Venecia marca el futuro de los festivales de cine

Directores de los grandes festivales del mundo perfilan en la cita italiana cómo será el futuro de estos eventos bajo la consigna de no competir, sino colaborar: y ante lo inevitable de contar con menos estrellas y más cine de autor pero mantener el ciclo de la industria

De un tiempo a esta parte se ha puesto demasiado de moda escribir sobre lo que fue y ha dejado de ser. Recordar mejores momentos. Reflexionar, caer en la nostalgia, idear mundos distintos y no necesariamente más benévolos. Naturalmente, también el cine ha sido presa de esa tentación narrativa. Pero ahora todo eso se acabó. Las cosas son como son y basta. Habría pocas ciudades más aptas para la melancolía que Venecia y quizás ningún otro país como Italia. Sin embargo, en su festival de cine más prestigioso, el más antiguo del mundo, se han propuesto que su 77 edición no sea la de la añoranza, sino la del impulso. También el concepto está manido. Estamos hartos de recordar heroicidades para volver a un mínimo de normalidad. Así que la Mostra de este año deberá ser recordada simplemente como la que se produjo. Sin más. Los Oscar se libraron porque la pandemia ya existía pero no se había anunciado, a Cannes le pasó por encima y tuvo que cancelar. En cambio, Venecia, tras muchos titubeos, decidió salir adelante como ha podido. Como es el mundo en estos momentos. Sin más dramas de los que ya conocemos. Que tome nota San Sebastián, que recoge el testigo dentro de un par de semanas.

Todo ese universo lo tenemos muy presente. En los accesos se reclama el uso obligatorio de la mascarilla, el aforo en las salas está limitado, es necesario reservar con antelación, el gel desinfectante abunda e incluso en las consignas es imprescindible plastificarlo todo para prevenir. La vida profiláctica. Aunque hemos dicho que no vamos a recrearnos en que antes no era así. Más allá de esto, Venecia sigue igual de bella. Más si cabe, con la mitad de turistas, aunque con vida por sus calles. Tampoco es que falten los extranjeros, si bien los venecianos han recuperado lo suyo y entre lo indispensable está su festival de cine. Frente a la alfombra roja, donde tradicionalmente se agolpan oleadas de fans, este año han puesto paneles que impiden la visión y evitan aglomeraciones. Aunque ayer había quien trataba de burlar ese muro y quien se paseaba con esas pintas estrafalarias que sólo se pueden ver en la isla del Lido al inicio de cada septiembre.

Reinventarse o morir

Ayer el director del festival, Alberto Barbera, y toda la plana mayor inauguraron el certamen con las pocas estrellas que han querido y podido venir. El listado se resume básicamente en dos mujeres: Cate Blanchett, presidenta del jurado, y Tilda Swinton, que recibe el León de Oro a su carrera y hoy estrena un corto con Almodóvar. Las dos actrices desfilaron por la alfombra roja para poner un poco de glamour a la cosa. Antes de eso, Barbera, que este año termina un mandato en el que ha devuelto el brillo perdido a una Mostra convertida en los últimos años en sucursal de lo mejor de Hollywood, recordó que durante el periodo de gestación del festival lo único que quedó claro es que «había que hacer algo». Olvidar la autocomplacencia provocada por las cancelaciones de sus competidores. Con esta cita de mínimos Venecia marca el camino al resto. Y tan claro queda el mensaje que incluso los representantes de los festivales europeos más prestigiosos firmaron un documento conjunto para sellar ese pacto firmado en la ciudad de los canales. Ayer estuvieron presentes en una sala de prensa varios directores de esos certámenes, incluido Thierry Fremaux, de Cannes, el principal competidor de Venecia. También forma parte de otro tiempo esa rivalidad por estrenar en Europa lo mejor del cine, por conjugar calidad, autores, originalidad y «blockbuster». En los últimos años, el festival italiano se ha beneficiado de la negativa de sus colegas franceses por vetar todo producto de Netflix. Pero ahora, el hacha de guerra ha quedado enterrada. Al menos por el momento, porque a la hora de la recuperación y de salir de un profundo agujero negro, todo el mundo se acuerda de la solidaridad. «Este espíritu de colaboración debe continuar y sólo así podemos superar todas las crisis. Nuestro trabajo está al servicio del cine y de los autores», aseguró Alberto Barbera, el anfitrión de la nueva entente. También acudió a la llamada José Luis Rebordinos, el encargado de sacar adelante San Sebastián. «Que Venecia haya podido estrenarse es un motivo para celebrar. Recuperemos los festivales donde la gente va y se junta. Y hagamos esto en nuestra vida también. Debemos recuperar el derecho a juntarnos, a besarnos y a encontrarnos», dijo.

Todo lo que rodea a este festival tiene mucho de corporativismo, de apoyarse unos a otros. De protegerse para salvaguardar el cine. O mejor dicho, la industria, que al final es la que mantiene en pie el invento. La otra portadora del mensaje fue la elegida por la organización para presidir al jurado y dotarlo de notoriedad, Cate Blanchett. Solvente, como en la pantalla, sostuvo en rueda de prensa que se alegraba por la «resiliencia y el sentido de colaboración». Conceptos no menos gastados que todo ese vocabulario de la pandemia. «Lo básico era reabrir, como le ocurre a cualquier industria», dijo, de forma mucho más clara. Y aprovechó para mandar un recado contra la «monocultura del streaming», traducido como la dictadura de Netflix. Si Venecia vuelve, el objetivo es que también el público torne a las salas de cine.

Primera vez en una década

Dejamos para casi lo último de lo que trata el festival. A falta de estrellas, esta Mostra debe alimentarse de más cine de autor, de producción europea y de artistas emergentes. Lo que debería ser una buena ocasión para los cinéfilos y para quienes tratan de abrirse camino. Un nuevo tópico, una crisis como una gran oportunidad. Así que, entiéndase como se quiera, que en esta ocasión la película de apertura fuera una italiana, algo que no ocurría desde hace más de una década. Necesidad o virtud, «Lacci» de Daniele Luchetti, trae una revisión al concepto de las relaciones familiares que a Italia le vendrá muy bien. En la sección Horizontes, la que acoge nuevas propuestas, la obra inaugural fue «Mila», una cinta griega que hace una alegoría sobre la amnesia como uno de los grandes males de nuestros días. Un tema que, de una vez por todas, trata de desbancar todos los tópicos. Porque ni todos los tiempos pasados fueron mejores ni el mundo era tan perfecto. Simplemente nos pasa que, a veces, no lo recordamos.

Pero, en un año en el que Italia ha perdido a Ennio Morricone, grande de su cine, era inevitable dejarse arrastrar por un poco de melancolía. En este caso, en forma de homenaje en la gala de apertura con una de sus partituras más celebradas, la de «Érase una vez en América», interpretada por Andrean Morricone, uno de los hijos del maestro. La película de Sergio Leone también era una oda a otros tiempos y a los recuerdos que nos dejan. Al final, es difícil escapar de ellos, por mucho que uno se lo proponga.

Italia acapara el arranque

La película de apertura de esta edición fue la que había más a mano. «Lacci», de Daniele Luchetti, fue el primer filme italiano en abrir el festival desde que hace 11 años lo hiciera «Baaria», de Tornatore. La cinta es la adaptación de un «bestseller» y su director no tiene en su filmografía ninguna obra de relumbrón. Sin embargo, el mejor activo de la cinta es precisamente salir de las convenciones de una ruptura matrimonial. Hombre deja a mujer por una compañera de trabajo más joven, más guapa y más interesante. Pero esto no lo convertirá en culpable ni a su mujer en víctima. O, al menos, no sólo asumirán estos roles. «Mila», por el contrario, es la obra del griego Christos Nikou, un director debutante, que ha trabajado como asistente de Yorgos Lanthimos. Como en la trayectoria del realizador de ‘Canino’, en ‘Mila’ se ve un mundo desconcertante, protagonizado por un hombre que pierde la memoria de forma súbita. Se traslada a un barrio poblado por individuos amnésicos que son tiranizados por unos doctores que no les dan ninguna esperanza. A Lanthimos le ha salido un buen discípulo.