumase en lejanas tierras. Su recuerdo y el de otros militares de distintas unidades que también dejaron su alma en aquellas tierras bosnias nos obliga a cerrar este artículo escribiendo sobre Trg España.

[…] La Plaza de España está situada en el mismo centro de Mostar al final del Bulevar que es la calle principal de la ciudad y que, durante la guerra, se convirtió en línea de frente de combate. El pueblo de la capital de la Herzegovina decidió cambiar el nombre de su plaza más emblemática (de «Trg Hit» pasó a denominarse «Trg España») en reconocimiento al esfuerzo y sacrificio de los militares españoles (legionarios, paracaidistas, montañeros, pilotos, carristas, operaciones especiales…); soldados todos que –durante la guerra y post-guerra– compartieron aventuras y desventuras con los «mostareños». El asunto no es baladí pues –salvo error u omisión– el contingente español ha sido el único que ha dejado una huella de tal magnitud logrando el impensable consenso de los antaño enemigos (bosnios, serbios y croatas).

Una granada de mortero

En el centro de Mostar se encuentra Trg España y precisamente en el centro de la plaza un monumento con una placa donde figuran los nombres de veintidós militares españoles y un intérprete que dieron su vida por España y, en esta ocasión, por Bosnia y Herzegovina. Los primeros diez nombres (seis Caballeros Legionarios y cuatro Caballeros Legionarios Paracaidistas) pertenecen a miembros de la Agrupación Canarias, la segunda –después de la Málaga– que se constituyó sobre la base de Unidades de La Legión».

La lista de fallecidos la encabeza el Teniente Arturo Muñoz Castellanos quien, el día 13 de mayo de 1993 quedó mortalmente herido al ser alcanzado por una granada de mortero en las calles de Mostar. Hace siete días, como todos los años, el Cónsul Honorario de España en Mostar, Pierino Tombas Deldum (que fue intérprete con la Agrupación Canarias), realizó una ofrenda floral en el monumento de Trg España en recuerdo de todos los militares españoles que han caído en BiH.