Historia

Alfonso de Borbón y Battenberg, el porquerizo de la Corte

Así se conocía al primogénito del rey Alfonso XIII por vivir recluido en un palacete al cuidado de los animales

Alfonso de Borbón y Battenberg renunció al trono en 1933
Alfonso de Borbón y Battenberg renunció al trono en 1933 FOTO: La Razón La Razón
La fecha. 1910. El diario «American Examiner» publicó el 17 de mayo uno de los reportajes más sensacionalistas sobre la Familia Real española conservado en las hemerotecas de medio mundo.
El lugar. ESTADOS UNIDOS. El periodista aseguraba que la hemofilia del príncipe Alfonso obedecía a «siglos de locura» en los Borbones de España y a los «pecados del padre», Alfonso XIII.
La anécdota. «Su cabeza es asimétrica, la mandíbula superior demasiado pequeña, la mandíbula inferior desplazada, su paladar es muy estrecho...», aseguraba el «American Examiner» aludiendo... ¡al rey de España!

Alfonso de Borbón y Battenberg también vivió su propio Gólgota, por muy príncipe que fuese. En junio de 2009 indagué en el archivo del Palacio Real, donde localicé un revelador y desconocido informe sobre la hemofilia del primogénito del rey Alfonso XIII. Su padre no tuvo, desde luego, interés alguno en sacar a relucir la grave enfermedad de sus hijos, dado que el benjamín Gonzalo, infante de España, también padecía esa especie de peste sanguínea.

La hemofilia de sus hijos afectó tanto al monarca, que optó por ocultarla a la opinión pública todo el tiempo que pudo. Por nada del mundo estaba dispuesto el rey a que el pueblo pensase que sobre él y su familia se cernía la mala estrella. Sobre todo, si trascendía que, además de la sangre envenenada de su primogénito y heredero, su segundo hijo, el infante don Jaime, no era sordomudo desde los cuatro años, a resultas de una operación de la mastoides (hueso situado detrás del oído), como siempre se hizo creer al pueblo, sino que nació sordo y, como consecuencia de ello, quedó también mudo.

¿Acaso no podían interpretarse aquellas desgracias como auténticas maldiciones del cielo? Decidido a encubrir así los males que afectaban a sus hijos, Alfonso XIII tuvo que aguantar carros y carretas alimentando con su silencio los rumores maledicentes sobre la salud de su primogénito, a quien sus detractores llamaban despectivamente «el porquerizo de la Corte». En cierto modo no les faltaba razón, dado que el joven príncipe vivía recluido en el palacete de La Quinta, cerca de El Pardo, al cuidado de animales mientras confeccionaba planos de pabellones y gallineros y analizaba la cría industrial de puercos. Ocupación, por cierto, nada principesca.

Hubo incluso quienes difundieron el bulo interesado de que todos los días se sacrificaba a un ternero, e incluso a un niño, para alimentar con su sangre al príncipe de Asturias, cual voraz quiróptero. «Sobre mi enfermedad –advertía el propio príncipe de Asturias– han corrido siempre las versiones más fantásticas... Hasta se ha dicho que sudaba sangre, como los santos milagrosos de la Edad Media… No, nada de eso. La cosa es mucho más terriblemente sencilla...».

Sin ir más lejos, el diario «American Examiner» publicó el 17 de mayo de 1910 uno de los reportajes más sensacionalistas sobre la Familia Real española que aún se conserva en las hemerotecas de medio mundo. El periódico estadounidense vertía todo tipo de infamias y de calumnias sobre la enfermedad del príncipe de Asturias, llegando a afirmar que ésta obedecía a «siglos de locura» en los Borbones de España, y responsabilizando de la misma al propio Alfonso XIII por los que denominaba «pecados del padre».

Pero lo más insólito de todo era que todas esas calumnias y falsas elucubraciones se publicaban ante el increíble mutismo de la Casa Real española. Pese a que en el artículo se le describía casi como a un monstruo, el rey Alfonso XIII no despegó los labios. «Su cabeza es asimétrica –aseguraba el American Examiner aludiendo... ¡al rey de España!–, la mandíbula superior demasiado pequeña, la mandíbula inferior desplazada, su paladar es muy estrecho y tiene obstrucciones en varios puntos de la garganta».

Por si fuera poco, el periodista hundía el dedo en la llaga más dolorosa del soberano en aquel momento: la enfermedad que incapacitaba a su primogénito para ceñir la Corona de España, transmitida por su madre, la reina Victoria Eugenia de Battenberg: «Conociendo –añadía el rotativo– el fardo de los pecados ancestrales bajo los que había nacido, Alfonso y sus consejeros eligieron una esposa de desusada buena salud y vigor, en la esperanza de que fortaleciera a la Familia Real española».

El dictamen médico sobre la hemofilia de Alfonso y Gonzalo no dejaba lugar a dudas. Tras escuchar atentamente a sus consejeros, Alfonso XIII decidió contratar los servicios de uno de los hematólogos más reputados de Europa, el doctor W. Feinly, autor del primer informe exhaustivo del que se tiene constancia entre la copiosa documentación de palacio, el cual confirmó la maldición: «Las características anamnésticas, unidas al estado clínico de Sus Altezas Reales el príncipe de Asturias y Don Gonzalo sugieren el diagnóstico de hemofilia», concluía el galeno. Como remedio profiláctico, el médico aconsejaba «proveer el botiquín de urgencia de los sueros Serumsest suministrados por el Seruminstitut de Viena. Dicho suero debe ser renovado cada seis meses». Pero ignoraba el doctor que ningún botiquín evitaría que sus dos pacientes falleciesen finalmente tras sendos accidentes leves de automóvil, desangrados a causa de la hemofilia.

Media Europa en jaque

Alfonso XIII y sus consejeros seguían buscando la curación milagrosa del príncipe. El 6 de julio de 1927, el embajador español en Berlín, Espinosa de los Monteros, informaba al marqués de Torres de Mendoza sobre un importante hallazgo que podía servir para alargar la vida del príncipe: «Mi querido amigo: [...] He recibido carta del señor Paul Probst que [sic] le remito original. Verá usted por ella que el interesado dice encontrarse en situación similar a la del Augusto Señor [el príncipe de Asturias] y haber encontrado por sí el remedio que a su actual edad de 54 años le permite esperar vivir muchos años más. Meramente a título de información y a los efectos que estime del caso doy curso a dicha carta inspirada, según el que la firma, en sentimientos meramente humanitarios». La enfermedad del heredero de la Corona de España traía así en jaque a media Europa.