Crítica de “La gaviota”: Chéjov en clave de performance ★★★✩✩

La obra, bajo dirección de Àlex Rigola, permanece en el Teatro de La Abadía de Madrid hasta el 4 de octubre

Como ya hiciera en su fantástica aproximación a “Vania”, Rigola vuelve a meter mano a Chéjov para llevar a las tablas otra obra del autor ruso con un lenguaje escénico más contemporáneo y, por qué no decirlo, más acorde con las últimas “modas” teatrales.

Igual que ocurría en el mencionado trabajo anterior, en esta versión de “La gaviota” desaparece la cuarta pared; se rompe la frontera entre la realidad de un puñado de actores que hacen teatro y la ficción de los personajes que han de interpretar; se esfuma el distanciamiento artístico de todo el equipo a la hora de observar y estudiar a esos personajes; y, en suma, se intenta acentuar con todo ello un clima intimista para que el público se sienta cómodo no ya frente a los actores, sino más bien junto a ellos, como si todos compartieran una tarde de conversación en el salón de una casa. En esta ocasión, no obstante, las capas dramatúrgicas se multiplican: si “La gaviota” de Chéjov es una obra sobre los sueños y veleidades, tanto artísticos como personales, de un grupo de amigos y familiares que van a representar en una casa la obra teatral de uno de ellos, podría decirse que “La gaviota” de Rigola es una performance sobre un grupo de actores que van a realizar una performance inspirada precisamente en “La gaviota” de Chéjov.

Entre los actores de la obra de Rigola, que se interpretan a sí mismos en clave de autoficción, y los personajes chejovianos de “La gaviota”, el director ha encontrado concomitancias claras y plausibles, y ha sabido plantearlas de manera talentosa para que el juego dramatúrgico tenga interés y no se convierta en ningún momento en un jeroglífico. Sin embargo, no logra esta vez limar del todo los saltos que van de esa parte de autoficción más pura hasta la trama de la obra original; saltos que el espectador percibirá demasiado nítidos y no sin cierto desconcierto en algunas ocasiones. La consecuencia es que uno al final se va del teatro con la sensación haber visto dos obras bastante conectadas, pero distintas: por un lado, la de Rigola, algo laxa en la acción, pero llena de ingenio, humor, autocrítica y reflexión sobre la profesión actoral, sobre la creación artística y, en cierto modo, sobre teoría del teatro; por otro lado, la de Chéjov, que queda aquí bastante desdibujada y que tiene, sin embargo, los únicos momentos de verdadera fuerza dramática, como la escena que protagoniza Mónica López -formidable una vez más- recriminándole a Nao Albet su infantil y consentida actitud. Todo el elenco cumple sin problemas en un trabajo que, desde el punto de vista interpretativo, no nos engañemos, no habrá resultado para ellos –salvo en el caso de Pau Miró, que no es actor- demasiado complicado.

Lo mejor: No tienen desperdicio las elocuentes y divertidas reflexiones de Nao Albet con respecto al teatro convencional.
Lo peor: Hubiese enriquecido el conflicto que ese teatro convencional también fuera defendido con inteligencia por algún otro personaje.