Los libros de la semana: Del amor por los libros de Zweig a los exilios de Unamuno

"La virgen roja" de Fernando Arrabal, los exilios de Unamuno, los "Cuentos completos" de la escritora Lorrie Moore o la deriva de los "La deriva de los héroes en la literatura griega" de Carlos García Gua son algunas de las novedades literarias más destacadas

¿Qué leía con más ardor Stefan Zweig?

No hay libro de Stefan Zweig que no despierte en el lector un reconfortante sentimiento de satisfacción a menudo rayana en el entusiasmo. El tiempo que se pasa entre sus páginas jamás es tiempo perdido y, aunque esto sea algo con lo que ya contamos, nunca dejamos de sorprendernos ante tanto conocimiento y, sobre todo, ante la brillantez con que analiza, organiza y relaciona esos conocimientos. «Comprendí que el don de pensar con amplitud de miras y de establecer vínculos entre unas realidades y otras nos permite contemplar el mundo desde múltiples perspectivas y formarnos una imagen soberbia de la realidad», estas palabras pertenecen al primer texto del volumen, «El libro como acceso al mundo», que bien pudiera haber sido un atractivo título de portada, pero su elección habla también de la personalidad de un hombre que tanto sabe, y en el momento de resumir el contenido eligió este objetivo y realista «Encuentros con libros», quizá surgido de un curtido editor que conoce bien al autor y plasma en él tanto objetividad como un toque de afectividad, al remitir al lector a la idea de los libros como amigos con los que disfrutar. Y eso es lo que hacemos, boquiabiertos y disfrutando, entramos en la monumental producción de Goethe y entendemos que sea el símbolo cultural de Alemania. Continúa una colección de textos en los que se incluyen reseñas, prólogos y también un conjunto de artículos literarios.

Un nuevo lenguaje

Este hombre que fue capaz de cultivar todos los géneros, fue novelista, dramaturgo, biógrafo, ensayista y poeta, fue como lector «impaciente y temperamental», de ahí que cuando escribe lo haga siempre y en cualquier género, huyendo de lo ampuloso, lo prolijo, de «todo lo vago y exaltado» y muestre la realidad con una nitidez comprensible y cercana, pero al mismo tiempo excepcionalmente aguda e incisiva. «Los Artamónov» de Gorki, el «Oblómov» de Goncharov, a través de un sagaz análisis de la inercia; notas sobre el «Ulises» de Joyce que comienzan con unas regocijantes «Instrucciones de uso», un texto sorprendente y sincero que termina con un certero resumen de lo que supone la obra del irlandés: el alumbramiento de un nuevo lenguaje.
Así con otros libros y autores: Balzac, Thomas Mann, Freud, su gran amigo Joseph Roth, Rilke, cuya obra analiza como los «versos de un poeta en busca de Dios», los diarios de una adolescente vienesa, un texto especialmente interesante por las referencias de época. Hasta completar algo más de una treintena de textos apasionantes. Pero acabamos de hablar de la «época», una idea que atraviesa el libro y aflora a veces como punta de daga amenazante: «En estos días de angustia (1939) cualquier alegría se agradece doblemente». Imaginamos a Zweig refugiado en sus libros, a punto de perder su preciado mundo y es imposible no querer estremecerse al saber cuánto perdimos todos pocos años después.
Sagrario Fernández Prieto

El ocaso de los grandes héroes

El héroe, epítome de la existencia humana, perdura en la memoria por su grandeza de carácter y sus hazañas excepcionales, admitiendo variaciones según épocas y culturas, como ya veía Carlyle en su clásico estudio. La taxonomía del héroe es muy amplia y, pese aproximaciones como la de Campbell, que pretenden hablar de un monomito, su estudio ciertamente admite variadas tipologías. Una de las más evidentes es la marcada por los géneros literarios: en el caso de los de la antigua literatura y mitología griegas, el héroe ha ido pasando desde la épica popular a la culta, de la tragedia a la comedia y de ahí al mundo postclásico en que surge la novela. A estudiar precisamente estas metamorfosis dedica Carlos García Gual su último libro, un original estudio que analiza cómo los héroes griegos van perfilándose en la literatura. En Homero destacan los paladines guerreros en pos de la fama (kleos) y honra (timé), símbolos de la edad heroica de Hesíodo, que también sientan las bases de un culto.

Origen de la tragedia

Pero el más moderno Ulises va transitando hacia otros derroteros literarios y Jasón abre el camino a una epopeya más libresca y romántica, la de Apolonio. Luego se ve cómo a la tragedia le interesa la caída de los grandes héroes, proporcionando un aprendizaje certero ante su sufrimiento: tiene mucho interés cómo cada uno de los tres grandes trágicos matizan el sentido o sinsentido de este sufrimiento. En Eurípides se va notando una cierta crisis del heroísmo tradicional, que moldea el ideal al hilo del tiempo y las mentalidades. Más breve es el tratamiento del héroe de la comedia de Aristófanes, cuyos personajes son populares y bienintencionados paladines de la colectividad que encuentran soluciones disparatadas a problemas acuciantes. Pero la cesura definitiva entre dos modelos de heroísmo la ve García Gual en los héroes de la Comedia Nueva de Menandro y, posteriormente, en la novela.
En ese ambiente postclásico, de público y gustos aburguesados y apolíticos, el héroe pugna por la consecución de su dicha amorosa particular o por su propia salvación: ya no hay por grandes ideales colectivos o hazañas resonantes. La crisis del héroe transita desde lo colectivo a lo individual, de la fama imperecedera a la más modesta y quizá realista felicidad conyugal. En las postrimerías del heroísmo, nuestro más célebre helenista analiza al Alejandro novelesco, personaje que le es muy caro. En fin, no se pierdan este original y fascinante diálogo con los héroes antiguos y sus interpretaciones modernas, siempre con el tono cálido y cercano que caracteriza al autor.
David Hernández de la Fuente

El alma canaria de Unamuno

La relación de Unamuno con Canarias no pudo ser más contradictoria, o, en rigor, «unamuniana». Cuando, en 1910, visita Tenerife y Gran Canaria, con todos los honores de rector, como mantenedor de los Juegos Florales de Las Palmas, exhorta a las autoridades a salir del «a-isla-miento» y la «soñarrera tropical». En cambio, cuando, en 1924, es desterrado a la desértica y pobrísima Fuerteventura (marzo-julio), sufrirá una transformación radical en sus planteamientos, sacralizando el «evangélico» entorno, al punto de proclamar después, desde su exilio parisino: «Fuerteventura: un oasis en el desierto de la civilización». De «un antes y un después» tilda Eugenio Padorno este tránsito a «una especie de mística africanizada», que condicionará su obra posterior, y que, además de quedar patente en «De Fuerteventura a París», se advierte en estos esenciales artículos, donde transmite su encuentro con la verdad palpable a través del paisaje telúrico y «sediento» de una isla «henchida de solemne belleza trágica».
En «Caras y caretas», de Buenos Aires, publica la serie «Divagaciones de un confinado», donde, entre muestras de rechazo al progreso material y a la germanofilia confiesa estar viviendo «la más fuerte de mis aventuras quijotescas», en el lugar idóneo para «los peregrinos del ideal». Y, entre diversas cabeceras madrileñas, destaca su serie de «Alrededor del estilo» en «Los lunes de El Imparcial», donde enaltece la desnudez de la isla, y su continuidad prehistórica como metáfora de la desnudez del estilo. En su amplia y lúcida introducción, Padorno muestra el carácter vertebral de esta «iluminación» unamuniana, relacionándola con planteamientos precedentes y posteriores. Su don Quijote, por ejemplo, abandonará el «españolismo», para abrirse a una subjetividad universal. Y es que, dirá luego Unamuno, «la finalidad de la vida es hacerse un alma».
Antonio Puente

Arrabal, entre vírgenes

En la efervescente España de 1933 un sorprendente suceso conmovía a la opinión pública: Aurora Rodríguez, activista de ideología utópico-socialista, disparaba mortalmente a su joven hija Hildegart. La había educado en un innovador progresismo político, social y sexual. Nació destinada a revolucionar la mentalidad colectiva y, cuando quiso ser individualmente libre, su madre no pudo soportar esa autonomía personal. Sobre este impresionante caso se han realizado documentales, filmado alguna película (como la dirigida por Fernando Fernán Gómez) y escrito numerosos libros, incluso alguna singular novela, como «La virgen roja», de Fernando Arrabal (Melilla, 1932). La literatura de este escritor es única e irrepetible; desde sus inicios en el vanguardismo postista de los años 40, irá evolucionando hacia un surrealismo mitográfico, culturalista y originalísimo. Su novela sobre el impresionante asesinato de Hildegart es una ficcionalización no testimonial, pretexto recurrente para ahondar en la tiranía de las ideas y la intolerancia pedagógica.

Maravilla encarnada

Publicada en 1987 se reedita ahora con un breve pero penetrante epílogo de Fernando Sánchez Dragó. Historia narrada desde el punto de vista de la asesina, esta pensaba con toda claridad «que quería ser madre de una criatura austera, única y brillante, de un ser en el cual la naturaleza tendría puestas todas sus complacencias, de un hijo, y, mejor aún, de una hija que desde su nacimiento forjaría para la realización de la obra. ¡La maravilla encarnada!». En palabras de este personaje van desfilando su hermana Lulú, soez y desvergonzada; Benjamín, el ocultado hijo de esta, que llegará a ser un precoz concertista de piano; Nicolás Trevisán, fallido novio convencional de la futura homicida, y Chevalier, quien acabará siendo el padre -mero procreador, mejor- de Vulcasais (unión de Vulcano y la verdad), nombre aquí de la originaria Hildegart, y amante del lujurioso viejo Abelardo, que pretenderá seducir más adelante al joven Benjamín.
En fin, nadie busque en esta singular novela, de retórico tono irónico, una reconstrucción testimonial o una crónica periodística de lo acaecido; es pura ficción, un imaginativo ataque al positivismo dogmático y la ideologización fanática. Un melodramatismo de soterrado humor, los sueños y delirios de la alucinada madre, y una cierta imprecisión ambiental conforman una asfixiante atmósfera onírica de inusitado efecto estético. Cabe celebrar la reedición de esta extraordinaria novela, que acierta plenamente con la creativa elaboración literaria de un impresionante suceso.
Jesús Ferrer

Pero qué hace la gente con su vida

Por primera vez en un solo volumen, Seix Barral nos permite abordar todos los cuentos de una gran maestra del relato norteamericano. En cada pieza, Moore nos hace pensar en los diversos modos que tiene la gente de responder a las agresiones de su existencia, siempre con ironía, su verdadera estrategia para driblar unos golpes y devolver mandobles. La intención de la autora no tiene mucho que ver con la asepsia del peligro sino con la de mostrar la causa a través de sus efectos. No pretende hacernos creer que no hay nada que temer o que lo peor ya ha pasado. En absoluto. Las cosas son extremas y, no por eso, hay que hacer un exceso de alboroto más allá de la contención narrativa. Por ello, decide mostrarnos a sus personajes como si quisiera decirnos: «Observen el modo en que se defienden, cómo hacen lo que pueden con sus vidas e imaginen el tipo de viga que les ha doblado por la mitad».
Con expresiones mínimas y descarnadas, que sustentan gran parte de su valor en lo que hay detrás de las bambalinas, lo que no se dice o lo que se ha decidido ocultar, construye la autora sus textos, a la manera de Carver. Y precisamente en ese minimalismo está su esencia. Si eliminásemos una única frase, la historia se volvería impenetrable. Tampoco hay un destino final prefijado, de ahí que sus relatos, igual que los de Alice Munro o Anne Beattie, muchas veces sean catalogados como «gérmenes de novelas».
Moore pertenece al bendito equipo de los autores-descubridores, aquellos que parten sin un rumbo fijo y utilizan la escritura como una antorcha que ilumina el camino desconocido. La autora se enfrenta a los aspectos sombríos, incluso trágicos, de la vida diaria de los estadounidenses en narraciones que entrelazan la comedia con la melancolía, siempre con una facilidad que podría resultar irreverente si no fuera por la fuerza de su sinceridad. Aunque la mayoría de las historias se escriben desde una perspectiva en primera persona, Moore también emplea generosamente la segunda, para conseguir adaptarse al tono irónico de la colección de relatos.

Nada de narración lineal

En definitiva, logra el ritmo y fraseo que conseguiría un músico de jazz, puntuando su prosa lírica con comentarios directos y contundentes. Fiel quehacer, prescribe un enfoque de autoayuda irónico sobre las luchas más comunes pero dolorosas de la vida: enamorarse y desenamorarse, aceptar las imperfecciones que tienen los padres y la mortalidad de los seres queridos, descubrir cómo hablar a un progenitor... Siempre fiel a un estilo modernista, sus relatos se muestran fracturados y saltan constantemente de adelante hacia atrás, evitando así la aburrida y manida narrativa lineal. Historias, en definitiva, en las que el lector debe ceder el timón a la responsable de nuestro remar. Es escritora de escritores, escritora de poetas, escritora de lectores, escritora de mujeres y de hombres, una gran autora que nos regala un libro gratificante, tembloroso y tentador.
Ángeles López