¿Quién fue el hombre de la máscara de hierro?

Es uno de los mayores enigmas de la corte francesa que, además, Voltaire y Dumas se encargaron de airear

El hombre de la máscara de hierro.
El hombre de la máscara de hierro.La RazónLa Razón

El emperador Napoleón Bonaparte se lamentaba al final de su vida por no haber podido descifrar el enigma de la Historia que más ha picado la curiosidad de tantas generaciones y seguirá haciéndolo, quién sabe si hasta el final de los tiempos. Luis Felipe de Orleans confesaba también, desencantado, que nadie había querido revelarle el gran secreto, por muy rey que fuese. De modo que la misteriosa e inquietante pregunta continúa todavía hoy en el aire sin una respuesta definitiva: ¿quién fue el hombre de la máscara de hierro? Todo el mundo habrá oído hablar alguna vez de este personaje furtivo del que se hizo eco el príncipe de las letras Alejandro Dumas en su célebre novela «El vizconde de Bragelonne», publicada en 1847; o habrá visto la película homónima protagonizada por Leonardo DiCaprio en 1998. Supimos de su anónima existencia por François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, uno de los principales representantes de la Ilustración. Voltaire daba fe de la existencia de este personaje secreto a quien él mismo osó desenmascarar: aseguró que se trataba del hermano gemelo de Luis XIV, hecho cautivo para que no pudiese disputar el trono al monarca reinante.

Sátira contra Luis XIV

¿Y cómo supo esto el sagaz Voltaire? A la muerte de Luis XIV en 1715, el duque de Orleans asumió la regencia y Voltaire escribió una sátira contra él y su hija, la duquesa de Berry, por la que fue a dar con sus huesos en el penal de la Bastilla en 1717. Fue allí donde algunos veteranos presos le hablaron por primera vez de otro reo que habría muerto en 1703. Más tarde, en su obra «El siglo de Luis XIV», Voltaire desarrolló su propia teoría, según la cual aquel desdichado era el hermano gemelo de Luis XIV; creencia que haría correr ríos de tinta desde entonces y que se extendería de forma imparable hasta hoy mismo. «Se recluyó con el máximo secreto –escribía el filósofo–, en el castillo de la isla de Santa Margarita, a un prisionero desconocido, de estatura elevada, joven y de la más bella y fina presencia. Durante el traslado, el preso llevaba puesta una máscara con una mentonera que tenía resortes de acero». Voltaire hacía hincapié en que al prisionero le encantaban la ropa y los encajes, y que tocaba la guitarra con destreza. Pero el arrojo con que lanzó su descabellada hipótesis chocaba con la opinión de otros hombres ilustres, como su compatriota y pintor postimpresionista Henri Martín, quien alegó: «La Historia no tiene derecho a manifestarse con rotundidad sobre esta cuestión, que no saldrá jamás del dominio de las conjeturas».

Jules Michelet iba aún más lejos que Martín al declarar en su voluminosa «Historia de Francia»: «El hombre de la máscara de hierro será siempre, en verdad, un problema irresoluble». Sabemos también que el ayuda de cámara del rey Luis XV, M. de Laborde, suplicó a su señor que le revelase el nombre del misterioso prisionero y obtuvo como respuesta este sopapo dialéctico: «Lo siento, pero su detención no le perjudica más que a él y ha evitado grandes desdichas; tú no puedes saberlo». Y si alguien insistía, Luis XV contestaba que desde su más tierna infancia había expresado el mismo deseo que su interlocutor, y que siempre se le había dicho que nada se le revelaría hasta su mayoría de edad. Pero cuando llegó el anhelado cumpleaños, los cortesanos que aguardaban en la puerta de sus dependencias privadas volvieron a preguntarle sobre el mismo asunto y él respondió: «¡No podéis saberlo!». Entre tanto, Alejandro Dumas difundió la audaz teoría de Voltaire. Antes de convertirse en una celebridad, Dumas había sido en 1823 escribiente en la Secretaría del duque de Orleans, quien seis años después le nombró su bibliotecario. Su espíritu inquieto le llevó a participar en la revolución a las órdenes de La Fayette, conquistando los galones de capitán de artillería de la Guardia Nacional.

Talante pendenciero

Su mismo talante pendenciero hizo que se las ingeniase, al componer «El vizconde de Bragelonne», para que sus mosqueteros sustituyesen a un hermano gemelo por otro, restituyendo finalmente en el trono de Francia al bueno, que reinaría como Luis XIV. El relato recordaba a un rumor del que debió estar al corriente Napoleón Bonaparte, que gobernaba Francia desde el golpe de Estado del 18 Brumario. Proclamado «cónsul vitalicio», Napoleón aspiraba a convertirse en emperador de todos los franceses. ¿Qué mejor medio entonces de acelerar su desmedido anhelo que urdir una patraña que acendrase su legitimidad a los ojos del pueblo?

Episodio folletinesco

Fue así como se ideó el folletinesco episodio, según el cual la reina Ana de Austria, esposa de Luis XIII, habría sido infiel a éste y alumbrado un hijo con su amante y esposo morganático en secreto, el cardenal Mazarino. Muerto prematuramente el monarca, la reina y el cardenal se confabularon para confinar al legítimo hijo de Luis XIII en la cárcel de la isla de Santa Margarita con una máscara de hierro y poner en su lugar al hijo bastardo. Tiempo después, la prisión del cautivo se atenuó y pudo contraer matrimonio y procrear un niño legítimo, que sería el auténtico nieto de Luis XIV, trasladado a Córcega, donde creció y adoptó el nombre de Buona Parte. Una estirpe regia de la cual descendería, al cabo de un siglo, el propio Napoleón. El general obtendría así la legitimidad dinástica, pudiendo proclamarse descendiente del verdadero Luis XIV. Menuda carambola histórica.