Cuando la Inquisición llevó a cabo la primera “condena de telediario”

En la Inquisición, la pena era pública, como la humillación y el escarmiento, aunque, al menos, contaban con un proceso judicial

Contaba la semana pasada que como la delación ante el juez inquisitorial era anónima y si había cargos contra alguien, no se le comunicaban porque eran secretos y se esperaba a su confesión (los cargos solían aparecer casualmente antes de la tortura, y no solo los que escudriñaba el fiscal, sino otros muchos más), cualquier proceso abierto se convertía en un racimo de denuncias, delaciones, cargos, culpas y, en fin, carnaza para la inquisición. “Inquisición”, que es el acto de “inquirir” o preguntar, esto es, la base del procedimiento judicial. Luego, según fueran los tiempos, o la necesidad de dar castigos ejemplares, o de promocionarse políticamente, el juez, las sentencias, eran más o menos implacables. A la gente le gustaba ir a verlo: unos por el gozo de observar sus venganzas sórdidas cumplidas, por manos de la Inquisición; otros movidos por la pena y la piedad; otros, para sentirse tranquilos pues, por esta vez, habían salvado el pescuezo.

La pena era pública, la humillación y el escarmiento, también (como una actual «condena de telediario», pero entonces, al menos, había proceso judicial con sus garantías). Existían varios niveles de penas. La absolución, que no era una pena, dejaba “manchado” al personaje porque, a malas, había pasado por un proceso inquisitorial. Luego había abjuraciones, leves, graves y condenados por relapsos. O sea, unas oraciones, unas obligatoriedades de cumplimientos litúrgicos, penas económicas más o menos fuertes, y a los relapsos, a estos sí, se les entregaba a la autoridades civiles: el reincidente al que se condenara a muerte era dado a la justicia civil para que ella ejecutara las penas de la Inquisición. Porque la Inquisición se limitaba a sanar el alma enferma, no el cuerpo.

Arrepentimiento a tiempo

Por tanto, la Inquisición nunca ajustició. En todo caso, condenó. Y, por cierto, a los reos de muerte se les daba garrote a las afueras de las ciudades si se arrepentían a tiempo, y allí se quemaban sus cadáveres. Habitualmente. A veces, el fuego purificador obraba milagros sobre los huesos o los restos corporales de algún hereje que se hubiera librado en vida de la pena (o porque se hubiera esfumado o muerto en la cárcel inquisitorial, por ejemplo). Y otras, se quemaba un monigote, una efigie del reo. Y para que quedara recuerdo por los siglos de los siglos de los pecados de cada cual, cuando se iban a pronunciar las sentencias, ya salían de las cárceles inquisitoriales con sus sambenitos, capirotes y corozas, con las inscripciones de los pecados y las sentencias, y luego estos trajes de la infamia se colgaban por siempre jamás en las parroquias o en las iglesias que correspondiera y así todos sabrían que ese apellido estaba “manchado”. Infamia para siempre, o, lo que es lo mismo, muerte social de un linaje entero.

¿Quién se iba a atrever a apear un sambenito, o qué párroco iba a permitir que tal se hiciera en su parroquia contraviniendo algún mandato de la Suprema? Por todo ello, el que sentía que pudiera haber metido la pata, o que sus antepasados hubieran hecho lo propio, tenía que vivir en la permanente angustia de la disimulación. Disimular, ocultar, ser discreto, taciturno, callado, no vaya a ser que... Hay pueblos, comarcas en España, digo, que se les reconoce por ser adustos, precisamente aquellos en los que la Inquisición fue más activa porque había más conversos que judíos. Es mera coincidencia, claro. No tiene por qué ser un rasgo antropológico.

Por otro lado, todo ese apartado inquisitorial de ninguna manera habría podido sobrevivir desde 1478 hasta 1834 sin el apoyo popular. Sí, porque sin los familiares de la Inquisición no habría habido causas que abrir, o habría habido muchas menos. Por otro lado, un hombre burdo y rudo podía verse ensalzado socialmente si entraba a formar parte del “club” inquisitorial. Para ello tenía que demostrar ciertas cualidades, entre otras, ser hijo de legítimo matrimonio, no ser converso ni descendiente de conversos y no haber pasado nunca por un proceso inquisitorial. Quien lograra superar estos requisitos, podía caminar con la cabeza bien alta por su pueblo. ¡Y ay de quien lo intentó sin conseguirlo!, aunque con dinero y contactos, casi todo se podía obtener.

En cualquier caso, bastaba con que uno fuera selecto familiar de la Inquisición para que tanto él como sus antepasados y sus sucesores (si no cometían algún error), fueran tenidos por limpios de sangre y gentes de mejor calidad que los que, a lo menos, no lo pudieran haber demostrado. Hay comarcas de amplia intervención inquisitorial en las que sus pobladores son muy orgullosos, aunque no todos sus predecesores de hace doscientos años hubieran sido familiares de la Inquisición. Será mera coincidencia, y no un rasgo antropológico.

Solo 186 años

Pero a lo que voy: la Inquisición fue una institución de amplia raigambre, aceptación y aplauso social, no era solo eclesiástica o una imposición de la Iglesia, y pervivió victoriosa (aunque hubiera taimadas críticas) 356 años. De su disolución a hoy han pasado solo 186. Pienso que muchas actitudes actuales (en Granada hablamos de la “mala follá”), como querer hacer ciudadanos de primera (serían los cristiano viejos sin mácula) y de segunda (los cristianos nuevos, viviendo en la disimulación) como hace el nacionalismo, promover la delación porque sale gratis (como ocurre en tantos programas de cotilleo) y querer implantar formas de vida que tengan que ver con todo lo anterior es intolerable. Por ello, no encuentro otro calificativo sino el de la abyección para calificar a quien pretenda “naturalizar el insulto”. ¡¿Otra vez?! O sea, que vuelva a salir gratis poner a caldo al otro, porque tengo las espaldas cubiertas con el poder, claro. Pero, ¡cuidado!, que se pueden volver las tornas contra uno mismo dando en la diana, y hasta lo más avezados toreros se cortan algún día la coleta, si no es que antes no les rebaña las tripas un morlaco.