Las penurias del asedio de Sebastopol

La Guerra de Crimea dejó detrás un nutrido conjunto de relatos que hablaban de hazañas heroicas, muerte, enormes padecimientos, hambre y, sobre todo, el terrible frío de la nieve que castigó a los soldados

Lo que debía ser una campaña relámpago para tomar la base naval rusa en el mar Negro y destruirla se convirtió en una guerra de desgaste a miles de kilómetros de Londres y París, en la que los aliados franco-británicos, apoyados por tropas otomanas y piamontesas, pusieron en práctica innovaciones tecnológicas que cambiarían el curso de la guerra, desde el barco de vapor hasta el telégrafo. La trascendental contienda, que invirtió el equilibrio de poderes en Europa, se erige como el eslabón manifiesto en la transición de la guerra preindustrial a la guerra moderna.

El asedio de Sebastopol, por sus especiales características, constituye un antecedente directo de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Miles de soldados aliados pasaron meses en las zanjas que rodeaban la ciudad expuestos no solo al fuego enemigo, sino también al cólera, el hambre y el frío de un invierno agreste para el que nadie estaba preparado. La península de Jersón, azotada por vientos intensos e inclemencias meteorológicas que llegaron a hundir una docena de buques aliados, se convirtió en la tumba de miles de hombres y caballos entre octubre de 1854 y septiembre de 1855. Los principales damnificados fueron los británicos, dotados de raciones que dejaban mucho que desear y cuyas endebles tiendas de campaña se veían anegadas por las lluvias. Unos 23 kms. separaban Balaclava, el único puerto disponible para los soldados de la reina Victoria, de sus campamentos en los montes. Las descripciones de aquel lugar sucio, donde por doquier se amontonaban suministros, heridos, enfermos y animales, dan fe de las condiciones en las que vivían los soldados de Su Majestad. «El puerto es un pozo negro –escribía un testigo–, y la playa un sumidero sin fondo colmado de abominaciones líquidas, un mar pútrido de lodo oscuro y fétido que emana un hedor venenoso incluso en esta estación gélida». Muchos hombres que esperaban allí a su embarque con destino a los hospitales del Bósforo sucumbieron a sus dolencias antes de la partida y fueron enterrados en el estrecho espacio disponible. Fanny Duberly, que acompañó a Crimea a su esposo, el capitán Henry Duberly, del 8.º de Húsares Reales irlandeses, puso de manifiesto en su diario la miseria de las sepulturas: «Si alguien quisiera alguna vez erigir un Modelo Balaclava en Inglaterra, le diré los ingredientes necesarios. Tome un pueblo de casas y casuchas en ruinas en el estado más extremo de suciedad imaginable [...]; atrape a unos mil turcos enfermos de peste y métalos en las casas indiscriminadamente; mate unos cien al día, entiérrelos de modo que apenas estén cubiertos de tierra, y déjenlos pudrirse a gusto».

Los soldados franceses, a pesar de su aspecto desaliñado, alentado por la oficialidad para infundir el pánico en los rusos, sobrellevaron mejor que los británicos las penurias del cerco gracias a su elevada capacidad de adaptación, cultivada en Argelia. Cavaron refugios subterráneos con el suelo recubierto de cantos rodados donde se mantuvieron calientes y secos a pesar del rigor de la estación. Además, lograron mantener el estómago lleno gracias a la previsión de algunos oficiales veteranos y a que no dudaron en arrimar el hombro en las obras de construcción y reparación de las trincheras para ganarse un dinero extra. El veterano Jean Cler, del 2.º de Zuavos, señaló: «La comida en general era bastante abundante. Curtidos por la experiencia, los zuavos utilizaron con moderación los víveres ordinarios que el teniente Réau, un oficial celoso e inteligente, envió desde Constantinopla por todos los pequeños destacamentos dirigidos a Crimea. Al ganar dinero en las labores de trinchera, los hombres pudieron comprar alimentos y bebidas a precios razonables a las cantineras, siempre bastante bien abastecidas».

Lujoso yate privado

Los oficiales franceses, comenzando por el general Canrobert, al mando en los meses más difíciles, compartieron la experiencia de sus hombres. No puede decirse lo mismo de sus camaradas británicos. Lord Raglan se trajo de Londres su lujoso yate privado, el Dryad, donde se mantuvo a salvo de los rigores del frío. Muchos oficiales recibieron autorización para pasar el invierno en Constantinopla, mientras que otros se procuraron amenidades inéditas. El conde Karl Friedrich Vitzthum von Eckstädtt, embajador de Sajonia en Londres, señalaría con sorpresa: «Varios oficiales ingleses, que pasaron ese riguroso invierno, me han contado con una sonrisa que se enteraron por los periódicos de los sufrimientos [del ejército]».

La dura experiencia desató un debate público sobre el carácter aristocrático más que profesional del Ejército británico. Irónicamente, uno de los hombres que más contribuyó a mejorar la nutrición de los soldados desplegados en Crimea fue el chef del exclusivo Reform Club londinense, Alexis Soyer, que viajó como voluntario al escenario y tomó el mando de las cocinas del hospital de Balaclava. No solo formó a los cocineros regimentales para elaborar platos nutritivos, además puso en funcionamiento un servicio de cantinas móviles y diseñó un horno de campaña del que se fabricaron 400 unidades, el horno Soyer, que se mantuvo en servicio en el Ejército británico hasta el siglo XX.

"La Guerra de Crimea (II). Sebastopol

Desperta Ferro Historia Moderna n.º 47

68 páginas

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